viernes, 20 de abril de 2018

El orden público en las Cortes de 1936

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 El 17 de julio de 1936 el dirigente socialista Indalecio Prieto, enscribía en El Liberal, de Bilbao, su habitual artículo, titulado en esta ocasión Reflexiones de la hora.

Madrid, 16.―Los ciudadanos de un país civilizado ―perdóneseme la redundancia, porque en un país sin civilizar no existe ciudadanía― tienen derecho a la tranquilidad, y el Estado, tiene el deber de asegurarla. Hace ya algún tiempo ―¿a qué vamos a engañarnos?― que los ciudadanos españoles se ven desposeídos de ese derecho porque el Estado no puede cumplir el deber de garantizárselo. Cuando la intranquilidad proviene de elementos sociales sobre los que carece de control directo el Gobierno, la protesta contra ella no hiere tan hondamente a los gobernantes como cuando la intranquilidad se produce por la agitación de organismos adscritos al servicio estatal. En este último caso, el desasosiego público resulta francamente intolerable, y más todavía si lo ocasionan individuos de institutos armados.

La fuerza pública ha de estar sometida en todo instante a las órdenes del Gobierno, bueno o malo, perfecto o defectuoso, como sea. A ella no le incumbe medir la capacidad o incapacidad de los Gobiernos, ni le es lícito acogerlos con distintos grados de simpatía. La fuerza pública, en tanto no se la invite a salirse de la órbita legal, ha de estar sometida incondicionalmente a quienes gobiernen. Otra conducta equivale a seguir caminos de anarquía.

Del mismo modo que la Historia llega a justificar las revoluciones del paisanaje, puede aprobar las insurrecciones militares cuando unas y otras concluyen con regímenes que, por cualquier causa, se hayan hecho incompatibles con el progreso político, económico o social exigido por los pueblos. Pero la Historia no aplaudirá jamás en el elemento civil el desorden constante, ni en el elemento militar la indisciplina continua porque ni ese desorden ni esa indisciplina son factores verdaderamente revolucionarios.

España vive un período ya excesivamente largo de trastornos, que tienen su origen en perturbaciones de esa clase en uno y otro sector. Con que tales perturbaciones sólo existieran en uno de los campos, sería ya bastante para que su mantenimiento indefinido fuera dañosísimo; pero si persisten simultáneamente en ambas zonas, resulta del todo irresistible. Hay enfermos cuya dolencia no es mortal, pero la fiebre producto de la dolencia les consume. España está en este caso. La temperatura febril que padece la está aniquilando. ¿No hay modo de hacerla remitir?

A la generación que le ha tocado vivir época tan agitada no le es fácil, atenta como se halla al incidente de cada día, apreciar en conjunto, panorámicamente esta descomposición. Eso lo podrán apreciar mejor que nosotros las generaciones venideras, cuando la Historia agrupe los sucesos, no sólo por su orden cronológico, sino también por su carácter. Quizá entonces se advierta que al período presente de la vida española, en el que tantas cosas están en crisis, hay que señalarle como punto inicial el año 1917, cuando nacieron las Juntas militares de Defensa.

Para la Historia, ese será un jalón. Para el periodismo —historia al menudeo, en que los acontecimientos grandes aparecen envueltos y casi ocultos entre nubes de sucesos chicos—, el jalón lo clavaríamos nosotros en el 16 de abril último, cuando el famosísimo entierro del alférez de la Guardia civil.

La postura de Indalecio Prieto que aquí se observa ofrece un cambio drástico respecto a la que ha manifestado (tanto él como los restantes dirigentes de todo el arco político de la Segunda República) en las sesiones de Cortes y de la Diputación permanente en los meses anteriores, al tratar del problema del orden público: ahora, se avizora ya el inicio de la guerra civil.


