martes, 20 de junio de 2017

Enrique Cock, Jornada de Tarazona hecha por Felipe II en 1592

|  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

Hace un tiempo disfrutamos con los Anales del año ochenta y cinco, de Henricum Coquum, excelente ejemplo de humanista sin excesiva fortuna, que a una edad ya madura se vio obligado a compaginar su vocación intelectual con el desempeño de la protección de las reales personas en el cuerpo de Archeros de Borgoña, conocida como la guardia de la cuchilla, por su característica arma. Y apenas ingresado, se vio en la obligación de acompañar a la familia real en su viaje político a las tres capitales de los viejos estados de la Corona de Aragón, con la finalidad de asistir a cortes y de solemnizar matrimonios. El culto holandés llevó a cabo su cometido, pero recogió todo tipo de informaciones sobre las localidades que recorrió, proporcionándonos un cúmulo de informaciones geográficas, históricas, legendarias, y meramente anecdóticas. La obra en que recogió este prolongado viaje corrió manuscrita y copiada hasta ser impresa en 1879.

Otras circunstancias muy distintas motivaron un nuevo viaje de Felipe II a las cortes aragonesas de Tarazona en 1592: las llamados alteraciones del reino de Aragón motivados por la huida de Antonio Pérez y la protección que éste obtiene del joven Justicia Juan de Lanuza, con los alborotos zaragozanos y el desastrado final de su resistencia al rey en Épila. Todos estos sucesos fueron espléndidamente narrados por Lupercio Leonardo de Argensola en su Información de los sucesos del reino de Aragón en los años 1590 y 1591, mostrando una clara lealtad al rey, pero al mismo tiempo una patente independencia de criterio. El rey apenas permaneció una semana residiendo en el palacio episcopal de la ciudad del Moncayo, y Enrique Cock no alude para nada al trasfondo político del viaje. Pero no debemos lamentar esta carencia, ya que a cambio, nos dicen Alfredo Morel-Fatio y Antonio Rodríguez Villa en la introducción a su edición de la obra:

«La Jornada, como los Anales, abunda en cuadros de costumbres, pintados al vivo, y en noticias históricas, etnográficas y estadísticas, tanto más preciosas cuanto que han sido registradas por un testigo ocular. Merecen, entre otras, particular mención las observaciones humorísticas sobre Valladolid y sus habitantes; sobre la avaricia de los regidores y jurados de Palencia; sobre el antiguo comercio de lanas en Burgos y las causas de su decadencia; las repetidas alusiones a los Jesuitas, que por sus industrias buscan lo mejor y más gordo de la tierra; la pintura de la extraordinaria prosperidad y bienestar de los Navarros, que tanto contraste forma con la miseria relativa de los habitantes de las dos Castillas, y finalmente, el dato desconocido referente a la habilidad y exclusiva industria de los vecinos de Torrellas en construir objetos de mobiliario con adornos de taracea, hoy tan estimados como raros. Si alguna vez las descripciones de Cock parecen un poco secas y su narración demasiado rápida, no debe olvidarse lo que el autor nos dice en su prólogo. Habiendo perdido la redacción original de su viaje unos amigos a quienes se la había prestado, escribió de nuevo Cock la que ahora se publica, algunos años después de verificado el viaje, valiéndose de sus primitivos apuntes. Por esta razón no puede pedirse a este relato ni la frescura de las primeras impresiones ni ese género de detalles de que el viajero toma lacónica nota en su cartera, y cuya explicación exacta olvida después de pasado algún tiempo.»

