viernes, 30 de septiembre de 2016

Nicolás de Condorcet, Compendio de La Riqueza de las Naciones de Adam Smith

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La riqueza de las naciones (realmente, Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones) del escocés Adam Smith y publicada en 1776, gozó de una rápida difusión, tanto en las Islas Británicas (cinco ediciones en vida de su autor, † 1790), como en el continente, con traducciones inmediatas al alemán (1776), francés (1778), danés (1779), español (también temprana, pero sólo se publicará en 1794).

Entre los numerosos ilustrados interesados por la obra se encuentra Marie-Jean-Antoine-Nicolas de Caritat, marqués de Condorcet (1743-1794). En 1790 emprenderá junto con Peysonnel y Le Chapelier, la edición de una monumental Biblioteca del hombre público, o Análisis razonado de las principales obras francesas y extranjeras sobre la política en general, la legislación, las finanzas, la prevención, la agricultura y el comercio en particular, y sobre el derecho natural y público. Allí se contienen Aristóteles, Bodin, Maquiavelo, Hume, Locke, Montesquieu, Voltaire... Es en el tercer tomo de su primer año (pp. 108-216) donde incluye el resumen de los tres primeros libros de la obra de Adam Smith, que concluye con los dos últimos en el tomo IV (pp 3-115). Para la redacción de este epítome Condorcet contó con seguridad con la ayuda de su esposa Sophie de Grouchy, con la que se había casado en 1786. Ésta, más joven que su marido, logrará sobrevivir al Terror, y publicará más adelante la traducción de otra de las principales obras de Adam Smith, la Teoría de los sentimientos morales.

Condorcet inicia su compendio así: «Esta obra es una de las que más honran a la Gran Bretaña. Resulta muy difícil, por no decir que imposible, de analizar; porque ¿cómo abreviar aquello que exige grandes desarrollos? ¿Cómo reducir más aquello que el genio creador ya ha reducido a sus más justas proporciones? Intentar el análisis de un escrito de tanta substancia, estamos lejos de pretender que dispense a nuestros lectores de la lectura la propia obra; al contrario, deseamos que ésta les inspire el deseo de conocerla y meditarla.»

El Compendio de Condorcet será rápidamente traducido al español, tal como nos detalla Pedro Schwartz: «Carlos Martínez de Irujo, marqués de Casa Irujo (1763-1824) fue un diplomático español nacido en Washington que disfrutó de la protección de Godoy, el favorito del primer ministro del rey Carlos IV. En 1792 (…) preparó para su publicación el siguiente libro: Compendio de la obra inglesa intitulada Riqueza de las Naciones, hecho por el marqués de Condorcet, y traducido al castellano con varias adiciones del original, (por) don Carlos Martínez de Irujo, Oficial de la primera Secretaría de Estado. Por Orden superior. Madrid: en la Imprenta Real. MDCCXCII. Era una traducción del compendio escrito por Condorcet para la Bibliothèque de l'homme publique. Godoy se jacta, en el exilio de sus últimos años, de haber sido un protector ilustrado de las artes y las ciencias cuando disfrutaba del favor del rey Carlos IV (…) y de la reina María Luisa. Independientemente de lo que opinemos sobre la veracidad de sus memorias, no parece que pueda dudarse de que fue él el que hizo posible las traducciones de Casa Irujo y de Alonso Ortiz (…)

»Debe subrayarse que en toda la traducción del resumen de Condorcet, Irujo nunca cita el nombre de Adam Smith. No ocultó el hecho de que la obra resumida se llamaba La riqueza de las naciones, ni tampoco el nombre del marqués de Condorcet. Pero siempre que Condorcet escribe Smith, y lo hace en muchas ocasiones, el español escribe el autor. En su prefacio, Irujo encapsuló el espíritu con el que Condercet leyó la obra de Smith. La Riqueza de las Naciones era una obra para príncipes y legisladores, como si fuera un compendio de prescripciones para la mejor administración de la economía pública. “La economía política es la brújula que puede dirigir quien tenga en su mano las riendas del gobierno para el desempeño de tan grande empresa… de la felicidad pública”, afirma Irujo. La filosofía económica individualista destaca por su total ausencia (…)

