martes, 30 de diciembre de 2014

Enrich Prat de la Riba, La nacionalidad catalana

Del retrato de Ramón Casas
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El patriotismo, el amor a la tierra en la que se ha nacido y al pueblo del que se forma parte, es una constante de la historia de la Humanidad, y tiñe en mayor o menor medida las obras de los historiadores de cualquier época o lugar. Lo hemos visto en en los antiguos griegos y romanos, por más que algunos se propongan elaborar sus libros sine ira et studio. Está presenta en el Laus Spaniae de san Isidoro, el lamento por su ruina en la Crónica de 754... y por su pérdida en la Albeldense... Y así hasta la construcción de los primeros estados modernos (monarquías compuestas pero que se quieren nacionales); ejemplo de ello es la espléndida Historia de Juan de Mariana, que descubre españoles desde los tiempos míticos Túbal... En cualquier caso, las nacionales son unas identidades más, a veces múltiples (locales, regionales, nacionales), que coexisten en el individuo junto a otras identidades religiosas, sociales, políticas y culturales.

Pero en el siglo XIX, la cosa cambia: a partir del patriotismo tradicional y de nuevas corrientes idealistas y románticas cristaliza una nueva concepción de la nación, a la que ahora se percibe como una realidad externa, totalizadora y preexistente (cuando no eterna) a los individuos que la componen. Es una concepción orgánica que Renan, en sus Diálogos filosóficos, describía así: «Las naciones, como Francia, Alemania, Inglaterra..., actúan como personas que tienen carácter, espíritu, intereses determinados; se puede razonar acerca de ellas como de una persona; tienen, como los seres vivos, un instinto secreto, un sentimiento de su esencia y de su conservación, al punto que, independientemente de la reflexión de los políticos, una nación, una ciudad, pueden compararse a los animales, tan ingeniosos y profundos cuando se trata de salvar su ser y de asegurar la perpetuidad de su especie.» Es el origen de una nueva ideología, el nacionalismo, que hace predominar la identidad nacional sobre cualquier otra, que impone la supeditación del individuo a la nación, hasta el sacrificio de la propia vida, que se esfuerza por nacionalizar a las sociedades, y que va a superponerse por igual a todas las contradictorias propuestas políticas de la época: tradicionalismos y legitismos, liberalismos varios y radicalismos, e incluso y paradójicamente, en los internacionalismos obreristas (como se comprobará ya en el siglo XX).

Enrich Prat de la Riba (1870-1917) es un excelente ejemplo de ello. Abogado y periodista, es uno de los responsables de la transformación del catalanismo en un movimiento nacionalista, de lo que es representativa la conferencia que el autor pronunció en 1897 en lo que podemos considerar su puesta de largo, en el Ateneo de Barcelona y que se incluye en la parte central de este libro, publicado en 1906. Ya entonces se ha convertido en un influyente político, en vísperas de presidir la Diputación provincial de Barcelona y, más tarde, la Mancomunidad Catalana. La nacionalidad catalana, a pesar de su carácter meramente propagandístico (o quizás por ello) resulta una excelente muestra de los planteamientos nacionalistas, y de su plasmación concreta en Cataluña. Los presupuestos (para el autor, indiscutibles) y las interpretaciones de los hechos sociales e históricos sobre los que se basa, los argumentos en que se apoya, las propuestas que plantea, describen perfectamente una creencia (en el mejor sentido de la palabra) todavía hoy viva y actuante. Veamos algunos ejemplos:

«El Estado es una entidad artificial, que hace y deshace a voluntad de los hombres, mientras que la patria es una comunidad natural, necesaria, anterior y superior a la voluntad de los hombres, que no pueden deshacerla ni modificarla.» «El pueblo es, por tanto, un principio espiritual, una unidad fundamental de los espíritus, un tipo de ambiente moral que se apodera de los hombres y les penetra y les modela y les trabaja desde que nacen hasta que mueren. Poned bajo la acción del espíritu nacional a gente extraña, gentes de otras naciones y razas, y veréis como suavemente, poco a poco, se van recubriendo de ligeras pero continuas capas de barniz nacional, y modifican sus maneras, sus instintos, sus aficiones, infundiendo ideas nuevas a su entendimiento y acaba por variar poco o mucho sus sentimientos. Y si, en lugar de hombres hechos, le lleváis niños recién nacidos, la asimilación será radical y perfecta.»