Croquis del itinerario seguido en la Jornada, de mano del propio Cock.

viernes, 9 de junio de 2017

José Echegaray, Recuerdos

|  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

José Echegaray (1832-1916) fue un polifacético personaje que presenta y resume en sí el complejo siglo XIX español, con sus luces y sus sombras; sus éxitos y sus tremendas contradicciones; sus generosos proyectos y sus patentes mezquindades… Nuestro autor fue ingeniero, matemático y físico, académico de la Real de Ciencias y catedrático; economista defensor del librecambismo; político demócrata y radical, y ministro durante el sexenio revolucionario, y más tarde senador; dramaturgo de considerable éxito en su época, miembro de la Real Academia Española y premio Nobel de Literatura… La profesora Josefina Gómez Mendoza lo analizaba recientemente aquí, de donde extraemos algunos significativos párrafos:

«Tenemos la suerte de que el premio Nobel dictara (ya no escribía por su falta de vista) sus Recuerdos a solicitud de Lázaro Galdiano, que se los había pedido para su revista España Moderna en 1894. Parece que empezó desganado y fue ilusionándose hasta confesar que era con lo que más disfrutaba, ya que consistía casi en una conversación consigo mismo. A su muerte, los artículos se recopilaron en tres tomos publicados por Ruiz Hermanos (1917), que es la edición ahora recuperada: el relato llega hasta el desembarco de Amadeo de Saboya en el puerto de Cartagena, acontecimiento del que Echegaray fue singular (y divertido) protagonista, porque estaba en la comitiva de tres ministros que habían ido a buscarlo después del atentado contra Prim. Para la continuación hay que acudir a los artículos que siguió publicando, en este caso en Madrid científico. Algunos de ellos se encuentran también en la Revista de Obras Públicas (...)

»De todos cuantos hemos leído (o releído) en los últimos meses los Recuerdos de Echegaray no conozco a nadie a quien no le hayan entretenido, divertido e ilustrado. Por las circunstancias del personaje, desde luego, pero también porque, de forma hábil, los utiliza para ir contando la historia de la segunda mitad del siglo XIX, llena de acontecimientos, revoluciones y personajes. Como bien ha visto Martín Pereda, es, efectivamente, la historia de una época. Lo interpreta incluso en términos de dramatización buscada: cuando se levanta el telón, la acción alcanza su clímax, para acabar cayendo el telón. Llama, en efecto, la atención hasta qué punto Echegaray juega con el tiempo y con el espacio; él, tan individualista, tendría, dice, una memoria socialista, de modo que todo lo recuerda en su cuadro correspondiente, con sus figuras y su acción formando un todo. Las escenas con sus compañeros de Caminos en la Escuela, como espectador de teatro, o las de las Cortes constituyentes de la revolución, son estampas inolvidables.

»Es más, logra en muchas ocasiones vincular recuerdos particulares a los grandes acontecimientos del siglo, de forma que su biografía queda jalonada por ellos, algunas veces con bastante ironía. Cito algunos de los mejores ejemplos: justo el día de la abdicación de María Cristina y del inicio de la regencia de Espartero, pudo desechar un odiado traje verde de una pieza, con el calzón unido a la chaqueta, en el que era un suplicio saber si se metían antes las manos o las piernas, de modo que para él la libertad siempre estuvo vinculada al progresismo; en otra ocasión volvía de Almería, donde había tenido su primer (y único) destino de ingeniero, cuando quedó paralizado en Aranjuez por la Vicalvarada, y fue él quien, por sus relaciones con un general sublevado, consiguió hacer llegar a todos los viajeros hasta Madrid, lo que le hizo sentirse muy importante; o el momento en que se encontraba en San Juan de Luz con muchas personalidades exiliadas esperando que se decidiera Prim a dar el golpe, y llegó la batalla de Alcolea, se inició la revolución de septiembre y él se encontró como uno de los protagonistas; mejor aún, cuando era un diputado algo apocado en las Cortes Constituyentes y tuvo que intervenir en la sesión en que se discutía la cuestión religiosa, en contra del canónigo integrista Vicente Manterola, que había defendido la unidad religiosa, y justo después del célebre discurso de Castelar [el de Grande es Dios en el Sinaí]: fue entonces cuando pronunció su discurso más famoso, el conocido como el de la trenza y el quemadero (...)

