lunes, 22 de agosto de 2016

Emmanuel-Joseph Sieyès, ¿Qué es el Tercer Estado?

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Sebastián Miñano (1779-1845) agregó a su traducción de la Historia de la revolución francesa de Thiers numerosas notas biográficas, que hemos reunido bajo el título Diccionario de la Revolución Francesa y su época. Reproducimos lo referente a Emmanuel-Joseph Sieyès.

«Manuel José Sieyes, miembro del senado conservador y del instituto de Francia, nació en Frejus en 1748, y era vicario general del obispado de Chartres, canónigo y cancelario de aquella iglesia cuando le nombraron diputado del estado llano por París a los estados generales. Este extraño nombramiento fue debido al famoso folleto ¿Qué es el tercer estado? el cual le dio una inmensa popularidad. El día 10 de junio 1789 instó mucho a la cámara de su orden para que verificase sus poderes a fin de constituirse y precisar a los dos a venir a reunírsele. El 15 propuso que se constituyesen en asamblea de representantes, y el 10 de agosto se opuso a la supresión de los diezmos eclesiásticos, diciendo en el calor de la discusión: Queréis ser libres y no sabéis ser justos. En las discusiones para formar la constitución propuso una muy semejante a la que luego decretó la convención es decir, compuesta de dos consejos, el uno deliberante y el otro con derecho de sanción. También propuso una declaración de los derechos del hombre, que fue desechada por demasiado metafísica. Él fue quien dio la idea de dividir la Francia en departamentos, distritos y municipalidades, operación que no contribuyó poco a consolidar la revolución. A los principios se creyó que estaba unido a la facción de Orleans y así es que en las declaraciones que tomó la audiencia sobre los sucesos del 5 y 6 de octubre, aseguró el conde de la Chatre haberle oído responder a uno que le decía que había alborotos en París: Ya lo sé, pero no comprendo lo que quieren y sólo veo que se camina en sentido opuesto. Cuando a él le llamaron a deponer dijo que se había afligido como todos de aquellas tristes escenas, pero que ignoraba sus causas.

»Por entonces escribió una obra intitulada Observaciones sobre los bienes del clero en la cual procuraba defenderle todavía de la expoliación que le amenazaba. En 1790 trabajaba mucho en las comisiones pero rara vez subía a la tribuna, y entonces fue cuando Mirabeau dijo en plena asamblea que el silencio de Sieyes era una calamidad pública. Sin embargo al principio de aquel mismo año presentó un proyecto para la represión de los delitos de imprenta, conservando al mismo tiempo la libertad del pensamiento. Este trabajo es una de las infinitas pruebas que hay de lo difícil que es hacer una buena ley sobre esta materia en los estados libres. Luego votó por la institución del jurado así en lo civil como en lo criminal, y a poco tiempo le nombraron presidente a pesar de su resistencia a admitirlo. En febrero de 1791 fue elegido miembro del departamento de París, y habiendo llegado a entender que se trataba de nombrarle obispo de aquella ciudad, anunció al cuerpo de electores que estaba en intención de renunciarlo. Se opuso con mucho valor en la asamblea al proyecto en favor de la libertad de cultos diciendo que se le engañaba al pueblo apunto de hacerle tomar por defensores suyos a sus asesinos, y a sus asesinos por defensores. En julio de 1791 publicó una carta en la cual desenvolviendo sus principios políticos dice: No por una simple afición a los antiguos hábitos ni por ningún sentimiento supersticioso de realismo prefiero la monarquía; sino porque estoy convencido de que hay mayor libertad para los ciudadanos en una monarquía que en una república, y porque en toda suposición es uno más libre en el primero de estos dos gobiernos.