Pero Prat de la Riba pertenece, como todos, a su época. Su nacionalismo se convierte en los últimos capítulos de esta obra en una defensa del imperialismo. La expansión territorial, los imperios, son el resultado natural de la evolución de una nacionalidad: «Los pueblos civilizados o en vías de alcanzar por su propio esfuerzo la civilización plena, tienen derecho a desarrollarse de conformidad a sus propias tendencias, esto es, con autonomía. Los pueblos bárbaros, o los que van en sentido contrario a la civilización, han de someterse de grado o por la fuerza a la dirección y al poder de las naciones civilizadas. Las potencias cultas tienen el deber de expandirse sobre las poblaciones atrasadas. Francia impone su autoridad en Argelia, Inglaterra en Egipto, Rusia en los Kamotos, han sustituido el combate bárbaro y degradante que dominaba en aquellos pueblos, con la ley y el orden justo. La mayor ganancia ha sido para la civilización y para estas tierras desgraciadas, más que para los pueblos que han intervenido en ellas. Los que dedicaban sus versos al Mahdi contra Inglaterra, a Aguinaldo contra los americanos, o a Argel y sus piratas que combaten a Francia, son pobres de espíritu que no son capaces de percibir la elevadísima misión educadora de la humanidad que ejercitan las naciones civilizadas en estas costosas empresas.»


domingo, 28 de diciembre de 2014

John de Mandeville, Libro de las maravillas del mundo

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Nos encontramos ante otro libro de viajes, y con el mismo destino explícito que el Itinerario de Egeria: Tierra Santa. El contraste, sin embargo, no puede ser mayor, comenzando por el hecho de que nos encontramos ante la obra de un viajero de escritorio, en resumidas cuentas, de un falsario. Juan de Mandevilla, caballero inglés, nos informa sobre sus míticas experiencias durante un prolongado viaje, realizado entre 1322 y 1346, por buena parte de Asia y de África. Estuvo en todas partes, distintos soberanos le acogieron amistosamente, y aunque reconoce con humildad que no llegó a visitar el Paraíso Terrenal, nos traslada la información que le proporcionaron otros viajeros que sí lo hicieron... Junto con descripciones fidedignas de ciudades pueblos y costumbres, y argumentaciones razonadas sobre la esfericidad de la Tierra, intercala pequeñas narraciones fantásticas (como la historia de la doncella-dragón) y la enumeración de pintorescos seres (cinocéfalos, monópodos..) que en buena medida se convertirán en el mayor atractivo de la obra.

El libro se compuso posiblemente hacia mediados del siglo XIV, época de crisis en Europa, y de anuncio de una nueva etapa, el llamado otoño de la Edad Media. Su origen parece estar en la región situada entre el norte de Francia y el sur de Inglaterra, y la realizaría un personaje culto con acceso a una biblioteca rica en mapas y en libros (entre ellos el redescubierto Ptolomeo) y en contacto con auténticos viajeros. Quizás pertenezca, por tanto, a una de las recientes órdenes mendicantes dominicas o franciscanas, algunos de cuyos miembros dejaron testimonio escrito de sus viajes misioneros fuera de la Cristiandad. En cualquier, caso dispone de abundantes fuentes, de las que él mismo cita a Plinio, san Agustín y san Isidoro.

Estela Pérez Bosch escribe en este sentido: «En cuanto a las escritas, la crítica ha logrado identificar muchas de ellas. Citaremos sólo las más importantes. La información relativa a los santos lugares procede del Itinerarium de Guillermo de Boldense; para la descripción de algunas zonas de Asia se valió de la obra de Marco Polo, Odorico de Pordenone y de Carpino; del Speculum naturale de Vicente de Beauvais parecen sacadas muchas descripciones de hombres mounstruosos, que a su vez, se remontan a Solino, Plinio o San Isidoro. Otras obras que utiliza son la Leyenda áurea de Jacobo de la Vorágine o la Historia Hierosolimitanae, de Vitry (...) Pero a continuación del préstamo viene siempre la glosa; en ocasiones la fuente se somete a los mínimos cambios (...); en otras, como en la descripción del Nilo, el modelo de Bruneto Latini no impide que Mandeville se esfuerce en transmitir viva y personalísimamente las impresiones de su contemplación.»

