sábado, 22 de febrero de 2014

Pedro Antonio de Alarcón, Diario de un testigo de la Guerra de África

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En 1859 un joven periodista granadino, pero ya aclimatado a la agitada vida política de Madrid, se deja llevar por la ola de patriotismo desorbitado que inunda España, y se apresta a marchar como voluntario a la guerra contra Marruecos, a la llamada Guerra de África (a posteriori, será solamente la primera Guerra de África). Se embarcará, tomará parte en las operaciones, asistirá a las batallas de Castillejos y de Guad-el-Jelú, y entrará en Tetuán, donde editará un periódico, El Eco de Tetuán... Se llama Pedro Antonio de Alarcón, y se convertirá en uno de los grandes novelistas del siglo XIX.

El resultado de su aventura será la obra que presentamos: un largo reportaje, casi día a día, sobre la guerra, pero no sólo sobre lo que ve, sino sobre cómo la percibe o, mejor, cómo la siente. Aunque no nos encontramos ante un libros de historia, aunque predomina la crónica y lo literario sobre el análisis sereno de los acontecimientos, sin embargo su relato, además de ameno, es de gran utilidad para percibir las mentalidades, los valores dominantes en la sociedad española y occidental.

Nos encontraremos con un nacionalismo exacerbado en el que pesa determinantemente lo romántico (por más que las modas culturales estén girando hacia un realismo de mesa camilla, un tanto garbancero); un liberalismo que tiende a arrinconar sus matices más republicanos y extremistas («¿la guerra me ha hecho neocatólico?», se preguntará un poco irónica y retóricamente el autor); un imperialismo idealizado que manifiesta el complejo de superioridad de los europeos de ambos continentes; y su correlato, un racismo todavía no elaborado, con sus ribetes paternalistas y benevolentes, pero que ya reparte patentes y marchamos definitorios a los distintos grupos humanos...


miércoles, 19 de febrero de 2014

Motolinia, Historia de los indios de la Nueva España

Jesús Sandonis, Retrato imaginario de Motolinía
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En 1524 fray Toribio de Benavente llegó a la Nueva España, México, formando parte de un grupo de doce franciscanos destinado a la predicación en las tierras recién conquistadas. Al pasar por Tlaxcala (los aliados de Hernán Cortés) escuchó que sus habitantes les aplicaban el término Motolinía, (pobrecitos) al observar lo raído de sus hábitos y lo austero de su comportamiento. A fray Toribio le gustó la denominación, que pasó a utilizar desde entonces a lo largo de los cuarenta y cinco años que vivirá en América.

Se convertirá en un extremado defensor de los derechos de los llamados indios, se interesará con auténtica curiosidad renacentista por su historia, costumbres y rituales, e inevitablemente chocará a veces con las autoridades españolas (lo que en una ocasión le hará buscar refugio en la zona de Puebla, con nombre supuesto). Aunque condena con dureza los abusos de los españoles, se enfrentará a la actitud maximalista de dominico Bartolomé de las Casas, que considera excesivamente maniquea. En una famosa carta que dirige al emperador Carlos V se permitirá lanzar algunos dardos contra el Protector Universal de Todos los Indios, al que poco menos que acusa de hipocresía en lo referente a su excesivo rigor contra los españoles.

Motolinía escribió mucho, y aunque a veces expresa que lo hace por obligación, por mandato de sus superiores, se puede observar que disfruta haciéndolo: gusta de narrar, de acercar al lector a ese mundo nuevo tan diferente. Muestra un auténtico interés por sus diferentes culturas y por sus tradiciones, desentraña sus calendarios, sus libros jeroglíficos, su organización. Y lo describe todo, en buena medida, con una visión propia del etnógrafo, incluso cuando condena lo que considera barbarie inhumana, como los sacrificios humanos.

Se identifica con los naturales, a los que continuamente alaba: «Estos indios naturales (tienen) grande ingenio y habilidad para aprender todas las ciencias, artes y oficios que les han enseñado, porque con todos han salido en tan breve tiempo, que en viendo los oficios que en Castilla están muchos años en deprender, acá en sólo mirarlos y verlos hacer, han muchos quedado maestros. Tienen el entendimiento vivo, recogido y sosegado, no orgulloso ni derramado como otras naciones.» Y denuncia las diez plagas que les han herido (epidemias de viruela y sarampión, la propia guerra de conquista, la hambruna posterior a ella, las encomiendas, la enorme presión de los tributos, las minas de oro, la edificación de Ciudad de México, la generalización de la esclavitud, las luchas civiles entre españoles). Pero considera también los beneficios que ha traído a las poblaciones la conquista, comenzando por la cristianización. Por ello resulta de gran interés como descripción del proceso de aculturación que se acababa de iniciar.