»Además de ocultar el nombre de Smith, Irujo sólo introdujo tres importantes cambios en su traducción. El primero fue señalado por el doctor Ernest Lluch. Irujo tradujo directamente de la obra original inglesa de Smith la disgresión acerca del Banco de Amsterdam, que Condorcet había eliminado. Irujo pudo pensar que esta digresión interesaría al lector español, ya que el Banco de San Carlos, predecesor del Banco de España, se había fundado en 1782. El segundo cambio consiste en la omisión de varios comentarios de Condorcet sobre los clérigos católicos. Finalmente, el tercer cambio supone la adición al resumen de Condorcet sobre los argumentos a favor del libre comercio de Smith (…) Irujo añade: “Esta reflexión puede ser exacta en un país ilustrado, en que los particulares por lo general conozcan el uso más ventajoso que pueden hacer de su dinero; pero hay otros en que los capitalistas necesitan que el Gobierno los lleve, por decirlo así, de la mano para que den movimiento sus fondos, y los empleen con utilidad.” Este tipo de comentario puede considerarse representativo de muchos intelectuales españoles que analizaron La Riqueza de las Naciones.»

(Pedro Schwartz: “The Wealth of Nations censored. Early translations in Spain”. En Contributions to the History of Economic Thought. Essays in honour of R.D.C. Black. London 2000. Los párrafos citados, en pp. 122-124; retraducción propia: naturalmente, el profesor Schwartz publica este estudio en español, pero es la obra inglesa la que me ha sido accesible por internet.)


viernes, 23 de septiembre de 2016

Gaspar Melchor de Jovellanos, Informe sobre la Ley Agraria

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Gonzalo Anes, en su Del expediente de Ley Agraria al informe de Jovellanos, en la interesante obra colectiva Reformas políticas agrarias en la historia de España, de la Ilustración al primer franquismo (1996) escribe: «Como miembro de la Junta particular de la Ley Agraria en la Real Sociedad Económica de Madrid, Jovellanos expuso sus ideas sobre agricultura en sesión de 17 de septiembre de 1787. Manifestó en esa sesión que todos los males que padecía la agricultura tenían su origen en la legislación ya que era evidente que cuantas causas se habían señalado por los miembros de la Junta como causantes de la decadencia de la agricultura procedían de las leyes. Parece que Jovellanos convenció a los miembros de la Junta “por explicar con bello orden la encadenación de las causas de la decadencia que se habían notado, bajo este principio.” Le oyeron todos “con particular gusto”. Convinieron que el plan que proponía Jovellanos era el más sencillo y breve y, por tanto, el más apropiados para cumplir pronto el encargo que tantas veces había reclamado el Consejo Real. Por oficio de 19 de septiembre, la Junta encargó a Jovellanos de que escribiese el plan que había expuesto oralmente y que lo presentase para su aprobación. Al fin, se le encargo de escribir el Informe, sin señalarle plazo para ello, a causa de las muchas obligaciones que tenía. Al aceptar, Jovellanos se sintió obligado a leer las obras de autores que habían escrito sobre agricultura, y pidió información a personas ilustradas, en casi todas las provincias del Reino. También se sirvió de notas sobre viajes hechas en diversas épocas, en varias provincias de España. Las cartas de Cabarrús tienen su origen en este encargo aceptado por Jovellanos.

»En enero de 1791, Jovellanos ya tenía escrito el plan y reunidos los materiales que habrían de servirle para cumplir el encargo de hacer el Informe. Al fin, lo concluyó el 2 de febrero de 1794, aunque hasta el 21 de abril no terminó de repasar y corregir lo escrito, añadiendo aún algunas notas. El 26 de abril envió el Informe al Secretario de la Real Sociedad, don Policarpo Sáenz de Tejada Hermoso, acompañado de un oficio que dirigía a la Corporación y de los documentos que obraban en su poder sobre la materia. El 28 de mayo, en carta a don José de Guevara Vasconcelos, le recomienda el Informe (… y le encarga leerlo en la Real Sociedad.) Como se ve, consideraba a Guevara acorde con él en lo concerniente al contenido del Informe. Espera que los apruebe  el mayor número de socios (…) El cuatro de noviembre de 1794, el Secretario de la Real Sociedad económica de Madrid, don Policarpo Sáenz de Tejada, envía carta a Jovellanos comunicándole que la Junta de la Ley agraria ha leído en varias sesiones el Informe (…) La Real Sociedad de Amigos del País, conformándose con el dictamen de la Junta de la Ley agraria, acordó que se pasase el Informe al Consejo, y que el Secretario diese a Jovellanos “las más atentas y expresivas gracias por su celo, actividad y esmero en tan acertado como plausible trabajo” (…) Don Manuel Godoy se atribuye en sus Memorias haber hecho imprimir el Informe sobre la Ley agraria, “mal que a muchos les pesase y que con tesón desesperado lo hubiesen resistido.” El Consejo Real, en efecto, autorizó la publicación de la obra. Esta se publicó entre las memorias correspondientes y que formaban el tomo V de las de la Real Sociedad económica de Madrid. También se difundió en tomo separado, del que parece se hicieron varias tiradas.»