»Más ejemplos: cuando se buscaba rey y los liberales promovían al duque de Montpensier, mal visto por los progresistas por sus connivencias con la dinastía derrocada, a Prim y a Ruiz Zorrilla se les ocurrió para desactivar esa candidatura hacer rey al duque de Génova y casarlo con la hija mayor de Montpensier. Fue a Echegaray al que recurrieron para hacer esas gestiones ya que un antiguo alumno pertenecía a la casa de Montpensier, gestiones que, como era de esperar, fracasaron estrepitosamente. Finalmente, fue Echegaray, cuando era ministro de Fomento, quien, junto con Juan Bautista Topete y José María Beránger, tuvo, tras el atentado contra Prim, que ir a buscar a Amadeo de Saboya a Cartagena, en un viaje en el que le tocó hablar en todas las paradas del tren en su nombre y en el de los otros dos, incluso en Cartagena en nombre del futuro rey, porque este no sabía castellano, lo que el ingeniero disimuló diciendo que estaba afónico. Es uno de los episodios más divertidos de unas memorias que abundan en ellos.

»No creo que hagan falta más ejemplos para permitir otorgar a estos recuerdos de Echegaray un estatuto de episodios nacionales. Muestran, además, una fina ironía y el autor da prueba de la suficiente distancia crítica y sentido del humor como para reírse de sí mismo. Es esa narración de una historia personal al hilo de la de su tiempo lo que hace que los Recuerdos resulten tan amenos. Y lo que justifica que todos los que hablamos de Echegaray quedemos enredados en sus historias y los utilicemos como fuente.»

viernes, 2 de junio de 2017

Aurelio Prudencio Clemente, Peristephanon o Libro de las Coronas

Prudencio en un códice hacia 900
|  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

«Tengo en la actualidad cincuenta y siete años. Se aproxima el fin, y Dios va mostrando a mi ancianidad el día vecino. ¿Qué cosa de provecho he llevado a término en el decurso de un tiempo tan largo? La edad primera la pasé bajo las férulas batientes de los maestros. La mocedad viciosa me enseñó luego a fingir y no pasó inocuamente por mi alma. La insolencia peligrosa y la ostentación provocativa, ¡ay, me avergüenzo y me pesa!, manchó mi juventud con sus inmundicias y su lodo. Luego, los pleitos predispusieron mi alma ya confusa, y la funesta obstinación del triunfo forense me guió en multitud de casos escabrosos. Dos veces goberné ciudades nobles con las riendas de las leyes, e hice justicia, siendo la égida de los buenos y el terror de los malos. Por fin, la liberalidad del príncipe me puso en el escalafón militar, destinándome cerca de sí en un orden próximo a su persona. Mientras la vida me conducía voluntaria por estas vicisitudes, cayó sobre mi cabeza de anciano la canicie, arguyéndome del olvido del viejo cónsul Salia, bajo cuyo consulado nací. Cuántos inviernos hayan pasado y cuántas veces hayan substituido las rosas al hielo de los prados, la nieve de mi cabeza te lo dice.»

Así se presenta a sí mismo, en el Praefatio a sus obras, Aurelio Prudencio Clemente (348-c. 413), natural de Calahorra o de Zaragoza. Martín de Riquer y José María Valverde se refieren así a su Peristephanon o Libro de las Coronas, «colección de himnos dedicados en su mayoría a españoles que habían recibido el martirio. Este libro constituye el monumento más importante de la primitiva poesía latina cristiana y se caracteriza no tan sólo por la belleza de los versos, a veces ampulosos y preciosistas, siempre fervorosos y apasionados, sino también por el hecho de aceptar tradiciones populares que se habían formado en torno de los mártires. Es de suma importancia reparar en este aspecto, insólito en las letras latinas, donde es raro que un poeta culto, extraordinariamente cuidadoso de la forma y sabio en la versificación, deje entrar elementos tradicionales.»