»Nombrado en setiembre por el departamento del Sarthe diputado a la convención, evitó aprovecharse del ascendiente de opinión que tenía sobre muchos de sus colegas, para vivir retirado en lo posible y sustraerse a las tormentas que preveía como indispensables. En el proceso de Luis XVI no se le oyeron más palabras en las cuatro votaciones nominales que se hicieron, sino sí, no, y la muerte. A principios del año 1793 presentó un proyecto para la organización del ministerio de la guerra, pero habiendo experimentado contradicciones, se encerró en el más profundo silencio como en un santuario. Mas no por eso dejó de ser nombrado adjunto de las primeras comisiones de salud pública, y el 10 de noviembre de aquel año anunció que si no renunciaba del todo al sacerdocio era porque hacía ya mucho tiempo que lo había hecho, pero que no por eso renunciaba a sus actuales funciones. Durante la lucha del 9 termidor (27 de julio 1794), se condujo con su circunspección ordinaria y observó el mismo silencio hasta 1795. Entonces subió más frecuentemente a la tribuna y expresó varias veces el horror que le causaban los crímenes de Robespierre, excitando a la asamblea a que mandara volver a todos los que aquel había desterrado. Poco tiempo después hizo parte de la comisión de salud pública y propuso una ley de alta política contra las insurrecciones populares, proclamando solemnemente la legalidad de la constitución de 1793 en que él había trabajado tanto. Nombráronle presidente de la convención, pero lo rehusó como otras veces, y entonces le enviaron a Holanda con Rewbell para concluir un tratado entre la Francia y aquella nueva república. A su vuelta dirigió toda la diplomacia de la época e influyó particularmente en los tratados con la Prusia y la España. Mas en cambio se ocupó muy poco en el por menor de las leyes constitucionales, sin que tuviese empeño en otra que en la de la formación del cuerpo legislativo en dos consejos, pues aunque también propuso el jurado constitucional, la convención le rehusó. Habiendo sido nombrado en el mes de octubre miembro del Directorio, también rehusó esta plaza y prefirió quedarse en el consejo de los quinientos. Durante los años de 1796 y 97 estuvo continuamente empleado en todas las comisiones relativas a los objetos más importantes, particularmente en la de los cinco, creada para examinar la providencia que había de tomarse con los jueces que habían rehusado prestar el juramento de odio a la monarquía. El 12 de abril 1797 estuvo para perecer a manos de un paisano suyo, bastante fanático, llamado Poule, que le tiró un pistoletazo en su propio cuarto, cuyo tiro pudo esquivar Sieyes, pero no sin recibir una herida en la mano y en el brazo.

»Cuando se renovó la tercera parte del consejo dejó de asistir a muchas sesiones hasta la jornada del 18 fructidor (4 de setiembre), en la cual y en las sesiones que se siguieron, votó la proscripción de los diputados de Clichi y en particular la de Boissy d'Anglas. Poco tiempo después fue elegido secretario y luego presidente del consejo, y aunque salió del cuerpo legislativo cuando tocó la renovación de su tercio, volvieron inmediatamente a elegirle. Después fue como embajador a Berlín, donde residió hasta el mes de mayo 1799, época en que fue nombrado de nuevo director y entonces lo aceptó. El estado critico en que se hallaba entonces la Francia por la impericia del directorio hacía desear otra forma de gobierno, y convencido Sieyes de la imposibilidad de hacer marchar la constitución directorial, se encargó en nombre de los de su partido de tratar con el general Bonaparte, dándole parte de los riesgos que amenazaban a la causa pública. Cuando éste volvió de Egipto, concertaron entre los dos el plan del 18 brumario del año 8 (9 de noviembre 1799) sirviendo de intermediarios Taillerand y Raederer. De resultas fue nombrado Sieyes cónsul interino y después senador y presidente del senado. Últimamente en recompensa de sus servicios le ofrecieron los cónsules la hacienda de Crosne, donde murió ya (1836) de mucha edad.»

viernes, 12 de agosto de 2016

Cayo Cornelio Tácito, La vida de Julio Agrícola


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Posiblemente es ésta la más antigua de las obras de Publio (o Cayo) Cornelio Tácito (c. 55–120), publicada hacia 97-98 de nuestra era, tras la muerte del déspota Domiciano. En ella nos cuenta la vida y costumbres de Julio Agrícola, su suegro, centrándose sobre todo en sus campañas en Britania. Es una breve obra en la que los especialistas detectan múltiples facetas: es una biografía, quizás una laudatio fúnebre, un estudio étnico-geográfico comparable al que por entonces Tácito ha realizado sobre La Germania, y un texto con intencionalidad política, en el que busca justificarse a sí mismo (a través de la figura de Julio Agrícola) de su conducta templada, cuando no complaciente, ante los excesos de Domiciano… Quizás sea este último aspecto es el que nos permita una más profunda comprensión de la obra.

