domingo, 27 de marzo de 2016

Teresa de Jesús, Libro de la Vida

Por Gregorio Fernández
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«El Libro de la Vida, cuyo manuscrito se conserva en la biblioteca del Monasterio del Escorial, es una autobiografía incompleta, escrita desde la altura de los 47 años de su protagonista, en 1562. Aún vivirá 17 años más, en los que realizará sus fundaciones, viajando por Castilla y Andalucía. Pero también se trata de una biografía incompleta porque Teresa cuenta tan sólo algunas cosas de su vida, con un criterio de selección muy estricto (…) Es evidente que se trata de una autobiografía espiritual, en la que se da más importancia a lo psicológico que a los acontecimientos externos. Teresa dedica trece capítulos de su obra a hablar de su oración porque en ella radica su verdadera aventura espiritual. Ella ha recorrido espacios del espíritu, ha vivido realidades interiores. Lo externo se convierte en secundario ante sus ojos.

»Si reflexionamos acerca de los motivos que suelen llevar a algunas personas a escribir su autobiografía o sus memorias -me refiero a obras serias, no a esas fruto del simple oportunismo económico-, veremos que pueden resumirse en el deseo de justificar la propia trayectoria vital. Suele tratarse de personas que están próximas a cerrar el arco de sus vidas, y quieren exponer sus anhelos e intenciones al juicio de los demás, o incluso, desafiando ese juicio, apelar al de la historia o al de Dios. La autobiografía de Teresa de Jesús es diferente. Ella aún no está en el declinar de su vida; tiene menos de 50 años, y le queda mucho, y quizás lo más importante, por realizar. Bien es cierto que desde un punto de vista subjetivo, al terminar el Libro de la Vida, Teresa disfrutaba de un período de cierta tranquilidad externa en el Convento de San José de Ávila, y pensaba que su «vida pública» había terminado. Por otra parte no parece tener gran interés en justificarse ante los demás. Repite que no le importa el juicio de los hombres, que quiere vivir oculta, olvidada de todos, ocupándose sólo de Dios y de las almas. Afirma que «trae el mundo bajo los pies», y nada de él le interesa; no aspira al poder, el dinero o la honra. No quiere ganar fama como escritora.

»Después de estas consideraciones negativas la pregunta que surge es: ¿por qué, pues, escribe? ¿Cuáles son las razones poderosas que mueven a Teresa a afilar la punta de su pluma de ave, a mojarla en tinta terrosa y a deslizarla veloz por el papel barato, pulcramente cosido en cuadernillos por sus hermanas? ¿Qué motivaciones le impulsan a escribir a deshora, robando tiempo al descanso, «casi hurtando el tiempo y con pena, pues me estorbo de hilar, por estar en casa pobre, y con hartas ocupaciones» (Cap. X)? De una reflexión atenta podemos deducir una triple respuesta a esta pregunta. Teresa escribe por tres razones poderosas: la primera, para dar gloria a Dios y dar a conocer «sus misericordias»; después, por obedecer a Dios y a quienes lo representan, que le mandan taxativamente que escriba; por ultimo, para hacer bien a otras almas y evitarles los sufrimientos de la soledad espiritual que ella ha sufrido. A estos tres motivos se corresponden los tres destinatarios del texto. Los confesores, en primer lugar, que serán el filtro por el que su obra llegará a esas otras personas: sus hermanas religiosas, y un pequeño círculo de almas selectas. Y de forma eminente, Dios, al que continuamente se dirige Teresa, fundiendo así la rememoración del pasado con la oración presente, en una extraordinaria manifestación de reviviscencia.»

Magdalena Velasco Kindelán, Motivaciones y destinatarios del Libro de la vida de Santa Teresa de Jesús, AISO, Actas V (1999).