Para valorar el Peristephanon se debe tener en cuenta este múltiple carácter ―literario, religioso, ritual, didáctico...―, y que proporciona más bien información sobre los valores, actitudes y formas de comportamiento en la compleja sociedad tardorromana, en pleno proceso de cambio, que información fidedigna sobre los procesos a los mártires que nos narra. Así, por ejemplo, en una obra reciente (Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente), Peter Brown ejemplifica con un conocido pasaje de la obra que nos ocupa los cambios de valoración de la riqueza y de la pobreza que se afirman en esta época. Y es lógica su utilidad en este sentido, dado el propósito tácito de Prudencio, que hace tiempo resumió así el profesor John Matthews: sus himnos presentan «no otra cosa que una alternativa cristiana al patriotismo cívico del Imperio pagano.» (cit. Por Javier Arce en su Bárbaros y romanos en Hispania).

De otro códice del siglo X con las obras de Prudencio.

viernes, 26 de mayo de 2017

Hernando del Pulgar, Claros varones de Castilla

Antonello da Mesina, Retrato de desconocido
|  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

Escribe Antonio Domínguez Ortiz: «Hernando del Pulgar (1436-1493) fue… un hombre a caballo entre dos épocas, entre dos reinados, pero más volcado hacia el de Isabel y Fernando. Su condición, casi segura de descendiente de judíos conversos no le perjudicó en el concepto de aquellos monarcas, que utilizaron sus servicios como embajador, secretario y cronista. Aunque no dejó obra latina, estuvo familiarizado con los clásicos; es sobre todo, notoria la huella de Tito Livio en su Crónica de los señores reyes D. Fernando y Doña Isabel, tanto en la distribución del relato como en la inserción de fingidas arengas en las que se mezcla el arte oratorio con la historia propiamente dicha. La Crónica se detiene en 1490, dos años antes de la caída de Granada. Otra obra de Pulgar que gozó de merecido renombre es la colección de biografías titulada Claros varones de Castilla, retrato directo y agudo de 24 personajes del reinado de Enrique IV, para el que constituye una fuente de gran valor.»

El mismo Pulgar explicita sus objetivos en su dedicatoria a Isabel: «Yo, muy excelente reina y señora, criado desde mi menor edad en la corte del rey vuestro padre, y del rey don Enrique vuestro hermano, movido con aquel amor de mi tierra que los otros ovieron de la suya, me dispuse a escrebir de algunos claros varones perlados y caballeros naturales de vuestros reinos, que yo conoscí e comuniqué, cuyas hazañas e notables fechos, si particularmente se oviesen de contar, requería facerse de cada uno una grand Historia. Por ende brevemente con el ayuda de Dios escrebiré los linajes e condiciones de cada uno, e algunos notables fechos que ficieron: de los cuales se puede bien creer que en autoridad de personas, y en ornamento de virtudes, y en las habilidades que tuvieron, así en ciencia, como en armas, no fueron menos excelentes que aquellos griegos e romanos e franceses que tanto son loados en sus escripturas.»

Y es que nos adentramos en una época en la que el héroe, el político, el que emprende empresas aventuradas, no se ocupa sólo en hacer, sino en dejar memoria de lo que ha hecho: «otra vida más larga / de la fama gloriosa / acá dejáis, (aunque esta vida de honor /tampoco no es eternal / ni verdadera); / mas, con todo, es muy mejor / que la otra temporal / perecedera.» Ambición explicable que en ocasiones llevó a muchos personajes y personajillos a pre-ocuparse de su memoria, a construirse su fama futura; lo que siempre parece más inocuo que la moda actual de construir un falso pasado ―benigno o maligno, tanto da― que desemboque necesariamente en el falso presente que me interesa imponer a los demás. Pero falta mucha razón de estado, muchas luces, muchas grandilocuentes invocaciones para llegar a mil novecientos ochenta y cuatro.

