viernes, 11 de agosto de 2017

Cayo Julio César, Comentarios de la Guerra Civil

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Martín de Riquer y José María Valverde, en el primer tomo de su clásica Historia de la Literatura Universal, se refieren así a nuestro autor de esta semana: «Cayo Julio César (100-44 a. C.), cuya vida e importancia histórica nadie desconoce, escribió varias obras ―un elogio de Hércules, una tragedia sobre Edipo, un tratado sobre la analogía gramatical, una sarcástica réplica al elogio de Catón de Útica hecho por Cicerón, etc.―, pero sólo han llegado hasta nosotros sus Comentarios a la guerra de las Galias (Comentarii de bello Gallico), y Comentarios a la guerra civil (Comentarii de bello civili). Era costumbre de los políticos generales romanos escribir una especie de apología propia o autodefensa al terminar su gestión y tras haber llevado a cabo acciones importantes; de tales comentarios ―que así se llamaban― los de César son los únicos que se han conservado, sin duda porque en ellos esta especie de informe adquiere un altísimo valor literario. Así pues, de un documento oficial el genio de Julio César ha hecho uno de los mayores primores de la prosa latina.

»No hay duda de que en sus Comentarios César persigue una finalidad política, y de que los escribe pensando en sus partidarios y, más aún, en sus detractores. Hombre habilidísimo, adopta una actitud ante la que tendrán que rendirse los más intransigentes entre estos últimos, o sea una absoluta veracidad, una calculadísima objetividad y una tajante sencillez, a fin de que los hechos no puedan parecer deformados por recursos retóricos. Como hizo antes Jenofonte, habla de sí mismo en tercera persona, lo que da al relato un tono desapasionado que produce la impresión de haber sido escrito por alguno de sus subalternos, y le infunde una serenidad que obra inconscientemente en el lector. Jamás exalta su persona y hace que sea la exposición objetiva de los hechos lo que dé idea de su extraordinaria medida como general y como político, y con la misma sencillez imperturbable narra sucesos insignificantes y deslumbrantes victorias. Todo ello lo consigue César gracias al extraordinario primor de su estilo, verdadero alarde de sencillez, exento de cualquier rebuscamiento de forma, en el que nada sobra ni falta y todo está ordenado en una eficiente perfección que casi se podría denominar estratégica. Cicerón, tan opuesto a César en política y estilo, ya admiró de sus Comentarios la concisión luminosa y sencilla y la gracia, despojada, como de un vestido, de todo adorno oratorio.»

Tradicionalmente se agregan a los tres libros que componen esta obra, los Comentarios de la Guerra de Alejandría, atribuidos a Aulo Hircio, y los Comentarios de la Guerra de África y los Comentarios de la Guerra de España, ambos de autores anónimos.

viernes, 4 de agosto de 2017

Juan Luis Vives, Diálogos o Linguæ Latinæ Exercitatio

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En ocasiones, los lectores de una obra descubren en ella propósitos y valores que manifiestamente escapan a la intencionalidad de su autor. Y esto puede ocurrir tanto a sus contemporáneos como a las generaciones posteriores. Un ejemplo claro lo tenemos en esta obra tardía del gran humanista valenciano Juan Luis Vives (1492-1540). En la dedicatoria al príncipe Felipe explicita su objetivo: «De utilidad suma es el conocimiento de la lengua latina para hablar y aun para pensar rectamente. Viene a ser esta lengua como un tesoro de erudición y como una disciplina, porque en latín escribieron sus enseñanzas grandes y óptimos ingenios. Y para la juventud este estudio no embaraza, sino que, al contrario, hace fáciles otros estudios y ocupaciones del entendimiento. Para el conocimiento de la lengua latina escribí estos primeros ejercicios, que espero sean provechosos a la niñez, y me pareció que debía dedicártelos a ti, Príncipe dócil y grande esperanza, y ello por ti y por la benevolencia que me mostró siempre tu padre, que educa tu ánimo excelentemente en las rectas costumbres de España, que es la patria mía, cuya conservación estará mañana fiada a tu probidad y sabiduría.»