La obra se convirtió rápidamente en un auténtico éxito, y lo siguió siendo en los siglos XV y XVI. De ello son prueba los casi trescientos manuscritos y cuarenta incunables que se conservan, en los más diversos idiomas además del latín. Señala Pérez Bosch: «El fingido viaje de Mandeville llegó a ser una obra muy apreciada y valorada como una especie de geografía al uso. Fue bienvenida tanto entre viajeros y peregrinos con afán de conocimiento práctico, como entre eruditos e intelectuales más inclinados a un conocimiento teórico del mundo. En este caso, la aventura ficcional y caballeresca no contradice la veracidad de los datos y los hechos; esto es posible gracias a la suma de lo devoto y lo científico en el marco de lo erudito y la presentación del discurso como experiencia real constatable por la tradición. Es esta capacidad para hacernos creer que su relato refleja un viaje real, repertorio de maravillas que pueden ser polémicas pero indiscutibles por su valor de cosa vivida (confesión, indignación, ponderación...) revierte en la enorme popularización la obra.»

Entre las varias ediciones castellanas, presentamos la impresa en Valencia en 1540 por Joan Navarro. Hemos modernizado la ortografía, e introducido algunos otros ligeros y escasos cambios.



martes, 23 de diciembre de 2014

Egeria, Itinerario

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«En los últimos años del siglo IV, cuando el imperio romano está a punto de derrumbarse, una mujer hispana de alta alcurnia se pone en camino para conocer y venerar los Santos Lugares, recién descubiertos por santa Helena. Atravesando la Vía Domitia llega a la capital de la pars orientis del Imperio, Constantinopla, continúa hasta Jerusalén, recorre parajes bíblicos, incluido el Sinaí y algunos lugares de Mesopotamia. Va narrando cuanto ve, con deliciosa frescura, en unas cartas dirigidas a las amigas que quedaron en la patria. Su relato, copiado por algún monje en el siglo XI, fue hallado en 1884 en una biblioteca italiana. Tras una investigación prolongada, se pudo poner nombre y rostro a esta matrona piadosa. Egeria, la primera viajera-escritora española de que tengamos noticia.» (Carlos Pascual, “Egeria, la Dama Peregrina”, Arbor CLXXX, 711-712 (Marzo-Abril 2005), 451-464 pp.

Esta breve e incompleta obra inaugura así el género de las peregrinaciones a Tierra Santa: a lo largo de los siglos numerosos viajeros pondrán por escrito sus experiencias. Las narraciones de viajes, con las más variadas finalidades eran ya antiguas: el Periplo Massaliota del s. VI a.C, incluido en Ora Marítima de Avieno; la Descripción de Grecia de Pausanias (s. II), auténtica guía turística y monumental... Sabemos de otros casos contemporáneos a la dama Egeria, con idéntico objetivo religioso, a los que seguirán muchos más. Algunos serán fidedignos, aunque otros no tanto, como el relato de Juan de Mandeville, en el siglo XIV. Y con otros destinos también religiosos, como Santiago de Compostela (Guía del Peregrino, del siglo XII), o como La Meca (De la descripción del modo de visitar el templo de Meca, de Ibn-Fath Ibn-Abi-r-Rabía).