Ahora, postrimerías de una época y umbral de otra nueva que la continúa, fines del siglo XV, Hernando del Pulgar todavía nos transmite con admiración un puñado de vidas memorables, es decir, dignas de recordar, pero que no nos exige que las consideremos modélicas. Y, además, hace hincapié con naturalidad ―otro signo de tiempos nuevos (o de su continuidad)― en su diversa procedencia social: aristocracia, meros hidalgos, campesinos y judíos. Todos ellos merecen la fama, los de altos linajes y los de linajes bajos, porque «hay dos maneras de linajes en el mundo: unos que traen y derriban su descendencia de príncipes y monarcas, a quien poco a poco el tiempo ha deshecho, y han acabado en punta, como pirámide puesta al revés; otros tuvieron principio de gente baja, y van subiendo de grado en grado, hasta llegar a ser grandes señores. De manera que está la diferencia en que unos fueron, que ya no son, y otros son, que ya no fueron.»

viernes, 19 de mayo de 2017

Francisco Pi y Margall, La República de 1873. Apuntes para escribir su historia. Vindicación del autor

|  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

El historiador Ogai el Viejo (según nos fabulaba Rafael Sánchez Ferlosio) tuvo la inmensa fortuna de hallar un antiguo y excelente ejemplo del género denominado testimonio: «Comenzaba con la forma ritual del testimonio: la autopresentación del autor, que lo caracteriza expresamente como relato personal, y, como era igualmente ritual, por la exposición del motivo. Esto último parece deberse a que los primeros testimonios, a partir de los cuales habría de configurarse y fijarse el género, eran confesiones o revelaciones de hechos —que, generalmente, por cualquier circunstancia, habían tenido que permanecer secretos— que se contaban, o dejaban contados, para cuando ya nadie pudiese dudar de ellos, ya sea por falta de beneficio alguno para su autor —debido, por ejemplo, a la muerte—, ya por cualquier otra razón, como el haber cesado el motivo para el secreto, y para que surtiesen algún efecto de justicia, como una reivindicación de inocencia o de buena fama o restauración del honor (…) A veces, sin embargo, el único efecto que buscaba el testimonio era el de producir como verdad ante los demás una versión de los hechos ignorada o, más a menudo, no creída en su día. El no creído escribía para después de su muerte, porque juzgaba que sólo desinterés o indiferencia de difunto podía garantizar y autorizar una verdad como verdad, supuesto que pasión, temor ni empeño alguno podían llevarle ya a preferir una versión mejor que otra.» (El testimonio de Yarfoz)

Políticos y gobernantes siempre han querido (y quieren) dejar constancia de su versión de los acontecimientos, y para ello dispusieron de abundantes y agradecidos propagandistas, artistas y escritores. Pero en la edad contemporánea, al tomar parte fracciones más numerosas de la población en el intrincado juego y teatro del poder, se hace mucho más urgente, necesario, pero también convencional y menos efectivo, el legar a la posteridad, y casi al hilo de los acontecimientos, la que se intenta sea la interpretación ortodoxa de la propia carrera política. Pero al deber competir dicha memoria con otras diferentes y opuestas, resultado de planteamientos diferentes, rivales, e incluso enemigos, ya no tienen sentidos las prevenciones que nos trasmitía Ogai el Viejo, correspondientes a la época de la dinastía de los Catránidas… Parece poco útil (criterio básico en la modernidad) aguardar hasta después de la propia muerte para dar a conocer nuestra verdad. Y resultaría excesiva (a no ser entre los plenamente adoctrinados) la presunción de considerar las memorias de políticos y gobernantes «la verdad sobre aquello».

