domingo, 26 de julio de 2015

Jacques Bénigne Bossuet, Discurso sobre la historia universal

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«La Ilustración es un fenómeno de minorías (...) Durante el siglo XVIII el providencialismo perdura; en vísperas de él un gran obispo francés, Jacobo Benigno Bossuet, cuyo influjo intelectual en la Corte de Luis XIV era extraordinario, había tratado de adaptar la vieja interpretación a lo que entonces se llamaba espíritu del siglo. Y su obra fue considerada ampliamente como la recta doctrina cristiana acerca de la Historia, sin reparar en las contradicciones que contenía (…)

»El Discurso sobre la Historia Universal es obra polémica. Bossuet se había dejado impresionar por los argumentos que los librepensadores esgrimían contra la Providencia de Dios —la distribución del bien y el mal en el mundo está hecha de modo injusto e irracional; la Historia demuestra que, siendo un juego de pasiones, triunfa el mal y fracasa la justicia— y trató de responderles no con el recurso a la Fe, como era la tradición agustiniana, sino con razonamientos de orden natural. Colocarse en el terreno del adversario era error, que el prelado aumentó argumentando con motivos que tenían cierto aire conservador ingenuo: la doctrina de la providencia, dijo, es la mejor barrera puesta a la inmoralidad. De hecho Bossuet se colocaba en la línea de su siglo y pretendía demostrar que en el decurso histórico —único y no doble, como en San Agustín y Santo Tomás— se hacía visible de una manera actual el dedo de Dios. Dios dirige la Historia y esta doctrina forma parte de la Revelación, de modo que no puede ser negada. Bossuet explica su pensamiento en estas palabras: “Dios no declara a diario su voluntad por medio de sus profetas respecto a los reyes o monarquías que exalta o derroca. Pero habiéndolo hecho tantas veces en estos grandes imperios a que nos hemos referido, nos enseña, por medio de estos famosos ejemplos, cómo actúa en todos los otros, haciendo saber a los dirigentes de pueblos dos verdades fundamentales: que es Él quien funda los Imperios, para darlos a quienquiera Él desee, y que conoce cómo hacerlos durar, en su propio orden y tiempo, para cumplir los designios que tiene con referencia a su pueblo”. El tono pragmático, que veces se impone por encima del interés apologético, se debe a que el Discurso fue dedicado al Delfín, hijo de Luis XIV, como parte de su educación.

»Bossuet trataba de abarcar la época que media entre la Creación del mundo —para la que propone como fechas probables el 4693 y el 4004 a. de J. C— y la fundación del Imperio de Carlomagno. La exposición es pobre en datos y se divide en tres partes. La primera trata de las siete edades del mundo, siguiendo más el modelo de Eusebio que el de San Agustín: Cristo marca el comienzo de la séptima edad, pues la Iglesia católica es eterna e inmutable. La segunda explica la victoria de la religión, en el pueblo de Israel y en el Cristianismo. La tercera es un rápido examen de los Imperios. En conjunto la obra es tan sólo una apología de la Iglesia católica.» (Luis Suárez, Grandes interpretaciones de la Historia)


sábado, 18 de julio de 2015

Apiano de Alejandría, Las guerras ibéricas

Antonino Pío
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Apiano de Alejandría (c. 95-165) ocupó importantes puestos en la administración imperial de Antonino Pío, lo que le permitió acceder a una abundante y variada documentación con la que elaborar su monumental Historia romana. Dividida en veinticuatro libros, sólo diez han llegado a nuestros días. El eje central de la obra, en torno del cual se ordena toda la información, son las guerras en las que se ha visto implicada Roma a lo largo de su historia: principalmente guerras de conquista, pero también guerras civiles. Renuncia por tanto a un método exclusivamente cronológico, y se centra en los diferentes territorios que constituyen la Romania, cada uno merecedor de un libros dedicado a su conquista: Italia (libro II, perdido en gran parte), Galia (IV, idem), Hispania (VI), Egipto (XVIII a XXI, perdidos), etc. Los grandes conflictos que podríamos considerar globales también se analizan por separado: la segunda guerra púnica (VII), las guerras civiles (XIII-XVII)...