Beatriz Antón Martínez, en su introducción a la obra (1999), lo expone así: «La mayoría de la crítica coincide en que esta biografía tenía una clara intención política: lo que pretendía Tácito era justificar la carrera legal de Agrícola, y la suya propia, bajo Domiciano y defender su memoria de quienes lo acusaban de colaboracionismo (…) Con el propósito de sofocar las críticas, nuestro historiador presenta a Agrícola como víctima de Domiciano más que como uno que había gozado de los favores del tirano (…) El mensaje político es claro: se elogia a un personaje que hace de la moderatio la norma de su existencia y fue capaz de demostrar que puede haber buenos ciudadanos también bajo malos príncipes, que existe la posibilidad de encontrar un término medio, un modus, entre la sumisión y la rebeldía, ambos extremos igualmente ineficaces.»

Presentamos el original latino y una traducción procedente de wikisource, con pequeñas modificaciones. De Tácito ya hemos reunido la Germania, los Anales y las Historias.

viernes, 5 de agosto de 2016

Abū Abd Allāh Muhammad al-Idrīsī, Descripción de la Península Ibérica

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El ceutí al-Idrisi, al servicio del rey franco-normando de Sicilia Roger II, elaboró en el siglo XII una completa geografía del mundo conocido acompañada de un exhaustivo atlas. Reproducimos las partes correspondientes a la península Ibérica. Lo correspondiente al territorio cristiano fue traducida por Eduardo Saavedra y publicado en 1881; el resto de Al-Andalus lo tradujo Antonio Blázquez y lo publicó en 1901. Claudio Sánchez Albornoz, en su La España Musulmana según los autores islamitas y cristianos medievales, se refiere así a los geógrafos andalusíes, y selecciona el siguiente y dramático pasaje de nuestro autor:

«Junto a la Biografía y la Historia, los musulmanes españoles cultivaron también la Geografía. Ya el gran Ahmad al-Razi, el Rasis de los autores cristianos, escribió en la primera mitad del siglo X una Descripción geográfica de Al-Andalus, de la que ha llegado hasta hoy una traducción castellana abreviada y deformada. En la segunda mitad de tal siglo, redactaron obras de geografía: los islamitas Al-Warraq y Ben Husayn, y el judío Ben Yaqub al-Turtuxi. En el XI, florecieron Said de Toledo (m. 1010), Al-Udri (1003-1085) y Al-Bakri (m. 1094), que aprovechó todas las producciones de sus precursores en su Kitab al-Masaliq wa-l-Mamaliq (Los caminos y los reinos). Les siguió muy de cerca Al-Idrisi (1110-1162) al escribir su Nuzhat al-Aluxtaq (Recreo de quien desee recorrer el mundo). Nietos de reyes (de Silves y de Málaga), los dos geógrafos últimamente citados influyeron mucho en quienes se consagraron tras ellos a los estudios geográficos dentro y fuera de España: Ben Chubair [XII], Al-Abdari y Al-Nuxrisi [XIII] y Ben Batuta y los dos Himyari [XIV y XV], para no citar sino los de origen hispano. Debemos a la obra del Idrisi una descripción de la Península de valor inapreciable. Pero sus noticias no se concretan a Al-Andalus y a veces ofrecen trozos de interés dramático como el reproducido a continuación (...)

