miércoles, 30 de julio de 2014

Paulo Orosio, Historias contra los paganos

Paulo Orosio en el Códice de Saint-Epure
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El hispano Paulo Orosio representa el puente entre el universalismo clásico y el providencialismo cristiano. Nació quizás en Bracara Augusta, en unos años en los que Gallaecia se ve agitada por el polémico desarrollo del priscilianismo, y, a principios del siglo V, con la llegada de los suevos. Es entonces cuando, joven presbítero, Orosio marcha a África. Lo cuenta así en la obra que presentamos:«Que, en un primer momento, me vi frente a frente con los bárbaros a los que no había visto nunca, que los esquivé cuando se dirigían hostiles contra mí, que los ablandé cuando se apoderaron de mí, que les he rogado a pesar de ser infieles, que los he burlado cuando me retenían, y finalmente que he escapado de ellos, cubierto con una repentina niebla, cuando me perseguían en el mar, cuando trataban de alcanzarme con piedras y con dardos, y cuando ya incluso me alcanzaban con sus manos; cuando yo, pues, cuento todo esto, quiero que todos, al oírme, se conmuevan con lágrimas y me duelo en silencio porque los que me escuchan no lo sienten, reprochando la dureza de aquellos que no creen lo que no tuvieron que sufrir ellos» (III, 20). Su marcha precipitada permitirá su encuentro con san Agustín en Hipona (que le encomendará la redacción de esta obra) y, más tarde con san Jerónimo en Belén.

Los Historiarum adversus paganos libri VII constituyen la primera gran historia universal romano-cristiana. Tendrá una gran difusión en Europa durante la Edad Media, como muestran los dos centenares y medio de códices que han llegado a nuestros días. Además contará con versiones al anglosajón en el siglo IX, al árabe en el X, al toscano en el XIII y al aragonés en el XIV. Desde 1471 será repetidamente impresa, y traducida a las principales lenguas modernas.

El objetivo que se propone Orosio es justificar los males del presente (guerras civiles y victorias bárbaras) mediante su confrontación con los que en el pasado han caracterizado a los cuatro grandes imperios de la historia: babilónico (que perdura en el Persa), macedónico, cartaginés y romano. En todos ellos observa calamidades y desastres muy superiores a los de su presente. Así compara la ocupación de Roma por los celtas en el 390 a. C. con la reciente de los godos comandados por Alarico: «En verdad que estos dos saqueos son paralelos y se pueden comparar entre sí: aquel se ensañó con Roma durante seis meses; éste ha durado tres días; los galos, tras aniquilar al pueblo y destruir la ciudad, persiguieron incluso el propio nombre de Roma quemándola hasta el final; los godos, tras abandonar sus intenciones de botín, han conducido a sus hordas, sin que éstas se dieran cuenta, al refugio de la salvación, es decir, a lugares santos; en aquel caso apenas se puede encontrar un senador que escapara, incluso de los que estaban ausentes; ahora apenas se puede encontrar uno que haya muerto ni siquiera casualmente, mientras se escondía. En verdad que con razón podría asegurar, a la hora de hacer la comparación, que el número de supervivientes en aquel momento fue el mismo que el de desaparecidos ahora» (II, 19).

Siguiendo a Polibio, Orosio considera que Roma está destinada a superar los perpetuos ciclos del devenir histórico. Pero es el imperio cristiano el llamado a lograrlo, primero mediante la cristianización del imperio, después con la de los bárbaros, que, afirma, «despreciando las armas, se dedicaron a la agricultura y respetan a los romanos que quedaron allí poco menos que como aliados y amigos, de forma que ya entre ellos hay algunos ciudadanos romanos que prefieren soportar libertad con pobreza entre los bárbaros que preocupación por tributos entre los romanos» (VII, 41). Los bárbaros han renunciado, pues, a sustituir Romania por Gotia, y prefieren «buscar su gloria mediante la recuperación total y el engrandecimiento del Imperio Romano con la fuerza de los godos» (VII, 43).