En cuanto a la obra que nos ocupa, y a excepción de su posible origen hispánico, apenas sabemos nada. Posiblemente perteneciente a una poderosa y adinerada familia bien relacionada con autoridades de todo tipo, mantiene una jugosa (hasta cierto punto) correspondencia con sus amigas , redactada conscientemente en un latín llano y sencillo, que ha permitido a los expertos aproximarse a la lengua hablada de la época. «Lo que sí sabemos, por sus propias confesiones, es cómo era el carácter de Egeria. Piadosa, desde luego: lo primero que hace cuando llega a un lugar sagrado es leer el pasaje de la Biblia donde aparece ese lugar, y recogerse en oración. Esto nos da otra pista: era una mujer culta, que viajaba con libros, algunos de ellos en griego (lengua que conocería, al igual que hoy una persona medianamente culta se maneja en inglés). Puede que hasta se le diera bien dibujar, pues en el original de sus cartas debió de incluir esbozos de los templos y edificios visitados, como otros viajeros ilustrados de épocas posteriores. Según ella misma confiesa (ut sum satis curiosa), la curiosidad le hace viajar con los ojos bien abiertos, quiere verlo todo, pide explicaciones de todo lo que ve, e insiste en que la lleven a ver otras cosas, si no quedan muy lejos. Pero no es una turista bobalicona, ni la ciega el fervor religioso. Al contrario, cuando narra a sus amigas lo que ha visto durante la jornada, pone de por medio un cierto talante crítico, por no decir irónico. Un ejemplo elocuente es cuando cuenta que el propio obispo de Segor les ha mostrado el lugar donde supuestamente se encontraba la mujer de Lot convertida en estatua de sal, lo mismo que su perrillo; maliciosamente apostilla a sus amigas: Pero creedme, (...) cuando nosotros inspeccionamos el paraje, no vimos la estatua de sal por ninguna parte, para qué vamos a engañarnos». (Carlos Pascual, ibid.)


domingo, 21 de diciembre de 2014

Francisco Pi y Margall, La reacción y la revolución. Estudios políticos y sociales

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En la España de mediados del siglo XIX, a rebufo de las revoluciones europeas del 48, se dan a conocer los llamados demócratas. Son un grupo de políticos e intelectuales que, desde las posturas entonces consideradas más avanzadas, someten a una crítica profunda el sistema liberal vigente, caracterizado por el predominio de los moderados; pero su crítica alcanza también a los progresistas. Hacen bandera del sufragio universal masculino, de la república, y de una novedosa preocupación social por las clases populares (especialmente por las urbanas). Pues bien, la revolución de 1854 les va a conceder protagonismo en los levantamientos de diversas ciudades, y aunque pronto se desencantarán del nuevo régimen que se establece y quedarán relegados, les permitirá incrementar la propagación de sus ideales. La obra que presentamos es uno de los mejores ejemplos de ello.

El joven Francisco Pi y Margall (1824-1901) se ha movilizado en el Madrid revolucionario, ha publicado el correspondiente panfleto (incluido como apéndice en esta obra) e, incluso, ha sido brevemente detenido. Y en los meses posteriores emprenderá la composición de una completa exposición de su pensamiento político, La reacción y la revolución. Reaprovecha textos publicados con anterioridad, y elabora el primer intento serio de dotar al liberalismo radical español de una fundamentación filosófica y científica. Partiendo de Hegel (sobre todo de su metodología) y de Proudhon (del que traducirá más tarde varias obras; pero lo interpreta desde los presupuestos liberales individualistas), analiza las sociedades y su historia. Rechaza el cristianismo (al que sustituye con un panteísmo idealista de carácter ateo), la monarquía (con la necesaria alternativa de la república), el sufragio censitario (a sustituir por el universal), el estado unitario (que obstaculiza el más consecuente sistema federal).

Rechaza la interpretación convencional de muchos principios liberales, como el de la soberanía popular, insiste en la necesidad de una auténtica mejora de las condiciones sociales y económicas, y no teme proclamarse socialista y anarquista: «Abjuremos ya toda esperanza en los gobiernos. Convenzámonos de que su intervención es y ha de ser siempre perniciosa, de que hasta su protección nos es funesta. Parecidos al caballo de Atila, donde sientan el pie no crece más la hierba. Abominémoslos. Solamente la libertad puede darnos lo que ansiamos, vivificar esta tierra, abrasada por la acción gubernamental de siglos.» Y en otro lugar: «La revolución social y la política son a mis ojos una. Yo no puedo nunca separarlas.»