Codex Cihuacoatl (París)

martes, 18 de febrero de 2014

Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso

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Siglo V a. C. Tras lograr mantener su independencia frente al desmesurado Imperio Persa, las polis griegas se desangran combatiendo entre sí. Ahora se disputan la hegemonía dos sistemas políticos: la oligarquía militarista espartana y la democracia imperialista ateniense. En el 424 a. C. Tucídides es nombrado estratego de Atenas; pero fracasa en el mando que se le encomienda y es condenado al exilio. Desde Tracia seguirá atentamente los acontecimientos y elaborará su gran obra, la Historia de la Guerra del Peloponeso.

Tucídides quiere continuar a Heródoto, pero incorpora una serie de novedades que van a configurar definitivamente a la Historia como una ciencia rigurosa: En primer lugar se limita conscientemente al plano humano, en sintonía con el humanismo platónico. Si en ocasiones intervienen los dioses en los acontecimientos, son meros accidentes, al mismo nivel que un rayo o un incendio fortuito. En segundo lugar, la Historia debe ser crítica, y debe verificar la veracidad de los acontecimientos (lo que le permite ciertas alusiones a la que considera excesiva credulidad de Heródoto). Y como consecuencia de lo anterior, el historiador debe ocuparse de asuntos contemporáneos, los únicos de los que podrá contrastar sus informaciones. Naturalmente esta búsqueda de la objetividad le conducirá a rechazar cualquier partidismo a la hora de indagar las causas de los acontecimientos.

Pero la Historia es cíclica, y se enmarca en un orden repetitivo que debe ser conocido. Realiza, por tanto, el primer intento de establecer una división en edades puramente racional, lejos ya de las míticas edades descritas por Hesíodo (oro, plata, bronce y hierro). Es la conocida Arqueología, contenida en el libro I: a una edad primitiva caracterizada por continuas migraciones de pueblos en constante lucha, sigue una época de héroes que crean la civilización: las polis, el comercio... Sin embargo, nuevas migraciones rompen esta estabilidad y provocan la aparición de los tiranos. Pero la invasión persa provoca la reacción y unión de los griegos, a la que sigue una nueva fase de confrontación interna, la Guerra del Peloponeso.

Pero la Historia es también una obra literaria, y lo literario es también un recurso historiográfico. Tucídides gusta de hacer hablar mediante discursos a los personajes destacados. Es consciente de la dificultad que esto supone, pero lo considera un medio valioso para acercarse al sentido de los acontecimientos. Lo expresa así en el libro I: «Y porque me sería cosa muy difícil relatar aquí todos los dichos y consejos, determinaciones, conclusiones y pareceres de todos los que hablan de esta guerra, así en general como en particular, así antes de comenzada, como después de acabada, no solamente de lo que yo he entendido de otros que lo oyeron, pero también de aquello que yo mismo oí, dejo de escribir algunos. Pero los (discursos) que relato son exactos, si no en las palabras, en el sentido.» Y este planteamiento gozará de un extraordinario éxito entre sus sucesores.

Traducción al latín por Lorenzo Valla (siglo XV). BH Ms. 392,Valencia.

Crónica Cesaraugustana

Códice Albeldense, fol. 344
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La denominada Crónica Cesaraugustana, importante para el conocimiento de la España visigótica, no es una crónica. Se reduce a una serie de escuetas anotaciones marginales referentes a acontecimientos entre 450 y 568, y que se añadieron a la Crónica del obispo Víctor de Tunnuna, y en un caso a la de Juan de Biclaro. A finales del siglo XIX, el gran medievalista alemán Theodor Mommsen las publicó, y siguiendo a otro autor anterior, las relacionó con una obra perdida del obispo Máximo de Zaragoza, de cuya existencia sólo sabemos por la referencia que hizo a ella Isidoro de Sevilla en sus Varones Ilustres, calificándola como Historiola (y que quizás utilizó para su Historia de los Godos).

Actualmente diversos historiadores rechazan este planteamiento, y sostienen que no se puede afirmar a través de estas brevísimas anotaciones su procedencia de una obra independiente. Recalcan su carácter de marginalia, y las atribuyen a manos diferentes, no necesariamente de origen zaragozano, aunque sí de la extensa Tarraconense. Además, se realizarían en distintos momentos, al mismo discurrir de los acontecimientos o al percibir lagunas u olvidos en anotaciones anteriores.