Autógrafo de Tersa de Jesús

martes, 22 de marzo de 2016

Prisco de Panio, Embajada de Maximino a la corte de Atila


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Prisco de Panio (c. 410-472), también llamado Prisco de Tracia, participó en la embajada enviada por el emperador Teodosio II a la corte de Atila, caudillo de los hunos. Nos dejó un pormenorizado informe de la expedición y numerosos textos sobre este pueblo, entonces en pleno apogeo y aparentemente invencibles. Los historiadores que le sigan en el siglo VI, como Casiodoro o Jordanes, tomaran la obra de Prisco como fuente principal sobre los hunos. Susan Bock lo expresa así en su obra Los hunos, tradición e historia (Murcia 1992):

«Casi todo lo que acontece hasta la muerte de Teodosio II nos es conocido por el testimonio de Prisco, un testigo de excepción de los acontecimientos durante esta embajada y el único que nos ha dado una historia de este período. Pero su obra no ha llegado intacta sino en fragmentos y presenta algunas dificultades para los historiadores modernos. En su obra, los términos técnicos, cronologías y cifras se evitan según la moda literaria de la época, igual que su uso del término escita cuando se refiere a los hunos. Este era el nombre dado a todos los nómadas en general. No todos los escitas eran hunos. Natural de Panio, en Tracia, Rhetor et Historike,  fue la fuente principal sobre los hunos para los autores antiguos y, a pesar de que la mayor parte de su obra se ha perdido, para los historiadores posteriores. Su historia comienza en el año 434, cuando Atila y Bleda aparecen como los nuevos jefes de los hunos. El historiador godo Jordanes le cita como fuente con frecuencia y, aunque a veces no le cita, los años 430 a 474 de su Getica, quizá los más vívidamente descritos, parecen estar basados, o copiados directamente, de la Historia Bizantina de Prisco. Mommsen dice que Jordanes no dice más de Atila de lo que se puede encontrar en Prisco.

»No sabemos nada de este historiador antes de su viaje con la embajada de Maximino a la corte de Atila. Se supone que ocupó un cargo de cierta importancia en el gobierno y que entabló amistad con su superior Maximino. W. Ensslin piensa que quizá Prisco trabajaba en uno de los scrinia bajo el mando del Magister Officiorum. Lo que parece respaldar esta hipótesis, de que ostentó un cargo de alguna relevancia y que tuvo acceso a los documentos oficiales, es el gran número de detalles que narra sobre los tratados entre los hunos y el imperio. Thompson recuerda que en el imperio tardío era la práctica el incluir en las embajadas un filósofo o sofista, oradores elocuentes, y que probablemente Prisco fue invitado a tomar parte en ésta porque ya había alcanzado cierta fama como orador en la escuela sofista (…) A pesar del gran valor de su obra, Prisco, como todos los demás historiadores antiguos, ha sido duramente criticado. Se tiende a ignorar que su Historia Bizantina, fue más bien un esfuerzo literario que seguía las normas literarias de su época y no la historia de una época como nosotros la entendemos. Los principales fallos en su obra son las imprecisas descripciones geográficas, la ausencia de información militar o estratégica (quizá porque no tenía interés o conocimientos en esos campos), una falta de traducciones precisas de los títulos y cargos, y un prejuicio patriótico sobre la superioridad de todo lo romano.»

Por su parte, en su clásica Historia del Imperio Bizantino (tomo I), Alexander A. Vasiliev nos presenta así el marco histórico del texto que presentamos: «En la pars orientalis (del Imperio), Teodosio tuvo que luchar contra los salvajes hunos, quienes invadieron el territorio bizantino y llegaron, en sus devastadoras, incursiones, al pie de las murallas de Constantinopla. El emperador hubo de pagarles una importante suma y cederles territorios al sur del Danubio. Las relaciones pacíficas que se establecieron a continuación con los hunos, motivaron el envío de una embajada al gran campamento huno de Panonia. Al frente de la embajada iba Maximino. Un amigo de éste, Prisco, que le acompañó a Panonia, ha dejado una relación completa de la embajada y una descripción interesante de la corte de Atila y de los usos y costumbres de los hunos. Tal descripción es particularmente interesante en el sentido de que puede ser considerada un relato, no sólo de la vida de los hunos, sino de las costumbres de los eslavos del Danubio medio, a quienes los hunos habían sometido.»