Los desastres del presente han pasado a ser medios permitidos por Dios para alcanzar este espléndido objetivo y, por tanto, conducen a una visión optimista de la Historia. Y este providencialismo nos lleva a otra de las grandes aportaciones de Orosio, la crítica de la propia sociedad y cultura, y la revalorización del otro, del bárbaro, del no romano. «La misma felicidad que sintió Roma venciendo, fue infortunio para los que, fuera de Roma, fueron vencidos. ¿En cuánto, pues, ha de ser estimada esta gota de trabajada felicidad, a la que se atribuye la dicha de una sola ciudad, mientras una gran cantidad de infortunios producen la ruina de todo el mundo? Si se consideran felices aquellos tiempos porque en ellos aumentaron las riquezas de una sola ciudad, ¿por qué no se consideran más bien desafortunados porque en ellos desaparecieron poderosos reinos con lamentable pérdida de muchos y bien desarrollados pueblos?» (V, 1).

Como hemos indicado, las Historias contra los paganos tendrán un gran resonancia posterior. Sin embargo muy pronto el optimismo de Orosio se verá descalificado por los acontecimientos posteriores, tal como se recogerá en la Crónica de su paisano y contemporáneo Idacio. Menéndez Pidal lo resumirá así: «A Orosio sigue Idacio; ambos nacen en el occidente de la Península y son coetáneos (...); pero uno y otro siguen dirección inversa: Orosio redactó en su juventud una obra más personal, complemento de la obra filosófica de san Agustín; Idacio escribió, cincuenta años después, en su vejez última, una breve continuación de la Crónica de san Jerónimo; Orosio es optimista y mira a los bárbaros como providencial sostén del Imperio; Idacio escribe cuando los tiempos han empeorado y no hay lugar sino para el pesimismo» (AAVV, Historia de España III, p. VII).


Códice de Roda

lunes, 14 de julio de 2014

Historia Silense, también llamada Legionense

Alfonso VI
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La tradicionalmente llamada Historia Silensis fue redactada en latín a principios del siglo XII. Actualmente se pone en tela de juicio la conjetura que atribuía su autoría al ámbito del monasterio de Santo Domingo de Silos, en Burgos. Teniendo en cuenta las numerosas referencias que contiene sobre San Isidoro de León y el monasterio de San Benito de Sahagún, se ha propuesto denominarlo Historia Legionensis. El texto manifiesta además un orgullo por lo leonés, contrapuesto a otros territorios, y considerado heredero legítimo del reino visigodo de Toledo. Es el goticismo convencional, ya presente en los reyes de Asturias, pero que ahora, en tiempos del Emperador se consagra definitivamente.

Otra novedad importante respecto a las Crónicas anteriores. Su desconocido autor se lamenta del retroceso cultural de los siglos inmediatos, cuando «se desvaneció de raíz el estudio junto con la enseñanza». Por ello, no se limita a apuntar de forma escueta acontecimientos descarnados, ordenados de forma estrictamente cronológica, sino que que quiere crear una obra más elaborada tomando como modelos a historiadores y poetas romanos, como Salustio y Ovidio. Para darle esta mayor consistencia literaria, emplea diversidad de registros: narra, interpela al lector, describe edificios y ambientes, y también adoctrina.

Y es que el planteamiento de la obra parece dirigido a ensalzar a Alfonso VI, el conquistador de Toledo, mediante una estructura compleja (e inacabada) en la que todo parece confluir en el emperador de España «primero, porque los más nobles hechos suyos parecen dignos de recuerdo; segundo, porque [salvado] ya en el frágil tiempo todo el trascurso de su vida, resulta celebérrimo sobre todos los reyes que gobernaron católicamente la Iglesia de Cristo». Estructura desordenada o compleja: se confrontan episodios comparables pero con distinto final, como los enfrentamientos entre los hijos del rey Fernando, y los de los hijos de Vitiza con Rodrigo; se engarza la vieja crónica de Sampiro (a costa de repetir sucesos y reinados); se insiste en la labor civilizadora de los antepasados directos de Alfonso, que pacifican, ordenan y construyen; y finalmente se detiene y extiende en el reinado de Fernando, el padre de Alfonso, con el que había comenzado la obra.