La crítica a fondo del régimen liberal en el que vive (tanto el previo como el posterior a la Vicalvarada), desvelando su carácter de farsa, de tergiversación de los principios liberales que supuestamente les orientan, y que son conculcados en la práctica, pueden resultarnos muy actuales. También la denuncia de la corrupción, de las decisiones tomadas por motivos exclusivamente partidistas. Asimismo la obsesión por atacar a sus vecinos ideológicos más próximos, los progresistas. Ahora bien, cuando en la segunda parte comienza a enumerar de formar exhaustiva sus propuestas políticas y de administración, es cuando nos retrotrae a la época original de la obra. Es la época en la que lo revolucionario y extremista es el desmantelamiento del estado, al que se le debe impedir inmiscuirse en la vida de los individuos y de los pueblos; en la que se rechaza la red educativa pública erigida en la década anterior; en la que se opone la libre iniciativa de los individuos, a los intentos de planificación gubernamental de obras públicas; en la que se condena la regulación administrativa de las actividades productivas y profesionales; en la que, por tanto, se aboga por la disminución de los empleados públicos, que pueden llegar a ser innecesarios y perjudiciales...

Una última observación. La reacción y la revolución muestra el convencimiento con que su joven autor defiende posiciones y planteamientos. Es una auténtica cosmovisión, en la que su aguda curiosidad intelectual le lleva a pontificar sobre cualquier aspecto de la realidad, sin dejar resquicio alguno a la duda... Quizás por ello resulta inquietante y premonitorio el leitmotiv que recorre la obra «la revolución es la paz, la reacción la guerra».

Eugenio Lucas, La Puerta del Sol durante la revolución de 1854

jueves, 11 de diciembre de 2014

Sebastián Fernández de Medrano, Breve descripción del Mundo

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Sebastián Fernández de Medrano nació en la población de Mora, en la Mancha toledana, en 1646. Soldado, participó en numerosas campañas en Italia y en los Países Bajos. Pero su prestigio como ingeniero militar, artillero, matemático y geógrafo, le condujo a una trayectoria profesional académica.

«Las obras de este tratadista militar deben considerarse como libros de texto de los alumnos que frecuentaban la Academia Militar, sita en Bruselas, en la que Sebastián Fernández de Medrano era profesor de matemáticas, un cargo para el que había sido propuesto por el duque de Villahermosa, capitán general de los Estados de Flandes, hacia 1676. Años después, en 1692, es nombrado por el gobernador general, José Fernando, Elector de Baviera, director de la Academia Real y Militar del Exército de los Países Bajos. La falta de un cuerpo cualificado, formado en fortificación, uso de artillería y morteros, con sólidos conocimientos geográficos, obligaba al ejército español a valerse de ingenieros extranjeros. La Academia, un centro de formación de cuadros del ejército español de Flandes, tenía como objetivo conseguir esa élite instruida en ingeniería militar, capaz de afrontar un sistema de guerra basado en los sitios de las plazas y en el mantenimiento de líneas atrincheradas.

»La Academia militar se crea en los Estados de Flandes en 1671. Es la más importante de las que España mantiene fuera del territorio nacional en Nápoles, Orán, Cerdeña y Milán. El gobernador general, conde de Monterrey, es quien transforma la Casa de pajes de los antiguos duques de Brabante (creada por los archiduques Alberto e Isabel Clara Eugenia en 1600) en Academia, para que la nobleza estuviese suficientemente instruida en matemáticas y fortificación. El primer director es Francisco Paran de Ceccati, anterior director de la de Besançon. El duque de Parma, nuevo gobernador general, la reorganiza en 1680.

»El éxito de la Academia, y el de Fernández de Medrano, se pueden deducir de su nota A los curiosos y aficionados lectores —inserta en la primera edición de El Ingeniero— y del memorial que, en 1699, tras treinta y cuatro años de servicios, presenta a Carlos II para que le honre con el grado de general de Artillería. En la nota, escrita en 1687, alude a que además de 700 oficiales que desta Academia han salido aprovechados, son muchos aquellos que solo por mis obras han adquirido alguna inteligencia. En el memorial asegura que la Academia ha formado en ese tiempo ingenieros militares para todas las fronteras de España y que el prestigio alcanzado es tanto, que los príncipes de la Liga y el duque de Baviera también se nutren de los alumnos de este centro. No consta que alcanzase el nombramiento pero sí que consiguió, a través de la Secretaría de Estado, cuatro mil escudos en compensación de los gastos afrontados en la edición de sus libros. Felipe V le ratifica las mercedes concedidas por el anterior monarca y le anima a que siga la labor en la Academia, de la que anualmente salen entre veinte y treinta ingenieros militares. Fernández de Medrano muere un año antes de que Bruselas caiga en poder de la Gran Alianza y la Academia Militar desaparezca en 1706.»*