Un excelente ejemplo es el que presentamos. Francisco Pi y Margall (1824-1901), de quien ya hemos comunicado La reacción y la revolución. Estudios políticos y sociales (1855) y Las nacionalidades (1876). En La República de 1873. Apuntes para escribir su historia, se propone vindicarse ante las acusaciones que se le hacen por la culminación de su carrera política: los breves meses en que concentra un considerable poder primero como ministro de la Gobernación, después como jefe de gobierno, en la confusa república del llamado sexenio democrático, todo él también conflictivo y confuso. Escribe estas memorias cuando todavía subsiste el régimen republicano, aunque ya en manos de una (también confusa) coalición de progresistas, antiguos unionistas y demócratas más o menos cimbrios. Eso sí, sin parlamento y sin convocatoria de elecciones, y con una también confusa variedad de oposiciones: radicales, carlistas, alfonsinos, además de los propios republicanos. Jorge Vilches, en su Progreso y libertad (2001) caracteriza así a nuestro autor:

«Otra tendencia (del republicanismo) fue la que inspiró Pi y Margall, fundada sobre la idea de la emancipación política y social del cuarto estado, las clases trabajadoras, mediante la democracia, la división federal del poder público y las asociaciones obreras, como conjunto garante de la libertad. Este proyecto, federal y socialista, no transigía con ningún partido liberal, y su materialización, en palabras de Pi hasta 1873, no saldría más que de las bayonetas, esto es, del derecho de insurrección. Aunque luego en la República varió tal conclusión y hasta confesó su error, el discurso pimargalliano tuvo como principal resultado los pactos federales de 1869, que llevarían al levantamiento de ese año, al surgimiento de la facción ―que no fracción en este caso― intransigente que contaría sus actividades por insurrecciones durante el reinado de Amadeo I, y finalmente al cantonalismo de 1873. La organización del partido llevada a cabo por Pi y Margall durante ese período dio lugar a que el republicanismo fuera exclusivamente federal pactista o pimargalliano en sus principios teóricos y prácticos. El pactismo, esa construcción de abajo arriba de un sistema federal basado en la autonomía y voluntad individual y local, se convirtió en el proyecto regenerador de la masa federal y de los que se llamaron republicanos intransigentes o de provincias.»

Con La República de 1873, Pi y Margall quiso vindicar su labor de gobierno, justificar su fracaso (y el entonces ya previsible del régimen), a consecuencia no de posibles errores suyos, sino de la conjunción de circunstancias, apresuramientos y traiciones. Y al mismo tiempo, reconfortar a sus seguidores y mantener su fe en un futuro que, necesariamente, ha de ser pactista, sinalagmático, conmutativo y federal. La realidad quedó así justificada, y «el universo usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza», con palabras de Borges referidas a aquellos codiciosos bibliotecarios de Babel que «abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación(…) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero».

viernes, 12 de mayo de 2017

El Corán

|  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

«No es fácil presentar de un modo sistemático la doctrina del Islam, ni tampoco es posible señalar con precisión hasta qué punto estaba ésta definida en los días del Profeta. Mahoma, que no era un espíritu lógico ni tenía una firme base teológica, elaboró su doctrina influido por el cristianismo, el judaísmo y en parte por el parsismo o zoroastrismo, más por aquel que por éstos, adaptando a estas doctrinas algunas tradiciones locales con un cierto oportunismo. Por otra parte, muchas de sus prescripciones religiosas se fueron concretando después de muerto Mahoma.

»La doctrina del Islam y las reglas por las que deben conducirse sus creyentes están en el Corán y en la Sunna. Las predicaciones y revelaciones de Mahoma habían quedado en su mayor parte en la memoria de sus oyentes, y sólo años más tarde fueron recogidas por el cuidado de Omar, bajo el califato de Abu Bakr o durante su propio gobierno. De ello fue encargado Zaid ben Tabit, que había sido secretario de Mahoma. Tras diversas recenciones, el califa Otmán ordenó al mismo secretario que llevara a cabo una edición definitiva (653), y mandó destruir las demás versiones. El Corán así redactado, comprende 114 capítulos o suras, presentadas sin orden alguno metódico ni cronológico. Por otra parte, muchas de sus revelaciones resultan contradictorias, y corresponde a los especialistas el señalar los capítulos vigentes y los abrogados.