Y tras este círculo (im)perfecto, nos queda fuera de la Historia el objeto manifiestado tácitamente al inicio: «las hazañas de don Alfonso, ortodoxo emperador de España, y su vida», ya sea porque el autor dejó inacabados sus trabajos, ya sea por artificio calculado.



Libro de los Testamentos de la catedral de Oviedo

domingo, 13 de julio de 2014

Francisco Javier Simonet, Historia de los mozárabes de España

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En 1897, próximo ya a la muerte, el catedrático de lengua árabe de la Universidad de Granada Francisco Javier Simonet (1829-1897) comienza a revisar las pruebas de imprenta de su gran obra Historia de los mozárabes de España. Un poco tarde: la obra había permanecido inédita desde que fue premiada por la Academia de la Historia treinta años antes, cuando el primer régimen liberal español se descompone a marchas forzadas en vísperas de la Gloriosa Revolución. En cualquier caso, será el joven Manuel Gómez-Moreno el que concluya la revisión de la edición definitiva de la obra, muy ampliada y corregida.

La historia medieval hispánica de cualquier época se había centrado en el acontecer de los reinos cristianos peninsulares, considerados como espejos de las auténticas esencias hispánicas, y continuadores de romanos y visigodos. Sin embargo, el desarrollo del arabismo desde el siglo XVIII (con la llegada de Miguel Casiri) y especialmente en el XIX (Pascual de Gayangos, Emilio Lafuente...) propicia un conocimiento más profundo de Al-Ándalus a través de los númerosos códices hispano-árabigos conservados. Pues bien, Simonet se centrará en el estudio de los cristianos sometidos de las sociedades andalusíes, recopilando y analizando de forma exhaustiva todas las fuentes arábigas y latinas a las que tiene acceso. Crea, por tanto, la obra de referencia básica sobre el tema, que todavía hoy se sigue utilizando y citando.

Aunque también criticando. Simonet es hijo de su época, y considera a los mozárabes como propia y auténticamente españoles, al igual que los conversos al Islam (que sin embargo, desde su punto de vista, traicionan su nacionalidad). En cambio los descendientes de los conquistadores árabes, yemeníes o sirios, y bereberes norteafricanos son vistos como básicamente extranjeros. Es evidente que nos encontramos en una época en la que la percepción nacional basada en la raza y la religión está en la base de muchas ciencias y creencias...

Consagrará definitivamente, además, el término mozárabe, de origen árabe pero usado por los escritores hispano-latinos («jamás hemos logrado hallarlo en ningún escritor hispano-muslímico», señala), y cuyo uso se documenta sobre todo en el Toledo posterior a la conquista de Alfonso VI. Simonet lo convierte en una categoría general y muy amplia, y lo aplica a objetos muy variados: las poblaciones cristianas sometidas (con diversidad de orígenes), sus descendientes en los reinos cristianos, y sus realizaciones culturales de todo tipo: arquitectura, literatura, arte, rituales, música... Autores posteriores analizarán la utilidad de este término, y lo matizarán considerablemente.

Representante eximio de los historiadores decimonónicos, Simonet y su Historia de los mozárabes de España no escapa a los enfrentamientos ideológicos de su siglo. Como ya hemos visto, no elude su alineamiento con los defensores de la España tradicional cristiana, tanto en la edad media como en su contemporaneidad. Y sus pronunciamientos en este sentido son constantes en numerosos caqpítulos. A pesar de ello, no omite su admiración, reconocimiento y amistad con historiadores situados en posturas contrarias, como el gran arabista holandés Reinhart Dozy, profusamente citado y encomiado a lo largo de toda la obra. Y ello no le impide discrepar tajantemente cuando lo considera oportuno, como en la exhaustiva crítica que realiza en 1879 de la traducción española de su obra cumbre, la Histoire des Musulmans d’Espagne (a cargo del krausista Federico de Castro).



Epitafio mozárabe de Ciprianus (Granada)

miércoles, 9 de julio de 2014

Anton Makarenko, Poema pedagógico

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 Dice el autor:
       —¿No lee usted literatura pedagógica? ¿Está usted hablando en serio?