Estos escasos fragmentos mantienen su interés, a pesar de su carácter fragmentario: comienzan con la mención a la batalla de los Campos Cataláunicos, citan numerosos acontecimientos de la época (algunos sólo conocidos por esta fuente), y nos informan de diversas noticias referidas a Zaragoza: la última visita de un emperador romano, los que quizás fueron los últimos juegos circenses organizados en la ciudad, el asedio a la que la someten los francos... (Sin embargo para conocer el curioso final de este antiguo sitio deberemos buscar información en otras fuentes.)

Cancel del siglo VI en Villa Fortunatus (Fraga)

lunes, 17 de febrero de 2014

Isidoro de Sevilla, Crónica Universal

Códice 167, Einsiedeln (Suiza), s. X
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«Historia es la narración de hechos acontecidos, por la cual se conocen los sucesos que tuvieron lugar en los tiempos pasados (…). Las historias de los pueblos no dejan de proporcionar a los que las leen cosas útiles que en ellas se dijeron. Muchos sabios narraron acontecimientos de pasadas épocas, tomándolos de las historias, para enseñanza del momento presente. Y es que en la historia, remontándose hacia atrás, se resume el cálculo total de los tiempos y los años, y por la sucesión de cónsules y reyes se cae en la cuenta de muchas cosas necesarias.» (Isidoro de Sevilla, Etimologías, I, 41-43).

Isidoro, obispo de Sevilla (aprox. 556-636) es uno de los mayores intelectuales de la Antigüedad Tardía (o de la Alta Edad Media, según se prefiera). Su abundante obra resume la cultura clásica, que todavía es el marco de referencia respecto al que se posiciona, y al mismo tiempo marca las nuevas direcciones que va a tomar la civilización occidental. Y la historia no podía faltar entre sus ocupaciones. Además de las abundantes referencias contenidas en las Etimologías, redacta tres obras específicas: La Historia de los Godos (con los apéndices correspondientes a los vándalos y los suevos), los Varones Ilustres (que nos presenta el trasfondo cultural del siglo VI, con sus protagonistas hispanos, italianos, africanos, galos y griegos-orientales), y la Crónica que presentamos.

Su propósito es elaborar una síntesis personal de carácter cronológico, que relacione y ponga de acuerdo los acontecimientos procedentes de la tradición bíblica del pueblo de Israel, con la más amplia (y muy admirada) clásica y oriental. Isidoro cuenta con poderosos precedentes: además de todas las obras griegas y romanas que maneja, atiende especialmente a los pensadores cristianos que se han ocupado del pasado y han reflexionado sobre el sentido de las diferentes épocas y de los acontecimientos de su tiempo: Eusebio de Cesárea (con su Historia Eclesiástica), Agustín de Hipona (con su teoría de las seis edades), Paulo Orosio (con su visión positiva sobre los pueblos germánicos)... A ello se añade el conocimiento de las obras de historiadores posteriores, como el africano Víctor de Tunnuna, o el hispánico Idacio.

Ejemplar de las Etimologías de fines del siglo VIII (Bruselas)

sábado, 15 de febrero de 2014

Estrabón, Iberia

Crónica de Nurembaerg, f 94 r
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Estrabón nació en el s. I a C. en Amáseia, ciudad ribereña del mar Negro en la península de Anatolia, a la que nuestro autor gustaba relacionar con las antiguas amazonas. Frecuentó los círculos de estudiosos aristotélicos y estoicos, tanto en Asia Menor como en Roma. Viajó mucho: desde Armenia en el oriente hasta Cerdeña en el occidente, y desde las costas del Mar Negro por el norte hasta los límites de la Nubia y Etiopía por el sur. Pudo así reunir sus observaciones directas a un amplio conocimiento de las numerosas obras literarias que describían el presente y el pasado de la ecúmene, la totalidad de la tierra habitada conocida en la Antigüedad. El resultado fueron dos extensas obras dedicadas a la Historia (desgraciadamente perdida en su mayor parte) y a la Geografía.

