sábado, 29 de agosto de 2015

Braulio de Zaragoza, Vida de san Millán

Miniatura otoniana, siglo X.
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Braulio de Zaragoza (c. 590-651) fue obispo de esta ciudad y uno de los referentes del considerable desarrollo cultural del reino de Toledo, la convencionalmente llamada España visigoda. Las 44 cartas conservadas en su Epistolario (32 escritas por Braulio, las otras a él dirigidas) nos muestran la relación con su maestro Isidoro de Sevilla (con interesantes referencias sobre la confección de las Etimologías, y su intervención en ella), Eugenio de Toledo, su también discípulo y sucesor en la diócesis Tajón, Fructuoso de Braga, el papa Honorio, y los reyes Chindasvinto y Recesvinto… Ahora bien, «la fama de Braulio actualmente está cimentada en sus cartas; es una fama reciente y limitada al mundo de los eruditos. Durante muchos siglos fue mucho más conocido por su Vida de San Emiliano. Él mismo confiaba en que esta obra pudiera salvarle de ser castigado en el otro mundo: Hoc opus, escribe citando a Juvenco, en el prefacio de la Vida, hoc etenim forsan me subtrahet igni. En el año 574, unos diez años antes del nacimiento de Braulio, murió en la región montañosa de Castilla la Vieja, en la región de la Rioja, el santo ermitaño cuya vida nos es conocida tan sólo gracias a la biografía de Braulio.» (C. Lynch y P. Galindo. San Braulio obispo de Zaragoza (631-651). Su vida y sus obras.)

«La España visigoda es una materia histórica fascinante, pero al mismo tiempo frustrante para el historiador. Por un lado, los hispanovisigodos nos han dejado un amplio elenco documental en sus leyes y en los cánones conciliares eclesiásticos pero, por otro lado, el tipo de material narrativo y diplomático que nos ayudaría a los historiadores para comprender cómo la ley y la legislación conciliar eran puestas en práctica es muy escaso. En particular, para la España del siglo VII no abunda la evidencia documental, y precisamente esto es muy frustrante, por cuanto sí disponemos de indicios según los cuales en esa época el sistema hispanovisigodo disfrutaba de una enjundiosa situación social, cultural y religiosa. Lo que nos gustaría conocer, sobre todo, es cómo ese sistema operaba en el nivel local y cómo interactuó con las élites locales, puesto que todo ello podría contarnos, en efecto, cómo era en realidad la España visigoda. Lo que sí tenemos del siglo VII, sin embargo, es un breve elenco de textos hagiográficos, consistente en cinco obras principales. En las manos de un interrogador hábil este material puede dar respuesta al menos a alguna de nuestras preguntas sobre la naturaleza del mundo que lo produjo. A fin de comprender nuestros textos en su integridad, debemos someterlos a un análisis tanto del género cultural como del contexto histórico.» (Paul Fouracre, en el prólogo a La hagiografía visigoda. Dominio social y proyección cultural, de Santiago Castellanos.)

San Millán y sus discípulos. Marfil, siglo XI.

martes, 25 de agosto de 2015

Jerónimo de San José, Genio de la Historia

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Jerónimo Ezquerra de Rozas (1589-1669) fue un prolífico escritor carmelita cuyo nombre de religión fue Jerónimo de San José. Al estudio de su orden y de sus miembros destacados dedicó la mayor parte de sus trabajos históricos, principalmente de carácter hagiográfico. Pero entre ellas destaca su Genio de la Historia, impreso en 1651 aunque redactado años atrás: su circulación manuscrita entre los círculos intelectuales que frecuenta nos es conocida por diversas referencias epistolares, como la laudatoria de Bartolomé Leonardo de Argensola en 1628: «Haga vuestra paternidad cuenta que este discurso histórico le han hecho en Atenas y en Roma los mayores historiadores Es un interesante tratado en el que el autor reflexiona sobre las características e índole (el genio) de la Historia. La definirá como «una narración llana y verdadera de sucesos y cosas verdaderas, escrita por persona sabia, desapasionada y autorizada en orden al público y particular gobierno de la vida.»

Su concepción de la historia toma como referencia la de los clásicos grecolatinos, naturalmente desde la recuperación y reinterpretación que han elaborado los humanistas del Renacimiento. Al mismo tiempo la herramienta racional que emplea es, inevitablemente, la que le proporciona la escolástica aristotélica común en su tiempo y que aún permanecerá vigente largo tiempo. No es por tanto una obra innovadora, y para el autor la historia es ante todo una obra retórica cuyo valor depende de su forma literaria y de su utilidad práctica y pública de carácter político o moral. De ahí que Jerónimo de San José dedica mucha más reflexión y espacio a las cuestiones de estilo y a los condicionantes que se le deben exigir al historiador, que a las cuestiones metodológicas sobre el acopio de información y su crítica. Quizás ésta sea la causa de su encomio entre los historiadores antiguos a Dextro y Máximo de Zaragoza, por entonces ya rechazados por muchos como meras falsificaciones.