Como señala Gómez Espelosín, Apiano «fue el autor de la historia más completa de la conquista romana que ha llegado hasta nosotros... Su obra, largamente desacreditada como una simple recopilación de fuentes perdidas cuyo exclusivo valor dependía estrechamente de la identificación de las mismas, ha logrado ya en la actualidad un cierto consenso favorable que lo sitúa dentro de una perspectiva mucho más positiva como autor independiente con sus propios objetivos historiográficos.» «La admiración de Apiano hacia Roma y su imperio era sincera pero no monolítica. A través de algunos pasajes de su obra se dejan sentir los ecos de un cierto descontento con el comportamiento romano hacia sus enemigos, ciudades que luchaban por su libertad o monarcas dotados de grandes cualidades como Perseo o Mitrídates. Alejandrino, griego y romano, las tres identidades entran a veces en contradicción y han dejado sus huellas a lo largo de su historia.» (Francisco Javier Gómez Espelosín, “Contradicciones y conflictos de identidad en Apiano”, en Gerión 2009, 27, núm. 1, pág. 231-250)

Presentamos aquí el libro VI, dedicado a la conquista de Hispania. Tras una breve presentación de la península, narra sucesivamente el inicio de la ocupación romana durante la segunda guerra púnica, y las posteriores guerras celtibéricas y lusitanas hasta la decisiva toma de Numancia (siglos II-II a. C.). Concluye con unos breves párrafos dedicados a las campañas del siglo I a. C, con una leve alusión final a las guerras cántabras augústeas. Incluimos, para completarlo, un fragmento del libro XIII (o primero de las Guerras Civiles), en el que se ocupa de la guerra sertoriana. La traducción es obra del aragonés Miguel Cortés y López (1777-1854), que la editó en Valencia en 1832. Ángel Artal Burriel lo valora del siguiente modo: «Canónigo, profesor del Seminario Tridentino de Teruel y más tarde del de Segorbe, fue geógrafo, economista destacado y diputado a Cortes en 1820 por Teruel. Liberal a todas luces, tuvo que emigrar a Marsella en 1923 para regresar a Barcelona bajo la protección del consulado francés. Senador del reino con Isabel II, nombrado obispo de Mallorca, cargo al que tuvo que renunciar, fue chantre de la catedral de Valencia. Latassa señala que escribió las siguientes obras: Diccionario estadístico y geográfico. Imp. Nacional 1836; Guerras Ibéricas; Vida de San Pablo (..); Catecismo cristiano; dos oraciones fúnebres y varios opúsculos.» (Ángel Artal Burriel, “Historias locales. Bibliografía turolense”, Xiloca, 27, 2001, pág. 231-247)

José de Madrazo, La muerte de Viriato, 1807

lunes, 13 de julio de 2015

Pedro Rodríguez Campomanes, El Periplo de Hannón ilustrado

Terracota púnica. Ibiza
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«El Periplo de Hannón pretende ser la versión griega del relato en lengua púnica que habría hecho Hannón, rey de Cartago, de su larga navegación costera por el África occidental. Se conserva en dos códices, uno del siglo IX, el Codex Palatinus (o Heidelbergensis) Graecus 398, fols. 55r-56r, y otro del siglo XIV, dependiente del anterior, el Codex Vatopedinus 655. Custodiado este último en su día en el monasterio de Βατοπεδιου del monte Atos, en 1840 fue dividido en dos partes que actualmente se encuentran en Londres (British Museum, additional Ms. 19391) y en París (Bibliothèque Nationale de Paris, suplément grec 443 A). Es el fragmento parisino el que contiene el apógrafo del Periplo de Hannón.» (Luis Gil, “Sobre el Periplo de Hannón de Campomanes”, Cuadernos de Filología Clásica: Estudios griegos e indoeuropeos, vol. 13, 2003, pp. 213-237.)

«El secular debate mantenido por la crítica en torno al significado del opúsculo anónimo que conocemos como Periplo de Hanón se halla en la actualidad en una vía muerta, incapaz de reconciliar dos posturas definitivamente antagónicas: sigue habiendo quienes creen estar ante la versión griega, más o menos fiel, del informe que –como reza en el título que le precede en el manuscrito– el sufete cartaginés Hanón depositara en el templo de Baal Moloch tras su expedición por las costas atlánticas de África en las primeras décadas del s. V a. C.; por contra, desde mediados del pasado siglo parece afianzarse aquella otra visión que insiste en primar la naturaleza esencialmente literaria de la obra, con independencia de su posible vinculación al hipotético modelo originario. Sin embargo, no todo han sido discrepancias a lo largo de ese dilatado trayecto compartido. Sin duda, el punto de encuentro más palpable entre ambas corrientes de interpretación viene marcado por la unánime defensa de la estructura bipartita del Periplo, según la cual dicha obra estaría integrada por una primera parte... en la que primaría la actividad colonizadora, a la que seguiría entonces una segunda y última... donde se rendiría cuenta de la mera exploración del tramo costero al sur de Cerne. Y, a pesar de que esta última sección parece exhibir de forma detallada y sincera los pormenores de un viaje real a lo largo de las costas tropicales del África antigua, se da por hecho, y se hace también de forma prácticamente unánime, que es ella la que acusa un mayor grado de endeudamiento literario: en efecto, el menos ambicioso de los análisis filológicos pone de manifiesto sus múltiples e indudables paralelismos con los más destacados prosistas griegos, desde Heródoto hasta los autores del bajo helenismo.» (Francisco J. González Ponce, “Veracidad documental y deuda literaria en el Periplo de Hanón, 1-8”, Mainake, XXXII (II), 2010, pp. 761-780.)