        —Hace ya tres años que no la leo.
        —Pero, ¿cómo no le da vergüenza? Y, en general, ¿lee usted? 
       —En general, no leo y no me da vergüenza, téngalo en cuenta. Y me dan mucha pena los que leen literatura pedagógica.
 

Anton Makarenko (1888-1939) fue un pedagogo ruso-ucraniano que se centró con éxito en la recuperación de jóvenes delincuentes durante la época estalinista. Y nos cuenta sus experiencias, con gran viveza, en la obra que presentamos. Sus planteamientos y prácticas educativas nos pueden parecer sugestivas, atroces, admirables y totalitarias, todo ello sucesivamente o a la vez. Le admiramos en su tenacidad para propiciar el crecimiento interior de sus muchachos, su esfuerzo en desarrollar una comunidad cooperadora... Desconfiamos cuando ideologiza su labor, y la hace descansar sobre el rechazo al otro (delincuente, kulak o saboteador). Rechazamos su defensa de la violencia y de la militarización de la vida social... Pero es que el valor de esta obra trasciende a lo pedagógico: página a página cobra vida el comunismo soviético, en su amalgama de grandes proyectos, un activismo enfebrecido acompañado de una burocratización creciente, unas resistencias persistentes a la colectivización (en la producción, pero también en las mentes y comportamientos) que generan represión y militarismo, y en último término el predominio de la ideología sobre la materialidad de la vida corriente.

Unos pocos párrafos pueden mostrarnos la riqueza y ambivalencia del Poema pedagógico.

Pedagogía y técnica:
 
       ¿Por qué estudiamos en los centros de enseñanza técnica superior la resistencia de los materiales y, en cambio, no estudiamos en los institutos pedagógicos la resistencia de la personalidad cuando se la empieza a educar? Sin embargo, para nadie es un secreto que esta resistencia se produce. En fin, ignoro por qué no tenemos tampoco una sección de control que pudiera decir a los diversos chapuceros pedagógicos:
        —El 90% de su producción, amiguitos, es defectuosa. Ustedes no han hecho una personalidad comunista, sino una porquería, un borrachín, un holgazán y un codicioso. Hagan el favor de pagar de su sueldo. (...) 
       Desde las cimas de los despachos olímpicos no se disciernen los detalles y los fragmentos del trabajo. Desde allí se ve tan sólo un mar infinito de infancia sin fisonomía, y, mientras tanto, en el propio despacho se exhibe el modelo de un niño abstracto, hecho de los materiales más ligeros: ideas, papel impreso, sueños irreales. (Libro tercero, capítulo 10)

Disciplina

        En mi informe acerca de la disciplina yo me había permitido poner en duda el acierto de tesis que entonces eran reconocidas generalmente y que afirmaban que el castigo no hace más que educar esclavos, que se debía dar libre espacio al espíritu creador del niño y, sobre todo, que era preciso hacer hincapié en la auto organización y en la autodisciplina. Me permití sostener el punto de vista, para mí incuestionable, de que, mientras no existiera la colectividad con sus organismos correspondientes, mientras faltasen la tradición y los hábitos elementales de trabajo y de vida, el educador tendría derecho a la coerción, a cuyo empleo no debía renunciar. También afirmé que era imposible fundamentar toda la educación en el interés, que la educación del sentimiento del deber se hallaba frecuentemente en contradicción con el interés del niño, en particular tal como lo entendía él mismo. A mi juicio, se imponía la educación de un ser resistente y fuerte, capaz de ejecutar incluso un trabajo desagradable y fastidioso si lo requerían los intereses de la colectividad. (Libro primero, capítulo 17)