»Un viento favorable nos movió luego de aquellos sitios, y por la tarde del sábado, segundo día del mes citado, aumentó considerablemente su fuerza y empujó la nave con ligereza, lanzándola a la boca del estrecho, cuando ya la noche se echaba encima. En este estrecho el mar se reduce tanto, que (la distancia) entre la tierra firme italiana y la costa de la isla de Sicilia es de seis, y en el punto más estrecho de tres millas. El mar en este estrecho se precipita en furiosa corriente parecida a la de la inundación de Al-Arim y hierve como una caldera puesta (sobre el fuego), a causa de su gran estrechez y de la presión de las aguas. El paso, pues, por este estrecho resulta asaz difícil para las embarcaciones. Continuaba la nuestra su derrotero, azotada reciamente por el viento meridional, entre la tierra firme italiana a la derecha y la costa de Sicilia a la izquierda, cuando hacia la medianoche del domingo, tercer día del mes bendito, llegado que hubimos a la altura de la ciudad de Mesina de la mencionada isla, oyéronse de improviso los gritos de los marineros; pues la fuerza del viento nos conducía a una de las dos costas, y la embarcación iba a quedar en seco. Mandó al punto el piloto retirar velas; mas no se pudo bajar la del árbol llamado ardimum (mesana): se puso en ello el mayor esfuerzo, pero no pudieron lograrlo por la fuerza con que soplaba el viento. Viendo que los marineros no podían, púsose el piloto a cortarla con un cuchillo, haciéndola pedazos, empeñado en conseguir su intento. Mas en estas andanzas el barco dio en tierra con la quilla, y asimismo con sus dos timones, que son como las dos piernas, con los cuales se dirigen las naves.

»Entonces se promovió en la embarcación una gritería espantosa: se aproximaba la gran catástrofe, la avería que no podíamos reparar y el duro golpe contra el cual de nada servía el valor, la paciencia. Los cristianos se agitaban desesperadamente (lit. golpeándose la cara), mientras que los musulmanes se resignaban tranquilos al decreto de su Dios; pero no encontraban sino la cuerda de la esperanza (en una vida futura) para asirse a ella y ampararse de ella. Ya el viento y las olas atacaban el flanco de la nave, hasta el punto de hacer astillas un timón. Entonces el piloto echó una de las áncoras que tenía, confiando gobernarse con ella; pero no sirviéndole de nada, cortó el cable que la sujetaba y la abandonó en el mar. Persuadidos de que (la hora) había llegado, nos levantamos, preparamos nuestros ánimos (lit. pechos) para la muerte, fijamos nuestra mente en afrontarla con valor, y permanecimos esperando el amanecer o nuestra última hora. Entretanto los niños y las mujeres de los Rum levantaban gritos cada vez más estrepitosos en demanda de socorro; faltaba ya en todos éstos la resignación a la voluntad divina, y el asno silvestre o búfalo había perdido ya su impetuosidad. Mas nosotros estábamos viendo desde allí tan cercana la costa que vacilábamos si echarnos a nadar para llegar a ella, o esperar, pues acaso pudiera venir de Dios la salvación al despertar el día, y así habíamos fortalecido los ánimos. (Por otra parte) los marineros habían acercado a la nave la barcaza para sacar de ella lo más importante, sus hombres, mujeres y provisiones. Empujáronla hacia la costa una vez; pero ya luego no lograron que volviera a la nave, pues el oleaje la estrelló contra los bordes de la costa. Entonces sí que pareció perdida toda esperanza de salvar (nuestras) vidas. Sin embargo, tras la ansiedad de tantos peligros amaneció la aurora, y vino de Dios el auxilio y la bonanza. ¿Es o no cierto? (nos decíamos), viéndonos enfrente, a menos de media milla la ciudad de Mesina, de la cual (al anochecer) estábamos tan lejos. Admiramos entonces el poder del sumo Dios y cómo sabe realizar sus designios...

»Después que ya el sol se hubo elevado sobre el horizonte, vinieron en nuestro auxilio algunas barquichuelas; cundió por la ciudad el grito de nuestro peligro, y el rey de Sicilia, Guillermo (Segundo), salió en persona acompañado de muchos de sus cortesanos a adquirir noticias sobre aquel suceso (desastroso). Queríamos bajar apresuradamente a los botes; pero la furia de las olas no les permitía aproximarse a la embarcación, siendo el desembarco (lit. nuestra bajada a los botes) lo que puso el sello a tanto terror, pudiendo considerarse nuestro salvamento como el caso de Abu Nakr cuando se libró del destino. Perdióse alguna ropa (provisiones), pero la gente de a bordo diose por satisfecha de esta pérdida con haber salvado sus personas.