El interés propedéutico de Vives es manifiesto, y este uso ha tenido la obra hasta bien entrado el siglo XIX, multiplicando sus ediciones. Muchos ejemplares sobreviven con las anotaciones manuscritas que testimonian su prolongado uso escolar. Ahora bien, el humanismo renacentista, del que ya hemos comunicado numerosos ejemplos en Clásicos de Historia, acude con frecuencia a la forma dialogada: la admiración por lo greco-romano, su uso continuado a lo largo de los siglos medievales, y el nuevo prestigio que le conceden las obras de Erasmo de Rotterdam o Tomás Moro, explican su uso en una obra que quiere enseñar a los jóvenes el uso del latín como nueva lengua viva, renacida y depurada de lo que se consideran barbarismo escolásticos. Los objetivos se alcanzaron plena y prolongadamente, como testimonian las más de cincuenta ediciones sólo durante el siglo XVII, y las numerosas traducciones a todas las lenguas modernas. Pero a estos logros suma uno más: nos describe con gran viveza la vida común de su tiempo. Carmen Bravo-Villasante, en su Los Diálogos escolares de Juan Luis Vives, lo exponía así:

«Los Ejercicios de lengua latina o Diálogos resumen y concentran estas dos intenciones : el uso del diálogo y la enseñanza. Pero hay algo nuevo e interesantísimo para nosotros en la actualidad. Del interés que pudieran tener los diálogos de Vives como libro didáctico se ha pasado a considerarlo como libro costumbrista, como vademecum de la vida diaria de la Europa de 1537 (…) En este sentido, el libro de Vives es un verdadero documento histórico, y el diálogo contribuye a acentuar el realismo de las escenas. En el Diálogo de la lengua, de Juan de Valdés, escrito en 1528, aunque no se publicó hasta mucho más tarde (aunque es seguro que correría en copias, como era costumbre), se insiste en que hay que escribir como se habla. Precisamente la función del diálogo en el Renacimiento (aparte de revivir los diálogos platónicos) y en nuestro Vives, es llevar a cabo este deseo de escribir como se habla. Los niños, los estudiantes, los príncipes, las mujeres, los maestros, los vendedores, todos, en sus conversaciones están reflejados en los Diálogos con absoluto realismo. El diálogo es un intento de reflejar la conversación coloquial, aunque también había diálogos escolásticos y pedantes. (…)

»Vives utilizó los diálogos como método de enseñanza y al mismo tiempo como género de esparcimiento... No era un dómine pedante, el libro correspondía a un maestro de nuevo estilo. El diálogo era la forma de comunicación humana más real y más próxima, lo contrario de la reflexión de un solitario. El diálogo presentaba los distintos puntos de vista de los coloquiantes, y procuraba sensación de libertad y soltura. En la simple conversación, con sencillez y claridad y gracia el diálogo era la representación de la vida en toda su complejidad. El diálogo estaba en el extremo opuesto del dogmatismo de los tratados, y sobre todo de la pesadez y el aburrimiento. Frente a la rigidez de la pedagogía escolástica, el diálogo era amenidad y soltura. Si como método de enseñanza era perfecto y muy nuevo el libro de los Diálogos de Juan Luis Vives, pasados los siglos la obra queda como dechado de costumbrismo y reflejo de la vida real. Es curioso, pues, que un libro que fue concebido como Ejercicios de la lengua latina se haya convertido en una obra literaria documental de una determinada época que revive a través de los animados diálogos.»


viernes, 28 de julio de 2017

Melchor Cano, Consulta y Parecer sobre la guerra al Papa

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Juan Belda Plans, en su Melchor Cano, teólogo y humanista (1509-1560), Biblioteca Virtual Ignacio Larramendi de Polígrafos, Madrid 2013, pág. 81-87, presenta así la obra que nos ocupa: «La solicitud de Pareceres a los teólogos sobre materias sociopolíticas o eclesiásticas diversas fue una praxis bastante habitual en el siglo XVI (sobre todo por parte de los Reyes), como prueban la gran cantidad de estas piezas literarias que existen en los archivos; de ahí que este hecho sea un fenómeno más bien común; también a Vitoria, Soto, Mancio y otros, se les pidió informes teológicos sobre asuntos muy dispares. Sin duda ello es reflejo de la alta función que se le concedía en esa época a la teología y a los teólogos, pero a una teología vigorosa y renovada que podía prestar un gran servicio práctico a las funciones del gobierno político y eclesiástico. La aportación de la teología de la Escuela de Salamanca fue a este respecto muy importante.