Gonzalo Anes concluye: «El Informe fue admirado por los amigos de las luces. Lo atacaron quienes no querían cambios. Jovellanos se debatió entre la complacencia de los elogios y el miedo de la persecución. Sus principios, en efecto, los aplicó la posteridad, aunque no como él hubiera querido y como él había propuesto en el Informe sobre la ley agraria. Alteraciones políticas y guerras civiles no favorecieron el respeto a la propiedad privada ni la acción libre del interés individual.»

domingo, 18 de septiembre de 2016

Cayo Veleyo Patérculo, Historia Romana

Tiberio
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En su clásica Historia de la literatura romana, Ernst Bickel se refiere así a Cayo Veleyo Patérculo (c. 19 a. de C. - c. 31 de nuestra era):

«Veleyo Patérculo escribió una historia romana en dos libros, en el año 29 d. de C., en tiempos del emperador Tiberio… La brevedad de la obra, a pesar de la extensión de su contenido, se logra merced a la desigualdad y al capricho; el desaliño del estilo afecta a su forma lingüística. Pero la obra no puede considerarse como compendio retórico; posee méritos sorprendentes. En primer lugar tiene sensibilidad para la cultura y la literatura… Además destaca de manera notable en la obra el tipo romano de literatura biográfica. El estilo compendioso da paso a la narración dilatada, II, 49 sig., con la aparición de las personas de César, Augusto y Tiberio. El mérito principal de la obra descansa finalmente en el elemento autobiográfico. No es un rétor que celebre con venales frases al soberano sino que el que escribe es un oficial que aprendió a venerar a su jefe Tiberio en la común experiencia de difíciles expediciones militares. Un oficial descendiente de antigua familia de oficiales presenta los hechos memorables de aquélla que llegan hasta él y sobre todo los suyos propios, y éstos eran merecedores de distinción.

»Veleyo es importante no sólo porque nos da la imagen de Tiberio y el retrato de otros romanos, sino que es irreemplazable también para nuestro conocimiento de Arminio, libertador de Germania, que fue conmilitón de Veleyo en la época de su servicio a Roma. Debemos a Veleyo cuanto sabemos de los rasgos personales de Arminio… Cuando se considera la gran energía, la firmeza moral y la franqueza en los juicios de Veleyo, por ejemplo, sobre el paniaguado de Augusto, Lolio, celebrado por Horacio (2, 102, 1) o sobre la proscripción de Cicerón (2, 66, 2) o sobre Rutilio…, se comprende que el genio típicamente romano no pudiera desplegarse durante los gobiernos de Calígula y Claudio, de Nerón y Domiciano en el siglo I, sino que alcanzase su época de esplendor político bajo el principado de Trajano.»

Presentamos la histórica traducción que llevó a cabo el interesante personaje hispano-portugués (o más bien europeo) Manuel Sueyro (1587-1629), señor de Voorde y caballero del hábito de Cristo, de múltiples ocupaciones. Hemos modernizado la ortografía, sustituido algún término, y dividido el texto en párrafos. Se incluye también el texto latino.

domingo, 11 de septiembre de 2016

José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas

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Gonzalo Redondo, en su Las libertades y las democracias, se refiere así a la obra que nos ocupa: «… la cuestión que le ocupó siempre y a la que dedicó sus mejores energías: la cuestión que es el núcleo de La rebelión de las masas (1929) y que Ortega formuló aguda y desgarradamente al establecer la marcha de la historia en la relación entre “el ejemplar y sus dóciles”. Los cambios orteguianos se muestran en sus maneras distintas de explicar cómo el ejemplar alcanza a ser ejemplar; y en qué consiste su ejemplaridad. Pero no hay cambios respecto a su papel rector de las masas.