»La Sunna es una reunión de tradiciones (hadizes) sobre la conducta de Mahoma en casos concretos, no incluidas entre las revelaciones del Corán. Se formó con noticias recogidas de sus familiares, especialmente de Aixa, la viuda del Profeta. Es una fuente más tardía e impura, y hay toda una ciencia crítica juridicoteológica para precisar los hadizes que deben reputarse como auténticos.» (José María Lacarra, Historia de la Edad Media, tomo I, primera edición 1960).

Por su parte, Daniel Pipes pone de relieve una de las características básicas del libro sagrado del Islam: «El Corán, como la Biblia hebrea y contrariamente a las escrituras cristianas, contiene muchas reglas; aproximadamente la décima parte de los versículos del Corán dan instrucciones a los musulmanes sobre cómo deben actuar, aunque sólo ochenta aproximadamente dan preceptos específicos. Algunos definen asuntos estrictamente religiosos, como el ayuno y la peregrinación; lo que concierne a las mujeres (el matrimonio,el adulterio, el divorcio y su separación de los hombres) tiene gran importancia, como otros aspectos de la vida de familia: la orfandad, la adopción, la herencia, etc. Existen prohibiciones sobre la usura y el juego, así como también restricciones alimenticias y suntuarias. El Corán da instrucciones a los musulmanes sobre los esclavos, los no musulmanes, la guerra, los contratos, el procedimiento judicial, las limosnas y las penas criminales.» (Daniel Pipes, El Islam de ayer a hoy; título original: In the Path of God, 1983.

Final de la sura Maryam, en un manuscrito de la Universidad de Birmingham

viernes, 5 de mayo de 2017

José de Espronceda, El ministerio Mendizábal y otros escritos políticos

|  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

Acabada la segunda guerra mundial se publica en París Cultura y democracia, revista de prestigio y propaganda del Partido Comunista de España en el exilio; naturalmente por entonces es Jorge Semprún Maura uno de sus principales controladores. En abril de 1950 se publica su cuarto número, que contiene un breve artículo titulado Espronceda, su tiempo, su vida y su obra, firmado por F. Ganivet, que interpreta y recicla al viejo revolucionario romántico y liberal según los intereses y objetivos del estalinismo patrio:

«Nacido al comienzo de la Guerra de la Independencia, le vemos a los 15 años fundando con otros compañeros una sociedad secreta: Los Numantinos; condenado a cinco años de reclusión en un convento al descubrirse las actas de la reunión que celebraron a raíz de la cruel tortura y ejecución de Riego, que vieron con sus propios y espantados ojos. En las actas se constata que, después de escuchar a Espronceda, “todos juraron no omitir medio alguno para vengar la muerte de aquel héroe en todos sus autores, comenzando por el más alto”. Le encontramos en libertad mucho antes de cumplir su condena, con un certificado, expedido por el guardián, diciendo haber cumplido ya una parte de aquélla “a su satisfacción, y considerarla tiempo suficiente”... suficiente para haber revuelto de tal modo a los frailes jóvenes con su propaganda revolucionaria que al fraile guardián le faltó tiempo para librarse de su presencia. A los 17 años emigrado en Lisboa; después en Londres y París; aquí le encontramos, a los 23, batiéndose en las barricadas; presto a marchar en una brigada internacional que se intentó formar para liberar a Polonia del yugo del zar de Rusia. Más tarde ayudante del que fuera famoso guerrillero y coronel del ejército en la Guerra de la Independencia, Joaquín de Pablo (Chapalangarra), con la tropa de emigrados que pasaron los Pirineos para luchar en los campos de Vera de Navarra, mientras Torrijos atacaría por el sur, y otra fuerza por Cataluña, acaudillada por Espoz y Mina. Fue una acción heroica, pero infructuosa, contra la reacción fernandina, bajo los pliegues de la bandera tricolor de la República (roja, verde y morada; la actual fue adoptada después de la revolución de 1868). Le hallamos, a la muerte de Fernando VII y acogido a la amnistía, de vuelta en España, con 27 años, capitán de milicianos, fundador y colaborador de los periódicos más avanzados: El Siglo, El Labriego, El Huracán, El Español, que se mantienen en un duelo constante con los gobiernos moderados, sosteniendo en alto la bandera contra la reacción, y planteando los problemas, sobre una plataforma republicana. Le encontramos por los caminos y sierras de España, a caballo, a pie, pasando ríos a nado, para organizar sociedades clandestinas, enlazándolas, orientándolas; después, cerca ya del fin de sus días, secretario de la legación en La Haya; diputado a Cortes, donde da pruebas de sus grandes dotes como político, de su consecuencia como revolucionario demócrata y de su gran capacidad sobre problemas militares, de economía, industria y hacienda e internacionales.