»Es de sobra conocida la animosidad antiespañola del anciano Papa Paulo IV, de la noble familia napolitana de los Caraffa; desde poco después de su elección (mayo 1555) se sucedieron una serie de hechos fuertes en relación a España que produjeron una tensión progresiva entre el Papa y el Rey español (primero Carlos V y poco después Felipe II). Entre ellos cabe destacar los preparativos bélicos y la Liga del Papa con Francia y Ferrara (diciembre 1555) con el fin de expulsar a los españoles de Italia (del Reino de Nápoles particularmente), o las acusaciones públicas hechas por el fiscal pontificio pidiendo la excomunión y destronamiento del Emperador Carlos V y del Rey Felipe II en el Consistorio de julio de 1556. Es indudable que al margen de intereses políticos Paulo IV intentaba conseguir una mayor libertad e independencia eclesiástica frente al extraordinario poder e influencia de la Casa de Augsburgo en Europa, también en el campo eclesiástico. Sin embargo, el nuevo Papa podía haber intentado un camino más dialogante.

»Estando así las cosas, y ante la inminencia de un ataque armado por parte de la Liga, Felipe II decide la marcha del Duque de Alba con su ejercito desde Nápoles a través de los Estados Pontificios hacia Roma (1 de septiembre de 1556), con la intención de disuadir al Papa de sus intenciones hostiles contra España. Dada la importancia y gravedad de los hechos Felipe II, siguiendo una costumbre ya practicada por su padre Carlos V, vio conveniente pedir asesoramiento teológico y jurídico acerca de este delicado asunto de sus relaciones político-eclesiásticas con el Papa Paulo IV, con el fin de proceder en conciencia en el cumplimiento de sus deberes como monarca español y como fiel cristiano. A este efecto mandó redactar un Memorial-Consulta que sirviese de base a los teólogos y juristas que debían dar un Parecer sobre el caso. Debió de ser confeccionado en las primeras semanas del mismo mes de septiembre de 1556 porque en él se hace mención de la salida del ejército del Duque de Alba, y poco después se procede ya a la consulta efectiva. El biógrafo de Cano, Caballero, atribuye dicho documento al Doctor Navarro Martín de Azpilcueta, catedrático de cánones en Salamanca (1532-37) y Coimbra (1537-54), que había regresado a España por esos años (1555) (...)

»Respecto a los teólogos y juristas consultados sabemos que después de ciertas fluctuaciones la lista estaba formada por 15 letrados, que fueron convocados a Valladolid para el 18 de octubre. A todos ellos se les pidió su Parecer por separado, y todos menos uno entregaron su dictamen antes del 21 de noviembre. A ellos hay que añadir también a Bartolomé de Carranza OP y Alfonso de Castro OFM, que estaban con el Rey en Inglaterra y cuyos Pareceres mandó Felipe II a su hermana desde allí. En la lista oficial, de los 15 españoles se adscriben a la Universidad de Salamanca sólo tres de ellos: fray Melchor Cano, fray Francisco de Córdoba y el maestro Gallo, aunque sabemos que Cano ya no era catedrático de Salamanca y además residía por entonces en Valladolid (desde donde firma su Parecer). En base al Memorial-Consulta arriba citado los letrados dieron su Parecer. De todos los emitidos el dictamen que causó mayor impresión y ha dejado más huella en la historia por su valentía, sensatez y comprensión de la realidad fue el de Melchor Cano (Beltrán de Heredia); fue efectivamente el que más agradó al Rey y el que mayor influencia tuvo en el transcurso de los acontecimientos futuros; de los demás dictámenes apenas ha quedado memoria (...)

»A la hora de valorar el Parecer de Cano se han dado las más diversas opiniones. En ocasiones se le ha tachado de regalismo a ultranza; otras veces de excesiva condescendencia con el Papa; incluso de ser un escrito de escaso interés que desdice de su autor. A nuestro juicio es éste un trabajo de enorme categoría teológica, eclesial y política que acredita bien las grandes dotes de Cano; además de constituir un ejemplo paradigmático de la fecunda interrelación entre Teología y Política, típica de la Escuela de Salamanca (…) Se trata de un dictamen que destaca por su imparcialidad y prudencia en la resolución de cuestiones mixtas muy delicadas y complejas. Cano supo colocarse en el justo medio sin ponerse incondicionalmente de parte del Rey (al que pone límites y condiciones muy claras), ni tampoco de parte del Papa, condescendiendo con cualquier conducta injusta a causa de su alta autoridad espiritual. Se evita así caer en cualquiera de los dos extremos: ni regalista a ultranza, ni desde luego papalista (…)