viernes, 13 de abril de 2018

Homero, La Ilíada

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Jacob Burckardt, en su monumental Historia de la cultura griega publicada en el penúltimo y nacionalista y liberal cambio de siglo, escribía: «A todos los pueblos jóvenes les proporciona la poesía mítica la posibilidad de vivir en lo durable y permanente, en la imagen iluminada de la nación; pero especialmente debieron los griegos esta vida a su Homero. Por eso tampoco en ninguna nación tuvo jamás un poeta tal posición entre viejos y jóvenes. Dice hermosamente Plutarco: “Homero solo ha triunfado sobre la variabilidad del gusto de los hombres; es siempre nuevo y de placentera hermosura juvenil” (…) Pero su fuerza se hizo incalculable cuando, de modo reconocido, se convirtió en el principal medio de educación de la nación a partir de la juventud. Los griegos son quizá la única nación culta que ya a los niños les ofrecía una imagen del mundo, éticamente muy libre y ―a diferencia de los libros de Moisés y el Shah Name― teológica y políticamente sin tendencia, contra lo cual Pitágoras, en seguida Jenófanes y (en los dos primeros libros de su República) Platón, más tarde, se levantaron; y así Homero les ha creado, no sólo los dioses, sino esencialmente mantenido o despertado en ellos la libertad humana. Es verdad que además de él se empleaban en la educación de la juventud poesías escogidas; pero La Ilíada y La Odisea eran con mucho las materias principales (…)

»Homero es para los griegos la fuente de las cosas divinas y humanas, en amplio sentido su código religioso, su maestro de guerra, su historia antigua, con la que aun más adelante se enlaza toda historia, y también suele referirse a él toda geografía; es para ellos mucho más de lo que hubiera podido ser un escrito y garantizado canto religioso, Hasta los literatos posteriores de época imperial, incluso hasta muy dentro ya de la época bizantina, llega un continuo estudio sobre él, crítico, estético, arqueológico, lingüístico. Se estudia su manera de designar las cosas y se busca explicar los pasajes oscuros, que no faltan, en lo que, desde luego, cuando no se sabe nada seguro, como Estrabón dice en una ocasión de éstas, se deja a veces obrar libremente a la fantasía. Había gentes que en cuestiones discutidas sólo a él seguían, y el mismo Estrabón encuentra necesario, con ocasión de una cita del catálogo de las naves, subrayar que se debe exponer la realidad, y sólo traer a colación las palabras correspondientes del poeta en cuanto convengan con aquélla; antes había sido su predominio en la educación tan grande, que toda afirmación se la creía confirmada cuando nada contradecía a la tan creída afirmación homérica sobre el asunto.»

Publicamos la atractiva traducción que publicó Luis Segalá y Estalella (1873-1938), también autor de una versión en catalán.

Eric Shanower, ilustración para su monumental Age of Bronze.

viernes, 6 de abril de 2018

Manuel Chaves Nogales, Crónicas de la Revolución de Asturias

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¿Qué hacemos con las revoluciones, con los golpes de estado que fracasan? ¿Cómo las relatamos, cómo las explicamos, cómo las gestionamos? Refiriéndose a una época ya distante, aunque aun presente recta o torcidamente, escribe Andrés Trapiello (“La dura realidad”, en Cuatro historias de la República, Destino, Barcelona 2003):

«El peligro de los periodistas son las prisas y el de los políticos la lentitud. Aquellos tienden a ser superficiales y éstos a la retórica, que es el arte de dar vueltas. Para unos las cosas vuelan y para los otros no acaban de llegar. Chaves es en todo caso un buen observador. Veamos este ejemplo. Está escribiendo un reportaje sobre el agro andaluz, en los primeros meses de la República. En el ambiente flota la necesidad de una Reforma Agraria que los terratenientes temen como el pedrisco y los braceros esperan como el maná. “Sin ningún propósito derrotista ―nos dice―, ateniéndose objetivamente a la dura realidad de su vida, los braceros del campo andaluz, los pequeños colonos, los arrendatarios y hasta los propietarios mismos, ponen el grito en el cielo y afirman que la situación es catastrófica, hasta el punto de que tendrá que venir una revolución formidable que acabe con este angustioso estado en que se encuentran; revolución formidable que unos esperan del lado de las izquierdas y otros del de las derechas. Todos están ciertamente incómodos, angustiados si se quiere, y por no ser capaces de sufrir esta incomodidad o esta angustia, sueñan con una convulsión que lo eche todo a rodar.” Esto, cuando fue escrito, en noviembre de 1931, bajo los efectos de la borrachera del catorce de abril, tenía por fuerza que sonar a una intemperancia, pero cuando la profecía vino a cumplirse, en julio de 1936, ya nadie se acordaba de ella.»