La obra que presentamos es fruto del interés didáctico del autor: un vademécum geográfico del mundo, más manejable que los grandes Atlas que, como dice Medrano, «son embarazosas para usar de ellos de ordinario; lo que no tiene mi obra citada (que en sustancia contiene los dichos tomos) por ser tan manual». Y para mayor atractivo, encarga a su discípulo Manuel Pellicer y Velasco (¿quizás el futuro académico de la RAE?) que lo ponga en verso, «para que así se pudiese mejor encomendar a la memoria».

* Tomado de: http://cvc.cervantes.es/obref/fortuna/expo/historia/histo002.htm


miércoles, 3 de diciembre de 2014

Roque Barcia, La federación española

Barcia en 1856
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En ocasiones las sociedades se agitan y se obsesionan ante una calamidad o problema intrincado, y con una solución que se presenta como definitiva. Se produce un auténtico ensimismamiento, una vuelta hacia lo interior del problema que paradójicamente lo simplifica y hace perder de vista su complejidad y su propia realidad, hasta convertirlo en objeto de creencias, emociones y sentimientos. Y la misma convivencia social puede quedar amenazada... Una situación de este tipo es la que narró sarcásticamente Torrente Ballester en La saga/fuga de JB, cuando la mítica Castroforte del Baralla concluye levitando y alejándose en el aire: «Cuando se levantaron, riendo todavía, pero ya un poco serios, Castroforte parecía una nube lejana, donde quizás el Rey Artús empezase a proponer al pueblo la proclamación inmediata, definitiva, del Cantón Independiente, hasta que en el Reloj del Universo sonara la hora del regreso.»

Un buen ejemplo de todo ello es el denominado Sexenio democrático, y uno de sus protagonistas señalados fue el destacado republicano federal Roque Barcia (1821-1885), «el confuso e inseguro ideólogo Roque Barcia», en palabras de José María Jover. Reformador y revolucionario, propagandista y movilizador de un pueblo que aparentemente se le resiste; irreverente, excolmulgado y emigrado; pero al mismo tiempo fino lexicógrafo y autor de un extenso Diccionario general etimológico... Y siempre vehemente, en su estilo y en sus ideas. La obra que presentamos es del año 1869, cuando los demócratas que han apoyado el año anterior la revolución comprueban la deriva impulsada por Prim hacia el monarquismo. Los republicanos pasan a la oposición (y Barcia abandona las Cortes) y ante el previsible fracaso del régimen que se crea comienzan a proponer como solución la república federal.

Pues bien, en situaciones como ésta suelen multiplicarse los escritos, manifiestos y folletos, verdaderos termómetros de la agitación social. Generalmente su valor es circunstancial, su talante simplificador (cuando no directamente manipulador), aunque por ello mismo resultan muy útiles para el conocimiento de la época. Éste es el marco de La federación española: es un texto de combate, una proclama para ser difundida y para convencer, y no una serena reflexión de doctrina política. Ahora bien, muestra perfectamente los planteamientos dominantes entre lo que entonces constituía la extrema izquierda revolucionaria. Dejando a un lado la verbosidad típicamente decimonónica, podemos observar una coincidencia de enfoques con posturas similares de épocas posteriores, hasta nuestros días. Y ello a pesar de que algunas de las propuestas de solución no pueden ser más diversas: nacionalismo, rechazo del papel del estado (hasta de las clases pasivas de funcionarios) y de sus monopolios, iberismo en el que se incluye a Portugal...

La evolución posterior del autor ya no nos compete, a pesar de su interés. Ejemplo claro de republicano intransigente, detentará el poder en el Cantón Murciano, junto con Antonete y el general Contreras. Y sin embargo tras la caída de Cartagena manifestará su disconformidad con sus propios compañeros: «Todos mis compañeros son muy santos, muy justos, muy héroes, pero no sirven para el gobierno de una aldea. (...) Republicanos federales: no nos empeñemos, por ahora en plantear el federalismo. Es una idea que está en ciernes. (...) Sin abjurar de mis ideas, siendo lo que siempre fui, reconozco al Gobierno actual y estaré con él en la lucha contra el absolutismo».