»La vida de Espronceda fue tan tumultuosa como su época, y si se encontró enzarzado en ella y en su avanzada no fue por mero instinto, o por un ímpetu más o menos ciego, nacido de un ardor indefinido por la justicia y la libertad. Las aventuras de Espronceda son las hazañas de un revolucionario demócrata en acción que se ha marcado un objetivo que alcanzar y hacia él orienta su esfuerzo cualesquiera que sean las variadas circunstancias en que se encuentre. Éste es el valor de la vida y la obra de Espronceda. Espronceda veía al pueblo, y no sólo cuando mozo sino después y siempre, no como la plebe, como otros literatos de su tiempo, sino de otra manera. A los 27 años, en un opúsculo dirigido contra el gobierno Mendizábal por sus errores y debilidades, acusaba a éste de “haber marchado a la deriva y de no mirar por la elevación y emancipación de los proletarios”... plantea la necesidad de “acabar con tanto paniaguado, inepto y holgazán”... y “poner coto a las arbitrariedades de los generales”; después de denunciar “la persecución de muchos ciudadanos por sus ideas”... continúa: “A los pueblos no basta decirles que callen; es necesario no darles motivo de hablar; y no es posible que callen los que todo lo han sacrificado por la libertad y ni aun libertad tienen”. Trata a continuación de la devastadora prolongación de la guerra carlista y dice: “En vano se afanará el soldado y prodigará su sangre si el gobierno no hace sentir a los pueblos sublevados los beneficios que ha de reportarles el abandonar a don Carlos, y a todos los de España las ventajas de la libertad con decretos que interesen a las masas populares y las hagan identificarse con la causa que defendemos. Uno de los errores más perjudiciales cometidos el año 1820 fue que nuestros gobernantes no hiciesen aprecio del pueblo que llaman bajo, y que, si no es alto, es porque se le niegan los medios de subir. Precisa interesar las masas populares para terminar la guerra y afirmar la libertad mostrándoles la diferencia que existe entre un pueblo esclavo y miserable y una nación libre y feliz”...

»Espronceda no lucha por la justicia y la libertad en un sentido abstracto; ni se abate pesimistamente ante la carroña y sordidez de la sociedad caduca que le rodea. Combate en todo momento contra las arbitrariedades y el despotismo. Un ejemplo de ello fue su famosa defensa ante los tribunales del periódico El Huracán, suspendido por su campaña contra la monarquía, y del cual era Espronceda asiduo colaborador. Con el apoyo de las masas, entre las que Espronceda gozaba de gran popularidad, consiguió que el periódico continuara su publicación y alcanzar la libertad de su director, contra quien se había incoado proceso. Fue, pues, Espronceda un revolucionario demócrata, partidario de una revolución burguesa que abriese cauce a la industrialización de España, y al desarrollo agrícola y comercial simultánea y complementariamente, y que esta revolución burguesa rematase las medidas ya iniciadas para la extirpación del feudalismo merced a la transformación del régimen de propiedad de la tierra.»