...Y ya antes en octubre de 1934. Manuel Chaves Nogales (1897-1944) había escrito entonces en el diario Ahora: «Es cierto, rigurosamente cierto, que la rebelión ha tenido esta vez caracteres de ferocidad que no ha habido nunca en España. Ni siquiera durante la gesta bárbara de los carlistas hubo tanta crueldad, tanto encono y una tan pavorosa falta de sentido humano. Todo cuanto se diga de la bestialidad de algunos episodios es poco. Dentro de cien años, cuando sean conocidos a fondo, se seguirán recordando con horror. La revolución de los mineros de Asturias, fracasada, no tiene nada que envidiar, en punto a crueldad, a la revolución bolchevique triunfante. No creo que los guardias rojos de Lenin se echasen sobre la burguesía rusa con tan terrible ímpetu. Asturias en dos semanas ha quedado arrasada para mucho tiempo. Pasarán varios lustros antes de que pueda levantar cabeza si España entera no acude en su auxilio. Oviedo, la ciudad muerta, recuerda, apenas se entra en ella, aquellas ciudades del frente occidental devastadas por el fuego cruzado de dos ejércitos potentísimos. Más de sesenta edificios destruidos totalmente —la mayor parte de ellos, en el corazón de la ciudad— y el medio millar de muertos habidos en el casco de la población y los alrededores dicen elocuentemente lo que ha sido la revolución.

»Pero, con ser esto cierto, no es posible, sin embargo, silenciar que, aparte determinados episodios de ferocidad jamás igualada, que harán pasar a la historia este alzamiento como una de esas etapas en las que la humanidad retrocede a la barbarie, ha habido una gran masa humana lanzada a la revolución que ha sabido detenerse en los umbrales de la bestialidad y que incluso ha podido hacer gala en ocasiones de unos sentimientos humanitarios de los que no se les creería capaces. Para reconocer esto basta advertir, por una parte, el ensañamiento con que se han cometido algunos crímenes, y por otra, la cifra relativamente exigua de las víctimas, dado el hecho de que en muchos sitios los titulados guardias rojos han sido dueños absolutos de vidas y haciendas durante quince días. Preveo que, en esto como en todo, la opinión española se dividirá en dos bandos igualmente irreconciliables. El de los que afirmarán que la población minera de Asturias lanzada al movimiento es una horda de caníbales y el de los que sostendrán que todo fue un juego de inocentes criaturas o, a lo sumo, de cabezas alocadas sin responsabilidad. Para contribuir en lo posible a dar una sensación exacta de lo que ha sido la intentona revolucionaria, no encuentro más camino que el de ir acumulando testimonios para que cada cual, con arreglo a su conciencia, pueda formular su veredicto.»

Oviedo tras la revolución

viernes, 30 de marzo de 2018

Felipe II, Cartas a sus hijas desde Portugal

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Escribe nuestro conocido Louis-Prosper Gachard: «En el mes de octubre de 1867 visitaba yo los Archivos reales de Turín, uno de los más ricos y valiosos depósitos de Italia. Entre diferentes series de documentos que atrajeron mi atención, hubo una con la que mi curiosidad fue particularmente excitada: era una colección de cartas autógrafas de Felipe II dirigidas a sus hijas las infantas Isabel y Catalina, que, conservadas cuidadosa y piadosamente por la más joven de estas princesas, llegaron así a los archivos de la casa de Saboya. Innumerables escrituras y despachos de Felipe II han salido a la luz, pero no se conocía ninguna carta a sus hijas. No existe ninguna en los Archivos reales de Simancas. La Biblioteca Nacional de Madrid, la del Escorial, tampoco conservan una sola. Y lo que da valor a esta correspondencia, es que si bien no queda mucho por averiguar sobre el carácter y la política del hijo de Carlos V, no podemos juzgar sus sentimientos como padre más que por su conducta hacia Don Carlos; lo que estaba lejos de dar ninguna idea favorable sobre aquellos, a pesar de las extravagancias a las que se había entregado el infortunado príncipe. Estas son las razones que me decidieron a tomar copia de esta correspondencia y que me compromete hoy a presentarlo al público.»