»Por último, se debe señalar que fue el dictamen que tuvo mayor incidencia en los hechos históricos. El comportamiento de Felipe II al final de la guerra, en septiembre de 1557, no pudo ser más respetuoso y comedido con el Papa. Llegado el ejercito del Duque de Alba ante la indefensa Roma, cuando se temía algo parecido a un nuevo saqueo de la Ciudad Eterna, el Duque de Alba pidió al Papa la reconciliación con España y su Rey, ante el asombro de propios y extraños; cosa que le fue concedida sin demora. Entrando ordenadamente las tropas españolas en Roma, el Duque de Alba besó los pies de Paulo IV al ser recibido por él, firmándose la Paz de Cave que daba fin a la infortunada guerra. Debió quedar pensativo el Papa Caraffa, tan significado hasta entonces por su fobia antiespañola. En adelante se notó sin duda un cierto cambio de actitud. Ni al desterrado de Yuste ni al propio Duque de Alba les agradaron las condescendencias, y hasta humillaciones, por las que hubo que pasar en esta jornada histórica. Se podría afirmar entonces que el Parecer de Cano tuvo una eficacia práctica incontestable, por lo menos en los puntos esenciales del mismo.»


viernes, 21 de julio de 2017

William Morris, Noticias de Ninguna Parte

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Completamos nuestra selección de utopías con Noticias de Ninguna Parte, o Una era de reposo, publicada por un maduro y afamado en tantos campos William Morris (1834-1896). Ha pasado medio siglo desde el Viaje por Icaria de Étienne Cabet, medio siglo repleto de cambios: el triunfo aparentemente definitivo del liberalismo, la segunda revolución industrial, el reparto del mundo entre un puñado de potencias imperialistas… Es la Belle Époque, henchida de convencimiento en el progreso ilimitado de la humanidad, de un optimismo tal que fácilmente deriva en un patente complejo (europeo) de superioridad. Las transformaciones de todo tipo parecen tan benéficas como irreversibles, pero no faltan voces ―aunque sean minoritarias― que se esfuerzan en desvelar el revés de la trama, desde contrapuestas posturas socialistas, católicas, extraeuropeas…, y que proponen diversos revolucionarios futuros o variopintos pasados idealizados, todas ellos tan hijos de su época como la sociedad a la que se oponen.

William Morris es un ejemplo redondo de ello. Con una maestría y prestigio indiscutidos en las artes aplicadas, se ha constituido en uno de los introductores del socialismo en Inglaterra, aunque su protagonismo en el campo político naufragará en los enfrentamientos entre marxistas y anarquistas. En la obra que presentamos Morris se esforzará en describir una sociedad futura ideal. En la mejor tradición del género, el punto de partida es la desaparición de la propiedad privada, con la consiguiente eliminación de las clases sociales y de cualquier tipo de conflicto. Pero a ello le añade la decisiva erradicación del Estado, y con él de las instituciones liberales: no existe gobierno, y el Parlamento de Londres ha sido convertido en el mercado de estiércol. Y del mismo modo se han eliminado las cárceles, los colegios y el matrimonio. Estamos, por tanto, en una sociedad plenamente anarquista. Pero Morris va más lejos: el maquinismo, la industria, el ferrocarril, las grandes ciudades, los mismos avances tecnológicos, también se volatizan, dejando espacio a una sociedad agrícola y artesanal cuyos individuos se realizan en l'obra ben feta, que diría Xènius, en el trabajo predominantemente manual.

Quizás este aspecto hizo especialmente sugestivo (pero limitado en eficacia) su planteamiento. Gilbert Keith Chesterton, pocos años después, en 1904, tomará esta vuelta al pasado como base de El Napoleón de Notting Hill; y más tarde, y de modo más riguroso, en El regreso de Don Quijote (1927). Y así mismo en el proyecto político distributista que pondrá en marcha junto con Hilaire Belloc. Sin embargo, Chesterton no deja de advertir lo que considera «el punto débil de William Morris como reformista: que pretende reformar la vida moderna cuando la odiaba en vez de amarla. El Londres moderno es ciertamente una bestia lo bastante grande y lo bastante negra como para ser la gran bestia del Apocalipsis, con un millón de ojos encendidos y rugiendo con un millón de voces. Pero a menos que el poeta pueda amar a este monstruo tal como es, y pueda sentir, con algún grado de generosa excitación, su gigantesca y misteriosa alegría de vivir, la escala inmensa de su anatomía de hierro y el latido atronador de su corazón, no podrá transformar a la bestia en el príncipe encantado. La desventaja de Morris consistía en que no era en realidad un hijo del siglo XIX: no podía entender dónde radicaba la fascinación de ese siglo.»