»En torno al inicio de la Guerra Europea, Ortega, al releer a Husserl, concibe la vida como la interacción entre el yo y las circunstancias. Hacia 1920, Scheler atrae su atención con la filosofía de los valores. Por estos mismos años se fija en Verweyen y su Der Edelmensch und seine Werte (el noble y sus valores). Y es que Ortega captó, como muchos de sus mejores contemporáneos, que la existencia misma de la civilización, de la cultura, estaba amenazada por la ausencia de normas. La dificultad residía en cómo transmitir las normas del hombre noble a unas masas en universal crecida. Más aún cuando Ortega recogía la tesis de Verweyen de que la moral nació de la renuncia a todos los impulsos que envilecen al hombre, y las masas no parecían dispuestas a renunciar a nada: eran incluso animadas a que a nada renunciasen.

»El fondo de La rebelión de las masas es la creencia de Ortega en que él es uno de esos nobles con una filosofía salvadora, un hombre selecto destinado a innovar ―que es salvar― la cultura. Lo plasma bellamente al afirmar que la unidad que innova la historia no es el héroe (conforme decían Nietzsche o el mismo Verweyen), ni la masas (según creía Marx). La unidad innovadora es la interacción del yo y su circunstancia histórica, del noble y de las muchedumbres. No se ha de olvidar que en la perspectiva orteguiana ni las élites los hombres ejemplares― ni los hombres-masa son identificables con clases o grupos sociales, sino con modos de comportamiento, esquemas mentales y concepción de la vida.

»En torno a 1930, la influencia de Heidegger ―crítico de la antropología, inclinado como Dilthey a ver al hombre como ser dinámico histórico― le permitirá a Ortega matizar su visión del “ejemplar”. Se centrará, a partir de estas fechas, en el análisis de la historia en sí misma y de la vida de los hombres célebres vistos como seres condicionados en primer término por factores históricos. Y abandonará la visión del Goethe (1913) de Georg Simmel (1858-1918) ―que hacía el elogio de la vida humana en cuanto proceso, fuera cual fuera su contenido― para hablar de que, donde cuaja el hombre ejemplar, es en la vida considerada como tarea y problema. Esto es lo que Ortega ofrecerá en su preciso Pidiendo un Goethe por dentro, de 1932, o en las conferencias ya más tardías (1949) sobre el mismo tema.

»La tragedia de Ortega ―tragedia profunda que veló si innegable empeño ordenador― fue vivir un radical y esforzado liberalismo en un tiempo en que ya era realidad el orden impuesto por los sistemas democráticos*. Y Ortega, como buen liberal, no casaba con la democracia. Ortega llegó tarde, pues llegó en el momento de la crisis definitiva del mundo liberal de la Modernidad que tanto amaba. Alcanzó tan sólo a teorizar su quiebra última.»

De José Ortega y Gasset (1883-1955) ya hemos comunicado en Clásicos de Historia su España invertebrada; y en otro lugar, las Meditaciones del Quijote.

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* Gonzalo Redondo se refiere a la democracia en el contexto de la crisis del liberalismo desde principios del siglo XX. Lo ha explicado así al inicio de la obra citada: «La democracia dejó de ser un simple método, empleado por hombres liberales, poseedores de una norma de conducta individual, y utilizado para elegir periódicamente a unos gobernantes mediante el sufragio universal, para convertirse en un fin. Mediante la democracia se crearía de forma colectiva una norma de comportamiento común que podría terminar con el desorden liberal y con las arbitrariedades voluntaristas de los dictadores. El nuevo dirigente social no sería más que el conductor, el Führer, de los anhelos de una raza elegida o de una clase social dotada de una misión mesiánica. Sólo cuando todos aceptaran ―o se les hiciera aceptar― la norma elaborada por todos ―o que se aseguraba que de todos procedía― podría llegar la paz, y el progreso, y el orden. Y también el bienestar.»