Las cartas se redactan durante la estancia de Felipe II en Portugal para tomar posesión del reino que hereda, en último como consecuencia no muy tardía (un par de años) del desastre del rey Sebastián en Alcazarquivir. Continúa Gachard: «No se espere encontrar, en las cartas de Felipe II a sus hijas, revelaciones sobre los acontecimientos y sobre los hombres que ocupaban los pensamientos del monarca. Son cartas íntimas, de puro pasatiempo si se me permite expresarme así, entre un padres y sus niñas: y pueden parecer nada más que una curiosidad respecto a la opinión anterior que se posee sobre aquel que las escribió. Los acontecimientos públicos ocupan poco espacio en esta correspondencia. Apenas podemos citar, a este respecto, la carta del 1 de mayo de 1581 en la que Felipe II informa a las infantas de la ceremonia en la que las Cortes del reino de Portugal, reunidas en Tomar le han reconocido como soberano; la del 10 de julio del mismo año donde cuenta que acaba de enviar a las Terceras, tras pasarle revista, una flota con dos mil soldados para luchar contra los partidarios del prior Don Antonio; la del 3 de enero de 1582, donde les cuenta como las Cortes, reunidas en Lisboa, han jurado al príncipe Felipe, quien se se ha convertido en su heredero por el fallecimiento del príncipe Don Diego.

»Felipe II se preocupa especialmente de mantener informadas a sus hijas de todo aquello que afecta a su persona y del modo como emplea el tiempo que no consagra a los asuntos del Estado. Los detalles que les da sobre sus excursiones de Almada a Lisboa en el mes de junio de 1581, de Lisboa a Cascaes y a Cintra en los últimos días del mes de septiembre del mismo año, no dejan de resultar interesantes. Nadie se sorprenderá de sus visitas a iglesias y monasterios, de su participación en las ceremonias religiosas, que suponen uno de los principales asuntos de su correspondencia. Se observa que es muy estricto en la observación de los ejercicios de piedad, aunque llegue a dormirse cuando los sermones son excesivamente largos (…) No se olvida de las corridas de toros: la propia plaza donde se alza su palacio le sirve de coso; los habitantes de la capital de Portugal no disfrutan menos con estos espectáculos que los madrileños. Felipe II relata además a sus hijas muchas otras cosas (…) Pero en todo lo anterior no reside el verdadero interés de estas cartas. Lo que se descubrirá es la ternura que testimonia a sus hijas, la preocupación por su bienestar, por todo aquello que les pueda satisfacer; en una palabra, sus sentimientos como padre. En este sentido, como ha dicho M. Henry Trianon, estas cartas revelan un Felipe II totalmente novedoso.»

Publicamos esta correspondencia a partir de la edición de M. Gachard de 1884. Sustituimos su extensa e interesante introducción, por la reseña que el mismo año realizó Antonio María Fabié en el Boletín de la Real Academia de la Historia.

Alonso Sánchez Coello, Las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela, Museo del Prado