¿Y después de Morris? Se olvidará la esencia persistente de las utopías, el hecho de que están en ninguna parte, y se las quiere construir tanto en sociedades autoritarias como en sociedades abiertas, con el consiguiente resultado: el siglo XX. Podemos dejar correr la imaginación y suponer a un veinteañero Pol Pot leyendo esta novela en París, al filo de 1950, y acumulando convicciones de rechazo del mundo moderno… Es lógico, por tanto, que el género se transmute insensiblemente en distopía, como ya se vislumbraba en El Talón de Hierro, de Jack London (1908), al centrarse exclusivamente en la época previa al triunfo de la fraternidad humana… Pero la primera distopía auténtica será Nosotros, de Zamiatín (1921), a la que siguen las espléndidas Un Mundo feliz (1932) de Huxley La guerra de las salamandras (1936) de Čapek, y 1984 de Orwell, publicada en 1949. Un intento de volver a la utopía clásica, aunque para este lector su lectura resulta tremendamente distópica e ilustradora del presente, es Walden Dos (1948) de Skinner.


viernes, 14 de julio de 2017

Concilio III de Toledo

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En 1989, XIV centenario del acontecimiento que hoy nos ocupa, sintetizaba así José Orlandis su significado histórico: «Desde aquel Concilio III de Toledo, tan lejano en el tiempo, y hasta una época relativamente próxima a nosotros, el cristianismo católico constituyó un elemento esencial de la personalidad nacional española. La fe era el vínculo que aproximaba e imprimía un sello común a todo un mosaico de pueblos sobre los cuales el medio geográfico y los particularismos históricos, la lengua y hasta la insolidaridad temperamental, operaban como poderosas fuerzas centrífugas. Esta unidad de fe creó la conciencia de una radical comunidad de destino, que no sólo se mantuvo incólume durante la dominación islámica, sino que animó la secular empresa del reencuentro de la España perdida, que fue la epopeya de la Reconquista.

»En el Concilio III de Toledo quedó sellada la unidad espiritual de España, mediante la conversión al catolicismo de la población arriana de la Península. Este elemento germánico, descendiente de los invasores visigodos y suevos, constituía una reducida minoría en comparación con la masa de la población hispanoromana que, salvo escasas excepciones, era católica a mediados del siglo VI. Pero los godos, aunque inferiores en número, tenían un considerable peso social, porque integraban el estamento aristocrático-militar, principal detentador del poder político, del cual salieron todos los monarcas que ocuparon el trono del reino visigodo español. Durante largo tiempo, el dualismo religioso apareció como la lógica consecuencia del dualismo étnico y social: los hispano-romanos eran católicos, los godos eran arrianos, y la diversidad de confesiones constituía un importante y deseado hecho diferencial. Este planteamiento fue desechado como ideal político desde la hora en que Leovigildo comenzó a reinar en la España visigoda.

»Leovigildo ―uno de los grandes hacedores de esa España que los visigodos inventaron y construyeron― tuvo la aspiración de fundir en un único pueblo los dos elementos romano y germánico que integraban la población hispana. Esa habría de ser la unitaria base demográfica de la gran Monarquía que extendiera su autoridad soberana por todas las tierras de la Península Ibérica. Pero Leovigildo tenía el convencimiento de que tan solo sobre el firme fundamento de la unidad confesional podría asentarse una sólida unidad nacional y política. Tal fue la razón de que el primer intento de unificación religiosa de los españoles haya sido obra de Leovigildo y que ese intento fuera bajo signo arriano, aunque se tratara de un arrianismo mitigado y diluido con importantes concesiones doctrinales y disciplinares a los católicos, la tentativa de Leovigildo se saldó con un rotundo fracaso; pero la unida religiosa no tardaría en llegar: la lleva feliz término su hijo y sucesor, Recaredo, y fue la unidad católica española.