domingo, 4 de septiembre de 2016

José García Mercadal, Estudiantes, sopistas y pícaros

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En 1957 un joven José Pacual Buxó reseñaba así en una revista de la Universidad Veracruzana la reedición de la obra que nos ocupa en la clásica colección Austral: «La historia de la Universidad de Salamanca, los hábitos y privilegios de los estudiantes, sus pupilajes, novatadas y travesuras, así como los grados académicos, las reyertas y su misma inclinación picaresca, constituyen el atractivo panorama que despliega este libro multifacético y, en todos los aspectos, curioso del ensayista español José García Mercadal. El autor no se propuso escribir, es evidente, una historia detallada ni erudita de la famosa Universidad Salmantina, sino que prefirió mostrarnos, en una sucesión de abrillantados mosaicos, lo más insigne y divertido del ambiente estudiantil español, como quien traza el trasfondo de una proyectada novela de costumbres. Como tal ha de leerse este libro que lo es también de añoranzas y lamentaciones por grandezas pasadas y perdidas.» Y tras resumir el contenido de la obra concluye: «Estudiantes, sopistas y pícaros, no es, en pureza, ni un libro de historia ni de sociología, aunque tenga mucho de todo ello, y sí es una recreación ágil y sabrida de la que no están exentas ni la pujanza del estilo ni la documentada información.» (La Palabra y el Hombre, abril-junio 1957, nº 2, p. 102-103)

Sí; estamos ante un buen ejemplo de aquello que puede denominarse alta divulgación que, si bien renuncia a agotar las fuentes de forma exhaustiva al modo académico, mantiene su rigor tanto a la hora de seleccionar y presentar la información oportuna, como a la hora de analizarla e interpretarla. Y todo ello sin el corsé de convenciones epistemológicas dominantes en cada época, que, si útiles y oportunas en la labor científica diaria, pueden resultar superfluas en otros muchos casos. De hecho, y muestra de su validez, Estudiantes, sopistas y pícaros es una obra que sigue siendo citada frecuentemente en los estudios que se ocupan de la historia de la universidad renacentista y barroca. Aunque se le hagan críticas, especialmente por su dependencia fundamental de textos literarios de ficción, sigue formando parte de su status quæstionis, del mismo modo que la España vista por los extranjeros del mismo polígrafo aragonés José García Mercadal (1883-1975), que ya hemos comunicado.

Sansón Carrasco, bachiller por Salamanca, según Gustave Doré.

miércoles, 31 de agosto de 2016

Diego de Saavedra Fajardo, Idea de un príncipe político cristiano representado en cien empresas

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Alessandro Martinengo y Antonio Gargano presentan así esta obra, «que se sitúa en el punto de confluencia de de la tradición de los avisos o preceptos dedicados a los príncipes, y de la tradición de los emblemas y empresas, puestas de moda en Europa por Alciato: la enseñanza político-moral se desarrolla en esta obra a lo largo de 101 pequeños capítulos basados en sendos emblemas con su lema correspondiente. Su primera edición data de 1640 y vio la luz en Munich; en 1642, después de una profunda reflexión, se edita por segunda vez en Milán. La redacción de esta obra se remonta en gran parte a los años comprendidos entre 1633 y 1640, cuando su autor recorría, a causa de su oficio, Alemania, Suiza, Borgoña e Italia septentrional.

»Saavedra nació en 1584 y murió en 1648; fue embajador en la Roma del cardenal Borgia; posteriormente, las múltiples misiones diplomáticas en el norte de Europa le proporcionaron una riquísima experiencia sobre aquellos países en la época de la guerra de los Treinta Años, hasta el punto que recibió el encargo de representar a España en la Dieta de Ratisbona y, luego, con el grado de ministro plenipotenciario, en el Congreso de Münster (1643-1645).

»Hijo de la mentalidad absolutista propia del siglo, y formado en la experiencia de una situación bélica continuada entre las naciones, sólo concibe las relaciones políticas en términos de puro poder y de conservación de dicho poder, aun sin ser del todo insensible a los temas más progresistas del momento, como la libertad de iniciativa económica, el derecho inalienable a la propiedad (escudo contra las prevaricaciones del poder) o la independencia de la magistratura (aunque se muestra bastante menos sensible ante el problema de la libertad de conciencia y ante los extraordinarios descubrimientos científicos de su tiempo). Prevalece en él, sin embargo, la angustia de la inestabilidad (…) y el pesimismo antropológico: ningún enemigo mayor del hombre que el hombre, asevera la empresa XLVI (…) El arte de gobierno le parecerá, desde luego, una ciencia, pero práctica y empírica: Toda la ciencia política consiste en saber conocer los temporales y valerse de ellos (empresa XXXVI); el príncipe deberá practicar el disimulo y, donde la fuerza y la autoridad soberana no llegasen a garantizar un logro, recurrir al compromiso (…) desde el momento que suprema ley es la salud del pueblo (empresa XXXII) (…)