viernes, 23 de marzo de 2018

Louis-Prosper Gachard, Don Carlos y Felipe II


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Escribe Manuel Fernández Álvarez, en Felipe II y su Tiempo (Madrid 1998): «El año 1568 está marcado a sangre y fuego en la biografía de Felipe II. Es el annus horribilis, tanto por lo que hace a los sucesos de la Monarquía como a los avatares familiares. De pronto se encienden los dos focos de la gran rebelión, en el Norte y en el Sur, ambos con connotaciones religiosas, aunque de muy dispar signo como el que va del cristianismo ―según la reforma de Calvino, que empezaba a ganar tanto terreno en los Países Bajos en la década de los sesenta― a lo musulmán, con tantas raíces en el reino granadino (…) Y en ese mismo año, tan cargado de problemas en el cuerpo de la Monarquía, es cuando se producen las muertes del príncipe don Carlos y de la reina Isabel de Valois; esto es, del Príncipe heredero y de la esposa del Rey. Dos muertes que no tendrían entre sí nada en común, salvo el hecho de su estrecha conexión con el monarca, pero que darían pie a la más formidable propaganda antifilipina y precisamente desencadenada por la principal figura de la revuelta flamenca: el príncipe Guillermo de Orange.»

Y más adelante: «Estamos ante uno de los acontecimientos de mayor relieve en la historia de España, de los que más han sido divulgados dentro y fuera de nuestras fronteras, con hondo eco en las artes y en las letras, en especial en el teatro y en la ópera, gracias sobre todo al genio de Schiller, en Alemania, y de Verdi, en Italia; no olvidemos que el Don Carlos, de Verdi, sigue representándose, año tras año, en los grandes teatros de ópera de todo el mundo occidental. Y dado que en ese teatro y en esa ópera se distorsiona el pasado histórico, cabría preguntarse si con el tema de Don Carlos nos encontramos ante una de las piezas clave de la leyenda negra antifilipina, y aun si de ella se desprende una descalificación no ya sólo del propio Rey, sino también del mismo pueblo español, junto con otros brochazos dados a ese cuadro de la leyenda: los horrores de la Inquisición, los atropellos de los conquistadores y los desmanes de los tercios viejos en Europa.» Y el maestro Fernández Álvarez continúa analizando magistralmente el caso de Don Carlos y su repercusión.

Pero lo que aquí nos ocupa es comunicar la obra del gran historiador belga Louis-Prosper Gachard (1800-1885), su Don Carlos y Felipe II, que en 1863 se publicó tanto el original francés como una traducción española a veces algo apresurada. En opinión del historiador que hoy nos guía, «el mejor libro escrito sobre el tema», aunque en ocasiones discrepe de algunas de sus conclusiones. Nos lo presenta así: «… el gran historiador belga que había escrito páginas tan admirables sobre Carlos V. Investigando no sólo en Simancas, sino también en los archivos belgas, publicaría a mediados de siglo su voluminosa obra: Correspondence de Philippe II sur les affaires des Pays-Bas (Bruselas, 1848-1879, 5 vols.), completada después con otro libro suyo: Correspondance de Marguerite d'Autriche avec Philippe II (1559-1565) (Bruselas, 1887-1891, 3 vols., en parte extractos del anterior). Y sería Gachard el que resultara recompensado por su infatigable labor investigadora con el hallazgo más notable sobre la personalidad de Felipe II: las cartas del Rey a sus hijas, escritas durante su estancia en Portugal entre 1580 y 1583, encontradas casualmente en el Archivo de Turín: Lettres de Philippe II à ses filles les Infantes Isabelle et Catherine écrites pendent son voyage en Portugal (1581-1583) (París, 1884).»

Antonio Gisbert, Últimos momentos del príncipe Don Carlos (1858)

viernes, 16 de marzo de 2018

Felipe II rey de Inglaterra. Documentos (1554-1557)

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Juan de Mariana, en la Historia General de España: «La nueva reina de Inglaterra estaba deseosa de asegurar aquel reino, y para esto tomar por marido persona de valor y fuerzas; pareció que ninguno podía ser más a propósito para lo que pretendía que el príncipe de España don Felipe, al cual el emperador, su padre, a postrero de octubre del año pasado había nombrado por rey de Nápoles y duque de Milán. Hechos los conciertos, pasó el príncipe a Inglaterra, donde se celebraron las bodas en la ciudad de Vintonia, a 25 de julio, el mismo día de Santiago. Hallóse presente el cardenal Reginaldo Polo, enviado por legado del pontífice por ser de la real sangre de Inglaterra y de vida muy santa, con pretensión de reducir, como lo hizo, y reconciliar aquel reino con la Iglesia romana.»

