jueves, 9 de julio de 2015

Voltaire, La filosofía de la historia

Quentin de La Tour, Voltaire
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La obra histórica del ilustrado Voltaire (1694-1778) se caracteriza, al igual que todos sus escritos, en una exhaustiva y mordaz crítica a lo recibido. Desde fecha temprana trabaja en una historia universal que acabará convirtiéndose en su monumental Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones, su alternativa al providencialismo que ha constituido el trasfondo de la interpretación cristiana de la historia desde Orosio, y que en estos tiempos cristalizará en la obra de Bossuet. Si en su conjunto han constituido una teología de la historia, Voltaire va a proponer una filosofía de la historia, una reflexión que se quiere exclusivamente apoyada en la razón y que sustituye el concepto del cumplimiento del plan divino por el de un progreso inherente a la naturaleza que conducirá a una sociedad humana perfecta. Como señala Emilio Lledó, «Este perfeccionamiento había de realizarse dentro del ámbito intramundano, cosa que, para Voltaire, no podía ser admitido por el cristianismo. El sentido del progreso, dentro de la escatología cristiana, no se abría hacia un indeterminado futuro, sino hacia un futuro íntimo y personal, independiente de la historia y el tiempo, y que alcanzaba su más absoluta plenitud, en el momento final de la vida e cada creyente. La idea de progreso tenía, pues, para Voltaire un sentido mundano y temporal opuesto a la esperanza cristiana.»

Pues bien, en 1765 publica La filosofía de la historia, a nombre de un difunto (y trasparente) abate Bazin, con pie de imprenta en Ginebra y Amsterdam. Centrado en el mundo antiguo, supone un repaso de las distintas civilizaciones orientales y clásicas, lo que le permite confrontarlas con las tradiciones judeocristiana que son de este modo rechazadas por entero. Presenta su brillantez e ingenio característicos, pero también sus limitaciones: enaltecimiento sin fisuras de un mundo grecorromano modélico que retrata como deísta, tolerante e ilustrado, y condena sin paliativos de la cultura judía, cuyos textos, además, son falsos. Los argumentos son con frecuencias muy débiles aunque ingeniosos, para así justificar sus convencimientos: la cultura egipcia debe ser más reciente (y menos interesante) que la caldea o la china; los misterios eleusinos equivalen a la masonería; en fin, los intelectuales antiguos son auténticos trasuntos de los actuales ilustrados (hasta en su elitismo)... En realidad, Voltaire se limita a sustituir la fe trascendente desde la que se quería hallar el sentido de los acontecimientos de la historia, por una nueva fe inmanente y secularizada. Pero también quiere justificarlos: no ha abandonado un planteamiento teleológico...

La obra tendrá una considerable repercusión que se traducirá en encendidas polémicas, a las que el autor responderá con su La Défense de mon oncle. Quizás por ello, Voltaire la incluirá desde 1769 en el Essai sur les Moeurs et l’Esprit des nations como su Discurso preliminar.


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