»Si el príncipe tiene ante sí a ministros y súbditos cada vez más conscientes de sus propios derechos, no debemos sorprendernos si Saavedra juzga prudente en este caso que aquel sepa, a tiempo y en el lugar debido, acomodar sus acciones a la aclamación del vulgo (empresa XXXII) y gobernar a satisfacción del pueblo y de la nobleza (empresa XXXVIII). Pero no se trata únicamente de prudencia y de cálculo; en realidad nuestro escritor, retomando las teoría de Francisco Suárez, sostiene que el poder regio tiene su origen primero en el consentimiento común y en la aprobación de todos (empresas XX, XLVI, LII, etc.)»

lunes, 22 de agosto de 2016

Emmanuel-Joseph Sieyès, ¿Qué es el Tercer Estado?

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Sebastián Miñano (1779-1845) agregó a su traducción de la Historia de la revolución francesa de Thiers numerosas notas biográficas, que hemos reunido bajo el título Diccionario de la Revolución Francesa y su época. Reproducimos lo referente a Emmanuel-Joseph Sieyès.

«Manuel José Sieyes, miembro del senado conservador y del instituto de Francia, nació en Frejus en 1748, y era vicario general del obispado de Chartres, canónigo y cancelario de aquella iglesia cuando le nombraron diputado del estado llano por París a los estados generales. Este extraño nombramiento fue debido al famoso folleto ¿Qué es el tercer estado? el cual le dio una inmensa popularidad. El día 10 de junio 1789 instó mucho a la cámara de su orden para que verificase sus poderes a fin de constituirse y precisar a los dos a venir a reunírsele. El 15 propuso que se constituyesen en asamblea de representantes, y el 10 de agosto se opuso a la supresión de los diezmos eclesiásticos, diciendo en el calor de la discusión: Queréis ser libres y no sabéis ser justos. En las discusiones para formar la constitución propuso una muy semejante a la que luego decretó la convención es decir, compuesta de dos consejos, el uno deliberante y el otro con derecho de sanción. También propuso una declaración de los derechos del hombre, que fue desechada por demasiado metafísica. Él fue quien dio la idea de dividir la Francia en departamentos, distritos y municipalidades, operación que no contribuyó poco a consolidar la revolución. A los principios se creyó que estaba unido a la facción de Orleans y así es que en las declaraciones que tomó la audiencia sobre los sucesos del 5 y 6 de octubre, aseguró el conde de la Chatre haberle oído responder a uno que le decía que había alborotos en París: Ya lo sé, pero no comprendo lo que quieren y sólo veo que se camina en sentido opuesto. Cuando a él le llamaron a deponer dijo que se había afligido como todos de aquellas tristes escenas, pero que ignoraba sus causas.

»Por entonces escribió una obra intitulada Observaciones sobre los bienes del clero en la cual procuraba defenderle todavía de la expoliación que le amenazaba. En 1790 trabajaba mucho en las comisiones pero rara vez subía a la tribuna, y entonces fue cuando Mirabeau dijo en plena asamblea que el silencio de Sieyes era una calamidad pública. Sin embargo al principio de aquel mismo año presentó un proyecto para la represión de los delitos de imprenta, conservando al mismo tiempo la libertad del pensamiento. Este trabajo es una de las infinitas pruebas que hay de lo difícil que es hacer una buena ley sobre esta materia en los estados libres. Luego votó por la institución del jurado así en lo civil como en lo criminal, y a poco tiempo le nombraron presidente a pesar de su resistencia a admitirlo. En febrero de 1791 fue elegido miembro del departamento de París, y habiendo llegado a entender que se trataba de nombrarle obispo de aquella ciudad, anunció al cuerpo de electores que estaba en intención de renunciarlo. Se opuso con mucho valor en la asamblea al proyecto en favor de la libertad de cultos diciendo que se le engañaba al pueblo apunto de hacerle tomar por defensores suyos a sus asesinos, y a sus asesinos por defensores. En julio de 1791 publicó una carta en la cual desenvolviendo sus principios políticos dice: No por una simple afición a los antiguos hábitos ni por ningún sentimiento supersticioso de realismo prefiero la monarquía; sino porque estoy convencido de que hay mayor libertad para los ciudadanos en una monarquía que en una república, y porque en toda suposición es uno más libre en el primero de estos dos gobiernos.