Pues bien, esta breve obra fue traducida y estudiada por el destacado abogado, político, lingüista e historiador Campomanes (1723-1802) de modo modélico que nos ilustra a la perfección el modo de hacer historia de la época. El resultado de su trabajo fue la obra Antigüedad marítima de la república de Cartago, con el periplo de su general Hannón, traducido del griego e ilustrado por don Pedro Rodríguez Campomanes, abogado de los Consejos, asesor general de los Correos y Postas de España, etc., publicada en 1756. Se compone de dos partes diferenciadas (incluso con paginación distinta: un Discurso preliminar sobre la marina, navegación, comercio y expediciones de la república de Cartago que constituye una historia general de este pueblo, y El Periplo de Hannón ilustrado, que aquí reproducimos. Constituye un análisis, palabra a palabra, del breve texto original, que presenta en griego y en castellano. Luis Gil, en el artículo antes citado señala la repercusión que tuvo en los círculos ilustrados españoles y su difusión internacional. Ahora bien, concluye:

«Valorar con criterios actuales la obra de Campomanes es injusto (...) A lo que hemos llamado ‘panpunicismo’ de sus etimologías hemos de agregar cierto acriticismo ingenuo en dar por ciertos los datos de las fuentes, como ya en su momento señaló el jesuita Sebastián Nicolau en las Observaciones sobre el «Periplo de Hannón» que presentó al director perpetuo de la Real Academia de la Historia, don Agustín de Montiano y Lugendo. Ese respeto crédulo a los textos le induce a tener por genuina carta de navegación el Periplo en la forma en que nos ha llegado, en vez de considerarlo como un relato de viajes legendario cuyo único valor testimonial es el de reflejar una determinada mentalidad y ofrecer una visión del mundo y unos conocimientos geográficos difusos con un remoto fundamento real, como muy bien dice Victor Jabouille. Ese mismo respeto le hace a Campomanes dar por buenas las cifras de relato. ¿Cómo creer que en sesenta pentecóntoros iban nada menos que 30.000 personas con el correspondiente avituallamiento? En descargo suyo digamos que en los mismos o parecidos defectos han incurrido cuantos se han esforzado por identificar con los accidentes de la topografía africana los nombres geográficos que el Periplo ofrece. Por último, frente a la actual manera de concebir el conocimiento histórico, se debe señalar el pedagogismo de sus excursos, sólo disculpable si se tiene en cuenta que el Periplo de Hannón pretende ser una especie de introducción a una historia náutica de España y que el concepto de la historia como magistra vitae y no reconstrucción verídica de los hechos pasados, exenta de toda finalidad utilitaria o moralizante, estaba en plena vigencia cuando Campomanes escribía.»


jueves, 9 de julio de 2015

Voltaire, La filosofía de la historia

Quentin de La Tour, Voltaire
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La obra histórica del ilustrado Voltaire (1694-1778) se caracteriza, al igual que todos sus escritos, en una exhaustiva y mordaz crítica a lo recibido. Desde fecha temprana trabaja en una historia universal que acabará convirtiéndose en su monumental Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones, su alternativa al providencialismo que ha constituido el trasfondo de la interpretación cristiana de la historia desde Orosio, y que en estos tiempos cristalizará en la obra de Bossuet. Si en su conjunto han constituido una teología de la historia, Voltaire va a proponer una filosofía de la historia, una reflexión que se quiere exclusivamente apoyada en la razón y que sustituye el concepto del cumplimiento del plan divino por el de un progreso inherente a la naturaleza que conducirá a una sociedad humana perfecta. Como señala Emilio Lledó, «Este perfeccionamiento había de realizarse dentro del ámbito intramundano, cosa que, para Voltaire, no podía ser admitido por el cristianismo. El sentido del progreso, dentro de la escatología cristiana, no se abría hacia un indeterminado futuro, sino hacia un futuro íntimo y personal, independiente de la historia y el tiempo, y que alcanzaba su más absoluta plenitud, en el momento final de la vida e cada creyente. La idea de progreso tenía, pues, para Voltaire un sentido mundano y temporal opuesto a la esperanza cristiana.»