Y sin embargo, podemos reconocer en el Genio de la Historia algunos planteamientos que nos resultan extrañamente modernos: su insistencia en la narratividad de la historia, en la historia como relato; sus precisiones sobre los diferentes conceptos de verdad histórica (diferenciando entre lo que Juan Cruz ha llamado verdad introversiva y verdad extroversiva); su preocupación por todos los aspectos de la realidad, hasta los que pueden considerarse nimios y sin importancia (particularizar cosas menudas, dice); su actualización del sine ira et studio de Tácito: «...el grave daño que a la república y al mundo se sigue de las falsas y apasionadas historias, y el remedio que en esto se debería poner, aunque sería mejor que el mismo historiador le pusiese, deponiendo el odio juntamente con el afecto demasiado. También debería deponer el temor; y armado de una enterísima constancia, atropellar con todo vano respeto, escribiendo lisamente la verdad, y con ella lo que siendo conveniente a la república, ha de herir a los que merecieron esta nota. De ejemplos buenos y de malos se compone la historia, y no la defrauda menos el que por temor calla los unos, que el que por odio los otros.»

martes, 4 de agosto de 2015

Amiano Marcelino, Historia del Imperio Romano del 350 al 378

Juliano el Apóstata
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Amiano Marcelino (c. 332-398) señala al terminar su obra: «Esta narración, comenzada en el reinado de Nerva, concluye en la catástrofe de Valente. Viejo soldado y griego de nación, he hecho cuanto he podido por desempeñar bien mi cometido; presentando mi trabajo al menos como obra sincera, y en el que la verdad, que profeso, en ninguna parte, que yo sepa, se encuentra alterada o incompleta. Que consignen lo demás otros más jóvenes y doctos, a los que aconsejo que escriban mejor que yo y eleven el estilo.»

Por su parte, Narciso Santos Yanguas, en su artículo El pensamiento historiológico de Amiano Marcelino nos presenta así al autor y su obra: «Con Amiano Marcelino la historiografía antigua, y más concretamente la romana, produce su último gran representante; es el historiador por excelencia de la decadencia de Roma en esta época tan conflictiva del Bajo Imperio; decadencia que ya puede rastrearse, no obstante, en los historiadores de los siglos anteriores, como Tácito, aunque no de manera tan patente como en el historiador antioqueno del que nos ocupamos. (…) Amiano Marcelino, natural de Antioquía de Siria, de cultura griega por tanto, historiador de un emperador principalmente, Juliano, griego en sus gustos y deseos, escogió como medio de expresión el latín. Calificándose a sí mismo de miles quondam et Graecus, precisa el ángulo de su visión histórica. Los historiadores modernos han insistido sobre su competencia militar, pero no han logrado retener de la palabra Graecus más que la acepción étnica (...). Hemos de considerar, en efecto, que bajo tal apelativo se encuentra el antecedente griego Ἔλλην, cuyo sentido evolucionó y que en el siglo IV d. J. C. se oponía no sólo a “bárbaro”, sino también a “cristiano”.

»Inmediatamente después de concluir su carrera política, marchó a Roma, donde instaló su lugar de trabajo y encontró una buena compañía de amigos, entre quienes sobresalía la familia de los Símacos. En tal situación, resaltan su aprobación del pasado glorioso de Roma y su crítica de la situación y desprecio de las estructuras socioeconómicas y políticas e ideología contemporáneas. Pese a todo, la obra de Amiano aparece mucho más enraizada de lo que en un principio se pensaba en estos conflictos político-religiosos de fines del siglo IV, con una orientación muy cercana a los medios senatoriales paganos de tiempos de los emperadores Graciano y Teodosio. Tomando a Tácito como modelo, ya que une su obra histórica a las Historiae de dicho historiador, que a su vez son una prolongación de los Annales, la estructura de las Res Gestae amianeas se explica en parte por una toma de posición sobre la política de los emperadores a quienes estudia. De este modo, cuando, al final de su obra, emplea la citada expresión, lo que intenta expresar no son sólo sus dos principales características como escritor, sino también las dos líneas de fuerza de su doctrina y el doble programa del emperador de quien Roma tenía necesidad y de quien ha trazado el retrato ideal, Juliano (…).

»Las Historias de Amiano nos han llegado mutiladas, pues, de los 31 libros de que en principio constaban, han desaparecido los trece primeros. La obra total abarcaba un período de casi tres siglos, desde los años 96 a 378 d. J. C., es decir, desde el reinado de Nerva a la muerte del emperador Valente en Adrianópolis; pero lo que se nos ha conservado no contiene más que los sucesos acaecidos durante el cuarto de siglo que transcurre entre los años 353 al 378, es decir, a lo largo de la ultima parte del reinado del emperador Constancio II, de los de Juliano, Joviano, Valentiniano y Valente y de la primera parte del de Graciano.» Desde los primeros libros conservados «se nos presenta la estructura que será típica en los restantes, con puesta en relación de los acontecimientos interiores y exteriores, orientales y occidentales, así como excursus religiosos, moralizadores y geográficos. Con ello es, pues, llevada a sus últimas consecuencias la técnica empleada por Tácito en los Annales.»

La Batalla de Adrianópolis, por McBride