Su Geographiká se compone de diecisiete libros. Los dos primeros se dedican a cuestiones generales, y a valorar las obras anteriores que se ocupan de la misma cuestión. Los restantes van describiendo sucesivamente Europa, Asia y África: suponen un recorrido completo alrededor del Mediterráneo, al que los romanos han convertido definitivamente en Mare Nostrum. Comienza por su costa norte en el lejano occidente (Iberia), hasta regresar al mismo punto, en su costa sur (Maurusía). Enumera de modo ordenado poblaciones y grupos humanos, montes, ríos y otros accidentes geográficos, vías de comunicación, producciones agrícolas, ganaderas y mineras, divisiones administrativas... Y al mismo tiempo añade observaciones que hoy oscilarían entre lo etnográfico, lo científico, lo histórico y lo puramente mitológico.

Estrabón no estuvo en Iberia (o Hispania, como también la denomina) a la que dedica el libro III, pero muestra que se documentó exhaustivamente, utilizando las obras más recientes y entonces más valoradas. Comenzando por el sur (la Bética), analiza sucesivamente las tierras de la Meseta, del norte, del Mediterráneo, del valle del Ebro y sistema Ibérico, y finalmente las islas que considera pertenecientes a la península: las Baleares, Cádiz, y las misteriosas Kassiterides, productoras de estaño.


jueves, 13 de febrero de 2014

Juan de Biclaro, Crónica

Antifonario de León, siglo XI, pero es copia de otro del s. VII
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 Juan, abad y obispo, nació en el actual Santarem (Portugal, a mediados del siglo VI, en el seno de un familia goda. Una vez abandonado el arrianismo de su gente, pasó varios años en Constantinopla, entonces la auténtica capital del Imperio Romano, dedicado al estudio. De vuelta al reino de Toledo su prestigio era ya grande. El rey Leovigildo pretende atraérselo, sin éxito, por lo que le destierra al entorno de Barcelona. Allí fundará el monasterio de Biclaro (de localización discutida), del que será abad, y más tarde será nombrado obispo de Gerona. Tras su regreso a la corte, participará del proceso de conversión al catolicismo de los romanos en el tercer concilio de Toledo, en 589, y posiblemente en otros posteriores.

La Crónica que redacta es una continuación de la que había elaborado Víctor Tununensis años atrás. Su planteamiento es simple: relaciona los principales acontecimientos acaecidos en el Imperio Bizantino (prácticamente año a año) con los propios del reino visigodo. Naturalmente, pasará un poco por alto la rebelión de Hermenegildo, al que caracteriza como tirano, y prestará más atención a la conversión encabezada por el rey Recaredo. En cualquier caso, proporciona una información clave de unos años cruciales.

Pentateuco de Tours o Ashburnham, del siglo VI, y discutida procedencia gótica.

martes, 11 de febrero de 2014

Crónica de Sampiro

Representación de Sampiro. Códice de Batres, hacia 1300
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Sampiro, monje primero y al final de su vida obispo de Astorga, ocupa importantes cargos en la corte real de León, entre otros el de notario. Vive a caballo de los siglos X y XI y en algún momento se impone la tarea de actualizar las viejas crónicas (de Alfonso III, de Albelda, las mozárabes...) que a su vez habían pretendido actualizar la prestigiosa Historia Gothorum, Wandalorum et Sueborum de Isidoro de Sevilla. Añade los reinados que se suceden desde la segunda mitad del siglo IX (el de Alfonso III) hasta fines del siglo X.

Se centra especialmente en los conflictos internos del reino, derivados de unos principios dinásticos todavía laxos y rechazados por los miembros preteridos de la familia real, y el enfrentamiento ya secular con los musulmanes del sur, que se busca presentar, en la medida de lo posible, como triunfante. Entre otros detalles interesantes se pueden citar la cura de la obesidad mórbida del rey Sancho el Craso, por la intervención de médicos musulmanes; la descripción de la campaña de Almanzor del año 987, cuando arrasa Santiago de Compostela (aunque no el sepulcro del apóstol); la opinión muy favorable sobre el rey Vermudo II (el rey al que sirve)...

Esta Crónica ha llegado a nosotros reutilizada e incluida en diversas obras posteriores del siglo XII: el llamado Corpus Pelagianum del obispo Pelayo de Oviedo, la Historia Silense (o Legionense, según se propone en la actualidad...)

Beato de Facundus,  f° 224 v

lunes, 10 de febrero de 2014

Crónica de Alfonso III

Beato de Urgel, siglo X
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En el siglo IX el reino de Asturias se ha afirmado definitivamente y se esfuerza para manifestar una imagen de estabilidad y poder. Es el otro rey de Spania, débil en comparación con el poderoso emir cordobés, pero que lleva a cabo un consciente programa organizativo, constructivo y, también, literario. Todo ello busca expresar la continuidad, el enraizamiento de la joven monarquía en la vieja monarquía gótica, recordada todavía como una época de plenitud, bien expresada en la Historia de los Godos de Isidoro de Sevilla.