»Nombrado en setiembre por el departamento del Sarthe diputado a la convención, evitó aprovecharse del ascendiente de opinión que tenía sobre muchos de sus colegas, para vivir retirado en lo posible y sustraerse a las tormentas que preveía como indispensables. En el proceso de Luis XVI no se le oyeron más palabras en las cuatro votaciones nominales que se hicieron, sino sí, no, y la muerte. A principios del año 1793 presentó un proyecto para la organización del ministerio de la guerra, pero habiendo experimentado contradicciones, se encerró en el más profundo silencio como en un santuario. Mas no por eso dejó de ser nombrado adjunto de las primeras comisiones de salud pública, y el 10 de noviembre de aquel año anunció que si no renunciaba del todo al sacerdocio era porque hacía ya mucho tiempo que lo había hecho, pero que no por eso renunciaba a sus actuales funciones. Durante la lucha del 9 termidor (27 de julio 1794), se condujo con su circunspección ordinaria y observó el mismo silencio hasta 1795. Entonces subió más frecuentemente a la tribuna y expresó varias veces el horror que le causaban los crímenes de Robespierre, excitando a la asamblea a que mandara volver a todos los que aquel había desterrado. Poco tiempo después hizo parte de la comisión de salud pública y propuso una ley de alta política contra las insurrecciones populares, proclamando solemnemente la legalidad de la constitución de 1793 en que él había trabajado tanto. Nombráronle presidente de la convención, pero lo rehusó como otras veces, y entonces le enviaron a Holanda con Rewbell para concluir un tratado entre la Francia y aquella nueva república. A su vuelta dirigió toda la diplomacia de la época e influyó particularmente en los tratados con la Prusia y la España. Mas en cambio se ocupó muy poco en el por menor de las leyes constitucionales, sin que tuviese empeño en otra que en la de la formación del cuerpo legislativo en dos consejos, pues aunque también propuso el jurado constitucional, la convención le rehusó. Habiendo sido nombrado en el mes de octubre miembro del Directorio, también rehusó esta plaza y prefirió quedarse en el consejo de los quinientos. Durante los años de 1796 y 97 estuvo continuamente empleado en todas las comisiones relativas a los objetos más importantes, particularmente en la de los cinco, creada para examinar la providencia que había de tomarse con los jueces que habían rehusado prestar el juramento de odio a la monarquía. El 12 de abril 1797 estuvo para perecer a manos de un paisano suyo, bastante fanático, llamado Poule, que le tiró un pistoletazo en su propio cuarto, cuyo tiro pudo esquivar Sieyes, pero no sin recibir una herida en la mano y en el brazo.

»Cuando se renovó la tercera parte del consejo dejó de asistir a muchas sesiones hasta la jornada del 18 fructidor (4 de setiembre), en la cual y en las sesiones que se siguieron, votó la proscripción de los diputados de Clichi y en particular la de Boissy d'Anglas. Poco tiempo después fue elegido secretario y luego presidente del consejo, y aunque salió del cuerpo legislativo cuando tocó la renovación de su tercio, volvieron inmediatamente a elegirle. Después fue como embajador a Berlín, donde residió hasta el mes de mayo 1799, época en que fue nombrado de nuevo director y entonces lo aceptó. El estado critico en que se hallaba entonces la Francia por la impericia del directorio hacía desear otra forma de gobierno, y convencido Sieyes de la imposibilidad de hacer marchar la constitución directorial, se encargó en nombre de los de su partido de tratar con el general Bonaparte, dándole parte de los riesgos que amenazaban a la causa pública. Cuando éste volvió de Egipto, concertaron entre los dos el plan del 18 brumario del año 8 (9 de noviembre 1799) sirviendo de intermediarios Taillerand y Raederer. De resultas fue nombrado Sieyes cónsul interino y después senador y presidente del senado. Últimamente en recompensa de sus servicios le ofrecieron los cónsules la hacienda de Crosne, donde murió ya (1836) de mucha edad.»