Modesto Lafuente, en su homónima Historia General de España: «Trataba ya Carlos de casar otra vez a su hijo. Inclinábase Felipe a la infanta doña María de Portugal, hija del rey don Manuel y hermana de la emperatriz su madre. Mas como este matrimonio no se efectuase a causa del inmediato deudo que entre los dos había, se pensó en otro de más importancia para el engrandecimiento de Castilla, en el de María de Inglaterra, heredera de la corona de Eduardo VI. Este casamiento no podía ser sino puramente político y de cálculo, porque ni la edad de la princesa, que frisaba ya en los treinta y ocho años cuando Felipe no había cumplido aún los veinte y siete, ni su carácter y figura la hacían a propósito para inspirar una pasión amorosa. Pero Carlos en los últimos años de su imperio no pensaba más que en el acrecentamiento de sus estados y en el engrandecimiento de su hijo; y Felipe, que tampoco carecía de ambición, no dudó sacrificar los afectos de hombre a los cálculos de rey (1553); y llamarse rey de Inglaterra y unir este reino a tantos otros como estaba llamado a heredar era cosa que lisonjeaba grandemente al padre y al hijo. Halagaba a María la idea de tener un marido joven, heredero de tan grandes estados, y descendiente de su misma familia de España; y el catolicismo de Felipe y su devoción que para otros era un defecto, era para María, católica y devota como él, una recomendación y un aliciente. Así, cuando a la muerte de su hermano Eduardo heredó el trono de Inglaterra, a las embajadas e instancias que con este motivo se apresuró a enviarle y hacerle Carlos V contestó la reina María muy favorablemente, y mostrando en ello la mayor satisfacción, en términos de ajustarse muy pronto las capitulaciones, y escribir a Felipe, tanto los encargados de negociar el contrato como el emperador su padre (enero, 1554), que viese de acelerar todo lo posible su ida a Inglaterra.»

Rafael Altamira, en su Historia de España y la civilización española: «La viudez de Felipe hizo posible la combinación que años más tarde llevó a cabo el emperador, casando nuevamente a su hijo con la reina de Inglaterra, María, hija de Enrique VIII y de la infanta española Catalina. La opinión general del pueblo inglés no era favorable a una alianza con España, y, además, el fuerte partido protestante que allí se había creado, necesariamente tenía que ser hostil al cambio de política que aquel matrimonio suponía, aunque la reina fuese ya de suyo ardiente católica y tan dispuesta a rectificar lo hecho por su padre, que había acudido a los medios violentos para reducir a los protestantes. Felipe vivió algún tiempo en Inglaterra y se esforzó en hacerse agradable al pueblo, conquistando, efectivamente, algunas simpatías entre los nobles. El parlamento inglés aprobó (Octubre de 1554) la sumisión al Papa, y la nobleza prestó juramento, de rodillas, ante los reyes. Pero el matrimonio de Felipe y María no fue fecundo ni muy feliz, aunque la reina parece haberse plegado bien a la voluntad de su marido. Llamado por su padre, Felipe salió de Inglaterra el 29 de Agosto de 1555 y no volvió a ver a su esposa hasta Marzo de 1557, veinte meses antes de que muriese María.»

En la entrega de esta semana podremos acercarnos a las interioridades de los acontecimientos narrados: la correspondencia oficial de los soberanos (el príncipe, la reina, el emperador), y sobre todo de los fontaneros de la época: embajadores y secretarios. En ella observaremos la información, avisos y reclamaciones (principalmente de dinero) que consideran más relevante o urgente, que se entrecruzan entre todos ellos. También incluimos un escueto diario del viaje de Felipe II a Inglaterra, de la mano de Juan de Varaona, que formaba parte de su séquito.