Es ahora cuando se redactan tres textos de larga influencia posterior: la Crónica Albeldense, más escueta y sobria; la Crónica Profética, que sitúa en el pasado la promesa de los éxitos del presente; y la Crónica de Alfonso III, más compleja. Se atribuye su composición al rey que le da nombre, que la habría remitido a un obispo Sebastián, lo que quizás sea un mero recurso retórico. Como intermediario de los dos se cita a un presbítero Dulcidio. ¿Será el el auténtico autor? Además, se ha conservado en dos redacciones diferentes.

La conocida desde antiguo a través de diversos códices es la denominada Sebastianense. Tiene mayor calidad literaria y más referencias eruditas, y por ello se ha supuesto que corresponde a una revisión que ha corregido el estilo y ha interpolado párrafos que denotan un mayor interés por lo eclesiástico. Su autor pudo ser el citado obispo Sebastián, sobrino del rey. La otra versión (más bárbara la denomina un ilustre historiador) sólo se encuentra en el Códice Rotense, procedente de Roda de Isábena. Algunos defienden que la autoría corresponde del propio rey y, en ese sentido, constituiría la primera versión de la obra.

Crónica de Alfonso III, Códice de Roda, f 178 r

Bartolomé de Las Casas, Brevísima relación de la destrucción de las Indias

Anónimo, Retrato de Las Casas (siglo XVI)
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El 15 de agosto de 1550 se reúne en Valladolid una Junta convocada por el emperador Carlos V, al objeto de dirimir la justicia o no de la conquista de América y de los procedimientos empleados en ella. Ante un tribunal formado por juristas y teólogos, van a debatir el defensor de la causa india, el obispo de Chiapas fray Bartolomé de Las Casas, y Juan Ginés de Sepúlveda, que defiende el derecho absoluto a la conquista en razón del supuesto salvajismo de los indígenas. Los dos contrincantes argumentan y contraargumentan, pero el resultado de la controversia no está claro: no se llegó una sentencia ´definitiva.

Sin embargo, contribuyó decisivamente a la formación de un derecho de gentes (propiciado por la Escuela de Salamanca) que reconoce el carácter de persona con derechos naturales en todo ser humano. Asimismo, se establecieron las Nuevas Leyes de Indias y una moratoria a la conquista, se promovió la desaparición de las Encomiendas, que establecían una esclavitud encubierta, y se compensaron con la importación de esclavos africanos...

Éste es el confuso y contradictorio mundo en el que vivió el autor de la obra que presentamos. Conquistador y encomendero, sacerdote, fraile y obispo, promotor de proyectos utópicos que fracasan, se convirtió en el Protector Universal de Todos los Indios. Polemista y escritor abundante, entre sus obras destaca esta breve obra o epítome, publicada en 1552, que gozará de considerable difusión. Y no sólo en España: los forjadores de la llamada leyenda negra (franceses, ingleses, flamencos...) obtendrán de ella un sinfín de datos sanguinarios que serán proclamados por escrito y mediante grabados por toda Europa.


domingo, 9 de febrero de 2014

Crónicas mozárabes del siglo VIII

El escriba. Del Códice Albeldense (siglo X)
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Apenas tres o cuatro décadas después de la irrupción de Tarik y sus gentes en la península Ibérica, dos desconocidos mozárabes (cristianos de origen hispano-romano-visigodo...) compusieron sendas continuaciones a la prestigiosa Historia Gothorum Wandalorum et Sueborum de Isidoro de Sevilla. Constituyen, por tanto, las primeras fuentes escritas de cierta extensión sobre la conquista musulmana del reino de Toledo.

La primera, llamada Continuatio Byzantia-Arabica, o simplemente Crónica Bizantina-Arábiga, se piensa actualmente que fue concluida en 743-744 por  un funcionario al servicio de los gobernantes, que pudo disponer de fuentes diversas de procedencia oriental. Muy breve, se centra ante todo en la expansión musulmana.

La segunda, más extensa, ha recibido diversas denominaciones: Continuatio Hispana, Cronicón de Isidoro Pacense (por el nombre del supuesto autor que figura en algunos códices) o, simplemente, Crónica Mozárabe de 754. Más extensa, fue redactada posiblemente por un clérigo al que, con diferentes argumentos, se le ha hecho proceder de Toledo, de Córdoba o del sudeste peninsular. Se ocupa preferentemente de los acontecimientos hispánicos a lo largo del siglos VII y primera mitad del VIII, de los que constituye la principal fuente de información, coincidente en líneas generales con las narraciones árabes conservadas, más tardías. Además muestra un gran interés en relacionar estos hechos correctamente con los de la Romanía (como llama al Imperio Bizantino) y los del califato islámico.