El Banquete de Atila, por el pinto húngaro Mór Than (1870)

sábado, 12 de marzo de 2016

Luis Gonçalves da Câmara, Autobiografía de Ignacio de Loyola

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Presentamos un buen ejemplo de historia oral del siglo XVI. El autor recoge directamente del personaje la narración de su vida, con el propósito de documentarla fielmente para la institución a la que ambos pertenecen. Transcribirá casi toda ella en castellano, excepto una parte que lo hace en italiano, en función del amanuense de que puede disponer. Y las copias circularán manuscritas rápidamente, dando lugar a una auténtica memoria histórica. Aunque comúnmente es denominada Autobiografía (y en algunas ediciones se ha sustituido la tercera persona por la primera), parece conveniente no obviar la presencia constante en el texto del memorialista Gonçalves, que aun respetando la esencia de lo comunicado, naturalmente lo filtra desde su propia percepción de Ignacio de Loyola. La conservación y transmisión del texto, además, dentro de la propia orden (no se editará hasta 1904), no excluye la posibilidad de otros filtros menores.

J. Ignacio Tellechea Idígoras, en su Ignacio de Loyola. Solo y a pie, abunda así en este aspecto: «Increíble, por no decir sospechosamente, no se conservan los papeles originales de Câmara, aunque sí muchas copias y la versión latina muy temprana del texto destinado a manos de la ya internacional Compañía. ¿Cómo explicar la desaparición de semejante reliquia, tan codiciada y tan laboriosamente alcanzada? En el texto actual se liquidan en dos líneas las travesuras de mancebo, tan clara, distinta y circunstancialmente contadas por Ignacio. Nos consta que las refirió. ¿Las puso por escrito Câmara? ¿Fue respetuoso con la sinceridad del hombre o le venció el respeto al santo? En cualquier caso es lamentablemente sobrio en el inicio del relato que actualmente poseemos, cuya primera copia es la llamada de Nadal, hombre excesivamente empeñado en teologizar sobre los episodios edificantes de Loyola y en convertirlos en espejo de la Compañía recién nacida. Con ello perdemos contacto con el hombre Ignacio, más proclive a contar sus flaquezas que sus carismas.»

En cualquier caso, nos encontramos con una voz viva y directa que nos llega desde el abigarrado mundo del humanismo y reformismo renacentista.

Luis Gonçalves da Câmara nació hacia el año 1519 en la isla portuguesa de Madeira, de la que era gobernador su padre. Estudió en París, donde obtuvo el grado de Maestro en Artes, y entró en contacto con los compañeros de Ignacio de Loyola. Más tarde regresa a Portugal, donde estudia Teología en Coimbra, e ingresa en la Compañía de Jesús. Su vida transcurrirá desde entonces en su país, salvo breves estancias en Valencia, Tetuán, entre 1553 y 1555 en Roma (cuando redactará el texto que presentamos), y otra vez en 1558-59. Su regreso definitivo a Portugal se produjo al serle encargada la educación del niño rey Sebastián, lo que sumerge en la brillante corte lisboeta y en el ámbito de los conflictos entre la abuela y el tío del monarca, los dos sucesivos regentes. Gonçalves morirá en 1575; su antiguo discípulo el joven rey Sebastián (cuenta apenas 20 años), expresará la pena por su muerte, ignorando que apenas le sobrevivirá otros tres...