»Uno de los rasgos admirables de que se nos informó en esta ocasión es que el rey rumí antes citado vio que los musulmanes pobres esperaban desde la nave, no teniendo recursos con que efectuar el desembarco, pues los dueños de las lanchas habían elevado desmesuradamente los precios para transportar a la gente, sabiendo que se trataba de salvarles la vida, y cuando se hubo enterado de ello, mandóles cien rubai de su moneda, a fin de que con aquel socorro pudiesen desembarcar, salvándose todos los musulmanes, sin (recibir siquiera) un saludo. Ellos dijeron: Loor a Dios, Señor de los mundos. Los cristianos sacaron de la nave todo lo que tenían en ella, y al segundo día el oleaje la hizo trizas, lanzándola en pedazos a la orilla. ¡Singular espectáculo, para los que lo contemplaron y milagro para los que reflexionan sobre él! Cosa maravillosa (en verdad) nos parece habernos salvado del naufragio, por lo cual repetimos nuestra gratitud al sumo Dios, por el favor que nos concedió por su benigna obra y graciosa voluntad, y también por habernos librado del otro peligro que a este accidente se hubiese seguido en el continente o en cualquiera otra isla habitada por los Rum, pues de habernos salvado, hubiésemos sido reducidos a perpetua esclavitud. ¡Que Dios, el sumo Dios nos ayude a darle gracias por este (nuevo acto) de su bondad y munificencia!»

Fragmento de una copia moderna de la Tabula Rogeriana. El norte, en la parte inferior.

viernes, 29 de julio de 2016

José García Mercadal, España vista por los extranjeros

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El hispanista italiano Arturo Farinelli, en su exhaustivo Viajes por España y Portugal desde la Edad Media hasta el siglo XX, divagaciones bibliográficas, publicado en Madrid por el Centro de estudios históricos, de la Junta para ampliación de estudios, en 1920, menciona así la obra que nos ocupa: «Tarde, ya impresas estas hojas, ha llegado a mis manos la reciente obra de J. García Mercadal, España vista por los extranjeros, tomos I y II, Madrid, 1918-19, que considera con particular cuidado los libros de viajes. Y tarde también he podido leer la segunda edición del libro de J. Juderías, La leyenda negra. Estudios acerca del concepto de España en el extranjero, Madrid, 1917.» Aunque sea una simple nota a pie de página (a la que acompaña alguna otra referencia), puede servir para ilustrar el alto nivel que alcanzan los historiadores no académicos en la primera mitad del siglo XX. A los dos mencionados aquí, el periodista José García Mercadal y el intérprete y traductor Julián Juderías, quizás baste con mencionar al médico Gregorio Marañón.

El zaragozano José García Mercadal (1883-1975) fue periodista (director de El Imparcial de Madrid) y editor (Babel, La Novela Mundial…), pero ante todo erudito y polígrafo prodigioso, con una asombrosa multiplicidad de intereses (y conocimientos), y una gran variedad en su obra, entre las que destacan especialmente las biográficas. La que ponemos a disposición de los lectores quizás sea la que ha mantenido mayor vigencia. En ella se ocupa de recopilar las impresiones de numerosos viajeros extranjeros por la península Ibérica, en la Edad Media, y sobre todo en el siglo XVI. Algunos de ellos ya los hemos reproducido en Clásicos de Historia, como los de Juan de Gorze, la Guía de peregrinos, o Enrique Cock. Escrita hacia 1917, a los dos tomos que aquí presentamos pronto le añadirá un tercero sobre los viajeros del siglo XVII, pero la obra seguirá creciendo en años siguientes: la edición de Aguilar de los años cincuenta, la compacta de Alianza en los setenta, todavía en vida del autor, hasta la más reciente y extensa de la Junta de Castilla y León, en seis considerables volúmenes. Publicados en 1999, se le han agregado un buen número de textos, muchos de ellos traducidos pero todavía no publicadas por el autor. Aquí vamos a reproducir la obra original; si bien más humilde (y apresurada), nos permite acercarnos a ella con la percepción de los lectores de aquellos años, quizás los de mayor efervescencia en la discusión del llamado problema de España.