Defensa de la instrucción militar
 
       No sé por qué —probablemente por un instinto pedagógico ignoto para mí—, me aferré a la instrucción militar. (...) Después del trabajo, dedicábamos todos los días una o dos horas a esos ejercicios, en los que participaba toda la colonia. (...) A los muchachos les gustaba mucho todo esto, y pronto tuvimos fusiles de verdad, porque se nos aceptó con alegría en las filas de la instrucción militar general, ignorando artificialmente nuestro tenebroso pasado de infractores de la ley. Durante la instrucción, yo era severo e inflexible como un auténtico jefe; los muchachos aprobaban plenamente tal actitud. Así sentamos el comienzo del juego militar, que debería ser más tarde uno de los motivos fundamentales de toda nuestra vida. 
       Yo observé ante todo, la influencia positiva que ejercía el porte militar. Cambió por completo el aspecto del colono: se hizo más esbelto y más fino, dejó de recostarse en las mesas y en las paredes, podía mantenerse libre y airoso sin necesidad de soportes. Ya los nuevos colonos empezaron a distinguirse notablemente de los viejos. Hasta el propio andar de los muchachos se hizo más seguro y más flexible; ahora iban con la cabeza erguida y empezaban ya a echar al olvido su costumbre de tener siempre metidas las manos en los bolsillos. (...)
        Por aquel tiempo, precisamente, fue introducida en la colonia la regla de responder a cada orden, en señal de aquiescencia y de conformidad, con las palabras “a la orden”, contestación magnífica que se subrayaba con el amplio saludo de los pioneros. (Libro primero, capítulo 23)

¿Qué importa ser o no culpable?

        —A ti se te dirá: estás arrestado, y tú responderás: ¿Por qué? Yo no soy culpable.
        —¿Y si, efectivamente, no soy culpable?
        —¿Ves cómo no lo entiendes? Tú crees que el no ser culpable tiene una enorme importancia. Pero cuando seas colono, entonces comprenderás otra cosa... ¿cómo explicártelo?... Comprenderás que lo importante es la disciplina y que la cuestión de si eres o no culpable, no es, en realidad, un asunto de tanta importancia. (Libro tercero, capítulo 9)

sábado, 5 de julio de 2014

Anales Toledanos

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Los tres llamados Anales Toledanos son unos breves repertorios cronológicos escritos en romance, y compuestos por diversas manos a lo largo del siglo XIII, con algunos añadidos del XIV e incluso más tardíos. Aunque incorporan informaciones sobre todos los reinos peninsulares, les interesa especialmente lo relacionado con la antigua ciudad regia, por lo que parece lógico relacionar sus anónimos autores con los clérigos de la catedral. Sin embargo, los Anales II muestran un gran interés por el mundo musulmán (incluye la genealogía de Mahoma, utiliza la Era islámica...), por lo que se ha atribuido su redacción a un mudéjar o converso reciente.

En cualquier caso las noticias de mayor valor son las contemporáneas a sus autores: el acontecer de las monarquías, las grandes batallas como la de las Navas de Tolosa (con el atroz comportamiento en Toledo de los cruzados de más allá de los Pirineos...), fenómenos naturales como terremotos y eclipses, recurrentes años de malas cosechas... A pesar de lo escueto y distante de las anotaciones, en ocasiones percibimos un asomo de la vida real. Así en 1213: «En este año fizo elada en October, è en November, è December, è Janero, è Febrer, è non lovió en Marcio, ni en Abril, ni en Mayo, ni en Junio, è nunca tan mal anno fue, è non cogiemos pan ninguno».

Presentamos la edición y breve estudio (Prevención, la denomina) que realizó el agustino Enrique Flórez (1702-1773) en el siglo XVIII, en el marco de su ambicioso proyecto historiográfico, la España Sagrada, una de la cumbres de nuestra Ilustración. El acopio de fuentes, su análisis y crítica, discerniendo lo valioso de lo erróneo o simplemente falso, se venía practicando desde el Renacimiento: son ejemplares en este sentido Jerónimo Zurita o Ambrosio de Morales. Sin embargo, la España sagrada. Teatro geográphico-histórico de la Iglesia de España supone una auténtica innovación, en su esfuerzo por recoger y publicar toda la información de histórica de que se dispone: atiende a la geografía, a la cronología, a la numismática... Los casi treinta volúmenes que publicará, más los elaborados por sus continuadores (especialmente el padre Risco) constituyen una auténtica enciclopedia historiográfica hispánica.