viernes, 4 de marzo de 2016

Lucas Mallada, Los males de la patria y la futura revolución española

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Lucas Mallada y Pueyo (1841-1921) fue ingeniero, geólogo y uno de los padres de la paleontología española. Y también, como otros científicos, juristas y literatos de su tiempo, atento observador de la sociedad española. Y como ellos se sintió responsable y obligado a comunicar sus reflexiones a la opinión pública por medio de frecuentes artículos en El progreso, en la Revista Contemporánea… Algunos de ellos acabarán componiendo Los males de la patria, en 1890. Con antelación a los regeneracionistas, como Costa, y a la generación del 98, como Unamuno y Maeztu, Mallada inicia el estudio del entonces llamado problema de España. Nos proporciona un exhaustivo análisis del estado del país, enfocado al mismo tiempo con el distanciamiento del científico y con la pasión del patriota. La mayoría de estos artículos se redactan en los años de mayor éxito del sistema canovista, durante la regencia de María Cristina y el gobierno largo de Sagasta, con el funcionamiento pleno de la alternancia pacífica que posibilita el establecimiento de reformas: ley de asociaciones, jurados, sufragio universal masculino… Y ante el triunfalismo que se extiende ―se quiere percibir que España está en camino de recuperar su estatus de potencia―, Mallada pondrá de relieve el revés de la trama: un cúmulo de carencias e incompetencias, falta de recursos y mala gestión de ellos, atraso generalizado, inmoralidad pública, desbarajuste administrativo y partidos políticos manifiestamente mejorables…

Lo que observa no le gusta, pero añade: «En medio de nuestro pesimismo, queremos alejarnos de toda exageración, de toda intransigencia de escuela y de todo espíritu de partido. Queremos juzgar a la patria de hoy puestos los ojos en la patria de mañana, como la juzgaría un extranjero enteramente imparcial, o como nos juzgará la historia dentro de medio siglo. Sin más esperanza que en Dios, y con escasa fe en las cosas humanas, séanos permitido impugnar fatales preocupaciones, muy arraigadas aún en el país, hijas de la fantasía nacional y origen de crasos errores, constantemente opuestos a toda suerte de adelantos.» Y es que «la loca fantasía es nuestro principal defecto; la fantasía convierte en un verdadero laberinto la administración pública; la fantasía nos hace ser los mayores proyectistas y los más holgazanes de Europa; a la fantasía debemos ese lujo de fiestas, romerías y ferias en que se negocia poco y nos divertimos mucho; la fantasía nos hace creer que España es un país privilegiado; la fantasía nos induce a reclamar un puesto de honor entre las grandes naciones, aunque continúa flotando el pabellón británico en Gibraltar; la fantasía nos hace esperar que seamos algún día los redentores de ese continente que colonizan los franceses desde la Argelia y los ingleses desde el Cabo; la fantasía nos cierra los ojos y nos tapia los oídos para no ver ni oír una sola verdad.»

Los males proceden, pues, de la fantasía hispánica, concepto en el que reúne las carencias que percibe en la sociedad y en los individuos que la componen: pereza, imprevisión, falta de iniciativa, envidia… Acomodamiento a las circunstancias, buscar la solución a los propios problemas en el Estado, talante de leguleyo que domina la vida política y administrativa, ocultar las taras del presente con las glorias del pasado. En resumen, confundir los sueños con las realidades. Y ante esta situación propone soluciones, no como fórmulas mágicas, sino como meros pero necesarios medios de mejora. Así la repoblación forestal, la concentración parcelaria, la simplificación administrativa, la descentralización, etc. En estos cambios consiste la revolución necesaria (interna, no meramente política) en España. Costumbres e instituciones deben adaptarse, modernizarse y cambiar. Y si no lo hacen, naturalmente la corriente de la historia las arrastrará, incluso a la propia monarquía.

Unos años después el deterioro, las debilidades del sistema, se harán más patentes: la reanudación de la guerra colonial en Cuba, y el inicio de la filipina, el asesinato de Cánovas, llevarán a Lucas Mallada a elaborar una segunda parte ―prometida pero retrasada― sobre esta revolución pendiente (en expresión que utiliza). A lo largo de 1897 redactará un puñado de artículos, finalizados con una última entrega en enero del año siguiente. El pesimismo se hace mayor. La fantasía de la sociedad española es abrumadora, repleta de patriotismos altisonantes. Nuestro autor será una de las escasas voces que abogará de forma clara por el abandono de unas colonias que ya da por perdidas. Y el colofón de la inevitable derrota, teme, pudiera ser una nueva ―la cuarta― guerra civil...

Ricardo Baroja, grabado