viernes, 22 de julio de 2016

Platón, La república

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Julián Marías sintetiza así las ideas políticas de Platón (c. 427-347 a. C.): «La moral individual tiene una traducción casi exacta a la teoría de la constitución civil o politeía, tal como la expone en la República, y luego, en forma atenuada, de más fácil realización, en las Leyes. La ciudad se puede considerar también, a semejanza del alma, como un todo compuesto de tres partes, que corresponden a las psíquicas. Estas partes son las tres grandes clases sociales que reconoce Platón: el pueblo —compuesto de comerciantes, industriales y agricultores—, los vigilantes y los filósofos. Hay una correlación estrecha entre estas clases y las facultades del alma humana, y, por tanto, a cada uno de estos grupos sociales pertenece de modo eminente una de las virtudes. La virtud de las clases productoras es, naturalmente, la templanza; la de los vigilantes o guerreros, la fortaleza, y la de los filósofos, la sabiduría, la phrónesis o sophía. También aquí la virtud capital es la justicia, y de un modo aún más riguroso, pues consiste en el equilibrio y buena relación de los individuos entre sí y con el Estado, y de las diferentes clases entre sí y con la comunidad social. Es, pues, la justicia quien rige y determina la vida del cuerpo político, que es la ciudad. El Estado platónico es la polis griega tradicional, de pequeñas dimensiones y escasa población; Platón no llega a imaginar otro tipo de unidad política.

»Los filósofos son los arcontes o gobernantes encargados de la dirección suprema, de la legislación y de la educación de todas las clases. La función de los vigilantes es la militar: la defensa del Estado y del orden social y político establecido contra los enemigos de dentro y de fuera. La tercera clase, la productora, tiene un papel más pasivo y está sometida a las dos clases superiores, a las que tiene que sostener económicamente. Recibe de ellas, en cambio, dirección, educación y defensa. Platón establece en las dos clases superiores un régimen de comunidad no solo de bienes, sino de mujeres e hijos, que pertenecen al Estado. No existen propiedad ni familia privadas más que en la tercera clase. Las directivas no deben tener intereses particulares, para subordinarlo todo al servicio supremo de la polis.

»La educación, semejante para hombres y mujeres, es gradual, y ella es quien opera la selección de los ciudadanos y determina la clase a que habrán de pertenecer, según sus aptitudes y méritos. Los menos dotados reciben una formación elemental, e integran la clase productora; los más aptos prosiguen su educación, y una nueva selección separa los que han de quedar entre los vigilantes y los que, tras una preparación superior, ingresan en la clase de los filósofos y han de llevar, por tanto, el peso del gobierno. En la educación platónica alternan los ejercicios físicos con las disciplinas intelectuales; el papel de cada ciudadano está rigurosamente fijado según su edad. La relación entre los sexos y la generación están supeditadas al interés del Estado, que las regula de modo conveniente. En toda la concepción platónica de la polis se advierte una profunda subordinación del individuo al interés de la comunidad. La autoridad se ejerce de un modo enérgico, y la condición capital para la marcha de la vida política de la ciudad es que esta se rija por la justicia.»

Papiro Oxyrhynchus LII 3679, con un fragmento de La República.

viernes, 15 de julio de 2016

Juan de Gorze, Embajada del emperador de Alemania Otón I al califa de Córdoba Abderrahmán III