Pues bien, en 1765 publica La filosofía de la historia, a nombre de un difunto (y trasparente) abate Bazin, con pie de imprenta en Ginebra y Amsterdam. Centrado en el mundo antiguo, supone un repaso de las distintas civilizaciones orientales y clásicas, lo que le permite confrontarlas con las tradiciones judeocristiana que son de este modo rechazadas por entero. Presenta su brillantez e ingenio característicos, pero también sus limitaciones: enaltecimiento sin fisuras de un mundo grecorromano modélico que retrata como deísta, tolerante e ilustrado, y condena sin paliativos de la cultura judía, cuyos textos, además, son falsos. Los argumentos son con frecuencias muy débiles aunque ingeniosos, para así justificar sus convencimientos: la cultura egipcia debe ser más reciente (y menos interesante) que la caldea o la china; los misterios eleusinos equivalen a la masonería; en fin, los intelectuales antiguos son auténticos trasuntos de los actuales ilustrados (hasta en su elitismo)... En realidad, Voltaire se limita a sustituir la fe trascendente desde la que se quería hallar el sentido de los acontecimientos de la historia, por una nueva fe inmanente y secularizada. Pero también quiere justificarlos: no ha abandonado un planteamiento teleológico...

La obra tendrá una considerable repercusión que se traducirá en encendidas polémicas, a las que el autor responderá con su La Défense de mon oncle. Quizás por ello, Voltaire la incluirá desde 1769 en el Essai sur les Moeurs et l’Esprit des nations como su Discurso preliminar.


viernes, 3 de julio de 2015

Quinto Curcio Rufo, Historia de Alejandro Magno

Ilustración de Philippe Delaby
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«Alejandro Magno es, sin duda, uno de los personajes más conocidos e influyentes del Mundo Clásico, sólo comparable con otros famosos generales y políticos como Julio César, Trajano o Augusto, aunque superándolos a todos por la magnitud de sus logros y el aura legendaria que pronto, ya desde su propio reinado, envolvió sus acciones. Se beneficia también el macedonio de contar con varios relatos de sus hazañas que estuvieron siempre entre los libros más leídos de la Antigüedad. Las fuentes coetáneas al rey, que incluían a Calístenes, Aristobolo y Ptolomeo I, entre otros, se han perdido en su mayoría y sólo se conservan las obras posteriores, a partir del siglo I a. C. De este segundo grupo de testimonios destacan cuatro autores...: Diodoro Sículo, Quinto Curcio Rufo, Plutarco y Arriano...

»No existe acuerdo entre los investigadores en relación con la datación tanto de la vida de Quinto Curcio Rufo como de su obra, la Historia de Alejandro Magno... que fue compuesta originalmente en latín. Las hipótesis más sugestivas sitúan tanto al autor como a su trabajo en el tiempo de los Julio-Claudios. Sin embargo, también se han propuesto otras fechas como los reinados de Vespasiano y el siglo II d. C., e incluso, los principados de Septimio Severo, Gordiano III o Constantino. En la actualidad la opinión más extendida equipara al redactor de la Historia de Alejandro Magno con el Curcio Rufo que fue cónsul sufecto en el año 43 d. C. La vida de este personaje resulta interesante por sus supuestos orígenes humildes. Según Tácito, algunos lo consideraban hijo de un gladiador. Tiberio lo apoyó para que entrara en el Senado y obtuviera una pretura. Tras obtener el consulado en época de Claudio, fue gobernador del África proconsular donde falleció seguramente en 53 d. C. Tácito lo describe como “…adulador servil con sus superiores, arrogante con sus inferiores e insufrible para sus iguales.” (Tácito, Anales 11, 21).

»La Historia de Alejandro Magno fue muy famosa durante la Edad Media como prueba el hecho de que se hayan conservado más de un centenar de manuscritos. Con todo, de los 10 libros que la componían en principio, se han perdido por completo los dos primeros y existen lagunas en otros. En época moderna se la consideró habitualmente una obra de lectura amena y moralizante, apta para la enseñanza. En la actualidad, sin embargo, los investigadores critican al autor por su estilo excesivamente retórico, por su prosa moral y aduladora y, en especial, por la forma en la que seleccionó y utilizó sus fuentes. En ocasiones la elección entre testimonios se realizó por sus posibilidades literarias antes que por la veracidad histórica, mientras que en otras ocasiones se suman fuentes sin discriminar muchos testimonios distintos, de manera que el resultado es poco claro e inverosímil. La visión que presenta de Alejandro es claramente laudatoria, pero también recoge noticias únicas y resulta, por ello, un trabajo imprescindible para el estudio del rey macedonio.»

Fernando Lozano Gómez en La Antigüedad en el Fondo Antiguo de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla (2011)

Reconstrución del mosaico de la Batalla de Issos, 1893