La Flaca, nº 84 (4 oct. 1873). Detalle con Roque Barcia en Cartagena.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Alfonso de Valdés, Diálogo de las cosas acaecidas en Roma

Retrato por Cornelisz Vermeyen (Londres, National Gallery), con una miniatura de Gattinara
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Se dice que el duque de Borbón arengaba así a sus tropas, a las puertas de Roma: «Yo hallo muy ciertamente, hermanos míos, que ésta es aquella ciudad que en los tiempos pasados pronosticó un sabio astrólogo diciéndome que infaliblemente en la presa de una ciudad el mi fiero ascendente me amenazaba la muerte. Pero yo ningún cuidado tengo de morir, pues que, muriendo el cuerpo, quede de mí perpetua fama por todo el hemisferio.» (citado por Menéndez Pelayo en su Historia de los Heterodoxos). Y se cumplió el pronóstico, y se produjo el decisivo saco de Roma de 1527: el ejército del emperador humilló la Urbe, caput mundi del viejo imperio y del mundo cristiano. Muchas trayectorias variarán en consecuencia, en lo político, en lo religioso y en lo cultural...

Pues bien, Alfonso de Valdés (1490-1532), humanista como su hermano Juan, el autor del Diálogo de la lengua, escribe a su admirado Erasmo: «El día que nos anunciaron que había sido tomada y saqueada Roma por nuestros soldados, cenaron en mi casa varios amigos, de los cuales unos aprobaban el hecho, otros le execraban, y, pidiéndome mi parecer, prometí que le daría in scriptis, por ser cosa harto difícil para resuelta y decidida tan de pronto. Para cumplir esta promesa escribí mi diálogo De capta et diruta Roma en que defiendo al césar de toda culpa, haciéndola recaer en el pontífice, o más bien en sus consejeros, y mezclando muchas cosas que tomé de tus lucubraciones, oh Erasmo. Temeroso de haber ido más allá de lo justo, consulté con Luis Coronel, Sancho Carranza, Virués y otros amigos si había de publicar el libro o dejarle correr tan sólo en manos de los amigos. Ellos se inclinaban a la publicación, pero yo no quise permitirla. Sacáronse muchas copias, y en breve tiempo se extendió por España el Diálogo, con aplauso de muchos» (Ibid.)

Rafael Altamira  nos presenta a nuestro autor así: «Entre los erasmistas (españoles), distinguióse en los primeros años del reinado de Carlos I un escribiente de la cancillería llamado Alfonso de Valdés, que luego ocupó el cargo de secretario del monarca. Merced a esto, pudo favorecer y defender grandemente a Erasmo contra sus perseguidores en España y difundió los escritos del humanista alemán, incluso costeando ediciones de su peculio. El asalto y saqueo de Roma le dieron motivo para escribir un diálogo en que, además de sincerar al rey de la parte de culpa que podía corresponderle en aquel hecho, y de considerar éste como justo y natural castigo de la corrupción de la curia romana, desliza proposiciones evidentemente análogas a otras protestantes, por lo cual le consideran hoy muchos autores como uno de los primeros reformistas españoles, aunque su doctrina no es acentuada ni explícita.» (Historia de España y de la civilización española).

La finalidad de la obra es doble, política y religiosa, y siempre en defensa de objetivos reformistas para mejorar la sociedad, eliminando las lacras que la corrompen. Ahora bien, la solución que se propone es la intervención decisiva del podre temporal, del emperador: «―Vos querríais, según eso, hacer un mundo de nuevo.―Querría dejar en él lo bueno y quitar de él todo lo malo.―Tal sea mi vida. Pero no podréis salir con tan grande empresa.―Vívame a mí el Emperador don Carlos y veréis vos si saldré con ello.» Esta consideración resulta de un modernidad inquietante, signo y anuncio de los derroteros que va a seguir Occidente, y presentes aún en nuestros días...