Por si fuera poco, acuña la frase «la ruina de España», llamada a tener una larga vigencia en los siglos siguientes. Y la lamenta de este modo: Quis enim narrare queat tanta pericula? Quis dinumerare tam inportuna naufragia? Nam si omnia membra verterentur in linguam, omnino nequaquam Spanie ruinas, vel eius tot tantaque mala dicere poterit humana natura. (¿Quién será capaz de referir tantos peligros? ¿Quién de enumerar tan terribles desastres? Pues si todos los miembros se convirtiesen en lenguas, aún así jamás pudiera hombre alguno publicar la ruina y los males tan grandes y sin cuento que afligieron a España.)

Leer es conversar. Del Códice Albeldense

lunes, 3 de febrero de 2014

Crónica Albeldense


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En el año 976 el escriba Vigila, su compañero Sarracino y su discípulo García, finalizan el llamado Códice Albeldense o Vigilano, para el Monasterio de San Martín de Albelda (Rioja). Es un gran volumen, de 429 folios de gran tamaño (455 por 325 mm.) con numerosas miniaturas de gran calidad, de mucho interés desde el punto de vista artístico. Su contenido es fundamentalmente jurídico, ya que presenta una completa colección de actas de concilios, decretales, el Liber Iudiciorum... Es decir, el derecho eclesiástico y civil vigente en la época. Pero sus confeccionadores añaden otras obras de carácter histórico, litúrgico y un calendario, quizás como un prontuario con carácter auxiliar. Entre estas últimas obras destaca la que presentamos.

La Crónica o Cronicón Albeldense sigue las pautas del género, basado principalmente en determinar cuidadosamente la cronología de la historia, en función de un exhaustivo (en la medida de lo posible) repertorio de reyes y gobernantes. El anónimo autor, tras una breve introducción sobre la geografía del mundo y de España, repasa los sucesivos príncipes de los romanos, de los visigodos, de los asturianos, y de los musulmanes. Naturalmente, estas listas proceden en buena medida de otras listas anteriores a las que su confeccionador ha podido acceder, lo que le da su aspecto de collage (y prueba lo antiguo y venerable de las técnicas de copy-paste...).

Su importancia radica en dos aspectos:  recoge información sobre las etapas finales del reino de Toledo y las iniciales del reino ovetense (cuando todavía está apenas constituido) y, sobre todo, impulsa el desarrollo del neogoticismo: el mito de la continuidad entre el reino visigodo y el reducido reino de Asturias; se siente (más que se razona) que a la pérdida de España seguirá, con toda seguridad, su restauración. Es más, nuestra Crónica recupera y aplica una profecía de Ezequiel, para justificar la proximidad de la victoria definitiva sobre los musulmanes.


domingo, 2 de febrero de 2014

Genealogías pirenaicas del Códice de Roda


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El Códice Rotense es un grueso volumen procedente de la catedral de Roda de Isábena, aunque posiblemente confeccionado en Navarra a finales del siglo X; tras muchas peripecias, actualmente está depositado en la Real Academia de la Historia. Contiene principalmente una copia de un gran clásico de la Historia: Historiarum adversum paganos libri VII, de Paulo Orosio, obra del siglo V muy influyente en la concepción de la Historia durante toda la Edad Media. Los setenta folios restantes tienen un carácter misceláneo, y algunos textos fueron agregados más tardíamente.

Pero entre los más antiguos destaca un grupo de breves obras de carácter histórico de gran valor para el conocimiento de los siglos IX y X en la península Ibérica: diversas crónicas sobre los reinos de Pamplona y de Asturias, listados de obispos, y las llamadas Genealogías pirenaicas o Genealogías y nóminas reales, que presentamos. Se reducen a una breve relación de los reyes de Pamplona, y los titulares de los condados de los Pirineos centrales, en sus dos vertientes: Aragón, Pallars, Gascuña y Tolosa, lo que aporta una información clave para un período muy escaso en otras fuentes escritas. Puesto que con frecuencia los documentos de la época se datan en referencia a los vecinos reyes francos, se añade un listado similar, pero incluyendo solamente la duración de sus reinados.

fol 192 r