Felipe II y María Tudor. Bedford Collection, Woburn Abbey

viernes, 9 de marzo de 2018

Pedro de Rivadeneira, Historia eclesiástica del cisma de Inglaterra


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En la presentación que hicimos de la obra de John Reed, Diez días que estremecieron al mundo, nos referimos a la siempre interesante historia militante, de combate, de buenos y malos, construida a veces de forma inocente y desinteresada, y otras conscientemente deformadora, y usada como herramienta para el logro de fines determinados. «Pero no debemos despreciar esta historia que podemos denominar propagandística. Por un lado, todo historiador hace historia desde unos presupuestos antropológicos, consciente o inadvertidamente aceptados. Su esfuerzo por lograr la imparcialidad científica es una tensión que no siempre se logra. Y no importa: el lector advierte (y comparte o no) dicho planteamiento previo, y aprovecha y disfruta del resultado. Pero por otro lado, las obras históricas de descarada intención dogmática, las que quieren comunicarnos La Verdad De Lo Que Realmente Pasó, con sus héroes ensalzados y sus villanos desenmascarados, también resultan útiles e interesantes: son auténticos testimonios de una visión interesada o gratuita sobre acontecimientos y fenómenos; interpretaciones que en muchos casos triunfan, se difunden e influyen poderosamente en los acontecimientos posteriores; auténticos testigos de las mentalidades dominantes en una sociedad o grupo determinado.»

Un cabal ejemplo de historia de combate es la Historia eclesiástica del cisma de Inglaterra, de Pedro de Rivadeneira (1526-1611). Éste, jesuita de primera hora y tan español (fiel súbdito del monarca católico) como europeo (reside durante medio siglo en Italia, Flandes, Francia e Inglaterra), compaginó sus labores en la orden con un una abundante dedicación a la escritura. Además de la obra que nos ocupa, redactó una canónica vida de san Ignacio (del que había sido secretario), sus Illustrius scriptorum religionis Societatis Iesu catalogus, y otras biografías. También publicó obras de carácter ascético y devocional, entre las que destaca su muy popular Flos sanctorum. En cambio, su interesante Tratado de la religión y virtudes que debe tener el príncipe cristiano para gobernar y conservar sus Estados, analiza cuestiones políticas, y en él rechaza el concepto de razón de estado.

La Historia eclesiástica del cisma de Inglaterra pretende no dejar lugar a la duda: Enrique VIII, sus hijos Eduardo e Isabel, y los numerosos colaboradores de todos ellos, han introducido la reforma protestante (a la que de forma inexacta suele denominar el autor calvinistas, contraponiéndolos a los puritanos) movidos exclusivamente por la lujuria, la avaricia y la soberbia, y en contra de los deseos e intereses de la sociedad. Se les atribuye con gran convencimiento conductas extremadas: así, Ana Bolena sería hija del propio rey, que por tanto comete incesto. En cambio, los católicos destacan tanto por la firmeza de su fe, por la altura intelectual con la que siempre derrotan a sus oponentes en debates y confrontaciones, y por su entereza a la hora de sufrir sanguinarios martirios que son descritos en detalle.

Los hechos que nos narra son ciertos: la resistencia de una parte considerable de la población; la creación de seminarios ingleses en Flandes, Francia, Roma y España; la aventurera vida de los clérigos en la clandestinidad (con referencia a los característicos priest hole); la represión fundada en el control de la población y en las denuncias vecinales; la prohibición de estudiar fuera de Inglaterra… El autor reproduce normas legales, proclamas, cartas particulares… Ahora bien, es patente el maniqueísmo absoluto, la frialdad con que se narran las condenas a muerte de protestantes durante el reinado de María; en último termino su carácter especular respecto de la abundante literatura que por estos mismos tiempos se elaboran en Alemania, Países Bajos y la misma Inglaterra sobre los crímenes de los católicos y de sus reyes (y especialmente de Felipe II y de los españoles) contra los protestantes. Quizás la única diferencia reside en la diferente pervivencia: la obra de Rivadeneira será muy popular y se seguirá reeditando en nuestro país, pero las opuestas gozarán de mayor difusión e influencia, hasta arraigar con el tiempo en la misma España: la tan traída y llevada leyenda negra.
Vicente Carducho, El martirio de tres cartujos en la cartuja de Londres (1626)