Otón I
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Francisco Javier Simonet, en su Historia de los mozárabes de España, nos enmarca el asunto de la obra que presentamos de este modo: «Por este tiempo Abderrahman III andaba en negociaciones con el emperador de Alemania, Otón I, con motivo, según parece, de los destrozos causados por los moros españoles que, anidados en Fraxinetum, sobre el golfo de Saint-Tropez, infestaban los dominios de aquel monarca, sobre todo por la parte de Italia. A consecuencia de sus reclamaciones, Abderrahman envió en 950 a Otón una embajada, a cuya cabeza iba cierto obispo mozárabe, cuyo nombre y sede ignoramos. Sólo sabemos haber muerto en la corte de Alemania durante su misión, que se dilató demasiado, porque las letras del Sultán a Otón estaban escritas en un estilo musulmán que pareció injurioso a nuestra santa religión [No es verosímil que un obispo mozárabe se pusiera a presidir una embajada portadora de semejante misiva, y es de creer que en la corte de Alemania no la interpretaron rectamente, nota de Simonet], y fueron tan mal recibidas, que los embajadores cordobeses quedaron retenidos como prisioneros por espacio de tres años. Al cabo de este tiempo, Otón resolvió enviar a Córdoba una embajada, y con ella una respuesta merecida a la carta del sultán, rechazando sobre la secta de Mahoma las ofensas inferidas en aquélla contra la religión cristiana. Esta carta fue escrita por Bruno, hermano de Otón, sabio arzobispo de Colonia, y su portador fue un monje del convento de Gorze, en la Lorena, llamado Juan, varón que fue posteriormente beatificado e incapaz de intimidarse por lo largo y peligroso del viaje ni por las iras del sultán.»

Fernando Valdés Fernández, en su De embajadas y regalos entre califas y emperadores, nos informa así (AWRAQ n.º 7. 2013): «El texto al que me refiero aquí se conserva en un manuscrito de la Biblioteca Nacional de Francia y fue publicado en español por Antonio Paz y Meliá. Su autor fue Juan, abad de San Arnoldo, que había sido fraile en Gorze, monasterio cercanos a Metz (Francia), de donde, a su vez, había sido abad Juan de Gorze. La obra, donde se recogía la biografía del personaje y su embajada a Córdoba, había comenzado a escribirse cuando aún vivía, lo que se deduce del análisis del texto, por su dictado o por el de su compañero de embajada, Garamano. Al fallecer aquél, los abades de los monasterios próximos pidieron a Juan de San Arnoldo que finalizase la biografía, que forzosamente debió estar acabada en 984, al desaparecer este personaje. El manuscrito quedó inacabado, precisamente en la narración de la embajada que nos ocupa. Juan de Gorze debió de nacer hacia el 900, miembro de una familia rica. Durante su formación había viajado a Italia y, en 934, se estableció con otros compañeros en el abandonado monasterio de Gorze. Se creó allí una pequeña comunidad, cuya intención era reformar la vida monástica en aquella región. Juan se encargó de las relaciones exteriores del monasterio. Su labor parece haber sido decisiva en la restauración y administración del cenobio y de la comunidad.»

Además de la información sobre las relaciones internacionales del siglo X, el breve texto sobre la embajada que se nos ha conservado (falta el desenlace) resulta de gran interés al mostrarnos, a través de los recuerdos, si no perspicaces sí fidedignos, de Juan de Gorze, los distintos ámbitos culturales e ideológicos sajón o andalusí por un lado, y centroeuropeo o mozárabe por otro, y la difícil comunicación entre ellos. Ya Simonet supo percibir, hace más de un siglo, la incomprensión mutua, la difícil comunicación entre sistemas referenciales diversos. Editamos el original latino y la traducción de A. Paz y Meliá (1872)

Dionisio Baixeiras, Embajada de Juan de Gorze a Abderramán-III (1885)

viernes, 8 de julio de 2016

Ramón Menéndez Pidal, Idea imperial de Carlos V

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El maestro Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), exiliado durante la guerra civil española, pronuncia en 1937 una conferencia en la Institución Hispano-Cubana de Cultura. Para acercarnos a su contenido y a su importancia, acudimos al también maestro Manuel Fernández Álvarez, que en su Carlos V, el césar y el hombre (Madrid 1999) analiza así este «precioso ensayo de Ramón Menéndez Pidal, Idea imperial de Carlos V, en el que defiende el magisterio político de los Reyes Católicos, con su carga ética sobre la tarea política».

«He aquí una vieja polémica iniciada en los años treinta y que durante mucho tiempo fue tema obligado de nuestros manuales de Historia. Todo arrancó en 1933, cuando el gran historiador alemán, Karl Brandi, publicaba su estudio en torno al influjo del canciller Gattinara sobre el Emperador: Eigenhändige Aufzeichnungen Karls V, aus dem Anfag des Jahres 1525. Der Kaiser und sein Kanzler. En él, estudiaba unos apuntes autógrafos del Emperador aparecidos en el Archivo de Viena compuestos poco antes de la victoria de Pavía. De este estudio deduce su conocida tesis: la idea imperial de Carlos V era una creación del canciller piamontés, quien supo inculcársela a su imperial señor. A su vez, Gattinara era un humanista que estaba plenamente imbuido del pensamiento político de una Monarquía universal al modo como la había soñado Dante.

»Frente a la tesis de Brandi, Menéndez Pidal sostiene que el concepto imperial no era algo inventado por el César ni por su canciller, sino noción viejísima que estaba en el ambiente de principios del siglo XVI. Para el historiador español, en lugar de la figura de Gattinara las que hay que destacar son las de Mota, Valdés y Guevara. Para él, había que subrayar cuatro documentos, cuatro jalones en el quehacer carolino que nos dan la pauta de su idearium político, que se corresponden con otras tantas expresiones públicas imperiales. Sería el primero el discurso de la Corona pronunciado por el obispo Mota ante las Cortes de La Coruña en 1520; el segundo, la declaración de fe religiosa tan solemnemente hecha por el Emperador en la Dieta de Worms de 1521, en la que se enfrenta con el luteranismo; el tercero, la reacción de la cancillería imperial frente al saco de Roma, donde aparece la figura de Alfonso de Valdés; el cuarto, el discurso citado de 1528: cuatro jalones a los que añade otro que tiene un sentido más ideológico que cronológico, que nuestro gran historiador titula el del imperio euroamericano.

»Hasta aquí, en esta visión de aquel debate sobre la idea imperial de Carlos V que tanto preocupó a los historiadores de hace medio siglo, se puede ver cómo su pregunta radical se centraba en precisar a qué personaje de la Corte cabe achacar la influencia máxima sobre Carlos V, hasta el punto de considerarle el creador del programa de la política imperial (…) Todo lo cual nos hace olvidar el sujeto principal de la cuestión; que tras esos ministros importantes y valiosísimos no se esconde un hombre de paja, sino un emperador de voluntad firmísima, que pronto destaca sobre ellos. La primera manifestación de la independencia de su criterio, de su personalísima dirección de los negocios del Estado, nos la da en 1521, ante la Dieta de Worms. Después, y a lo largo de su vida, sea con ocasión de las negociaciones de paz con su rival Francisco I en 1525 y en 1526, sea con motivo de su paso a Italia, en 1529, sea cuando ha de negociar con el Pontífice de Roma, en el histórico año de 1536, o cuando ha de enfrentarse con el protestantismo alemán por la vía de las armas, o, finalmente, cuando decide llevar a cabo su abdicación, siempre nos encontramos con el soberano, no con sus ministros.»

Y al concluir su obra, Fernández Álvarez concluye: «¿Qué es, pues, lo que destacaríamos, en este juicio final sobre Carlos V? Su comportamiento caballeresco, su respeto a la palabra dada, su sacrificio personal en pro de sus pueblos, demostrado tanto en aquel modo de vivir como el rey-soldado que como el rey-viajero. En suma, su sentido ético de la existencia, que tanto llamó la atención a Menéndez Pidal, tan por encima del comportamiento de sus brillantes rivales ―Francisco I como Enrique VIII―, y que pondría a prueba hasta el final, con su patético adiós al poder, cuando ya reconoce que le faltan las fuerzas para gobernar como él creía que un Emperador debía gobernar a su pueblo.»

A la edición de este breve ensayo, añadimos a modo de apéndice los cinco discursos de Carlos V sobre los que construye su argumentación Menéndez Pidal.

Sebastiano del Piombo, Clemente VII y Carlos V, British Museum