»En la primavera del año 586, fallecido el rey Leovigildo, Recaredo le sucedió pacíficamente en el trono visigodo. Es indudable que desde el comienzo mismo del reinado, el nuevo monarca tenía resuelto abrazar la fe católica y tardó poco en cumplir su propósito. Dos años antes de la celebración de Concilio III, a comienzos del 587, Recaredo fue recibido en la Iglesia en calidad de príncipe católico. ¿Cuáles pudieron ser entonces las poderosas razones que determinaron la convocatoria del célebre Concilio Toledano? Un escritor contemporáneo y bien informado ―el cronista Juan de Biclaro― dice que la iniciativa de reunir un magno Sínodo partió de San Leandro de Sevilla y de Eutropio, abad del monasterio Servitano: dos destacados eclesiásticos relacionados con Bizancio conocedores, por tanto, de las tradiciones conciliares del Oriente cristiano. Leandro y Eutropio estimaban que un acontecimiento de tan excepcional trascendencia como era la conversión del pueblo visigodo al catolicismo y su recepción en la Iglesia, merecía celebrarse con la debida solemnidad y en un escenario a la medida de su importancia histórica. Ningún marco más grandioso podía desearse para tal circunstancia que un Sínodo general del episcopado del reino, capaz de rivalizar en brillantez con los prestigiosos concilios que se reunían en tierras del Imperio de Oriente: y ese fue el Concilio III de Toledo.

»En el Concilio Toledano, el papel de Recaredo ―tal como se ha dicho― no fue el de catecúmeno o neoconverso, sino el del monarca ortodoxo que hace la profesión de fe en nombre del pueblo que ha conducido hasta el umbral de la Iglesia. Recaredo había convocado a los obispos a reunirse en asamblea, y en su presencia tuvo lugar la inauguración oficial del Concilio, en la mañana del domingo 8 de mayo del año 589. Las palabras de Recaredo en el aula conciliar, dirigidas al episcopado del reino subrayan el protagonismo del monarca en la conversión de sus súbditos. Godos y suevos eran los dos pueblos que Recaredo ―tras haber sido él mismo iluminado por Dios― había arrancado de las tinieblas de la herejía y ofrendaba ahora a la Santa Iglesia. Presente está aquí ―decía el rey ante los obispos― la ínclita nación de los godos, estimada por doquier por su genuina virilidad, la cual separada antes por la maldad de sus doctores de la fe y la unidad de la Iglesia Católica, ahora, unida a mi de todo corazón, participa plenamente en la comunión de aquella Iglesia. Y allí estaba también presente ―seguía diciendo el rey― la incontable muchedumbre del pueblo de los suevos, que con la ayuda del Cielo sometimos a nuestro reino y que, si por culpa ajena fue sumergida en la herejía, ahora ha sido reconducida por nuestra diligencia al origen de la verdad. Recaredo, promotor de la conversión de sus súbditos, ofrecía a Dios como un santo y expiatorio sacrificio, estos nobilísimos pueblos que por nuestra diligencia han sido ganados para el Señor.

»Conquistador de nuevos pueblos para la Iglesia Católica: ese fue el título con que los obispos aclamaron a Recaredo al final de su discurso: ¿A quién ha concedido Dios un mérito eterno, sino al verdadero y católico rey Recaredo? ¿A quién la corona eterna, sino al verdadero y ortodoxo rey Recaredo? Estas y otras fueron las aclamaciones que brotaron de los labios de los padres conciliares, y que han llegado hasta nosotros a través de las actas del Sínodo. Más aún, Recaredo es presentado como un nuevo apóstol: ¡Merezca recibir el premio apostólico, puesto que ha cumplido el oficio de apóstol!, exclaman los obispos recurriendo a un símil de tradición oriental, pues en el Oriente cristiano se aplicó a los grandes príncipes ―desde el emperador Constantino a Wladimiro de Kiew― que tuvieron un papel importante en la conversión de sus pueblos.

»La asamblea conciliar siguió su curso. Un grupo de eclesiásticos y magnates conversos, en representación de todo el pueblo godo, hicieron la profesión de fe, que luego fue suscrita por ocho antiguos obispos arrianos y cinco varones ilustres de la nobleza visigoda. El concilio promulgó todavía una serie de preceptos sobre disciplina eclesiástica y otros que atribuían a los obispos importantes funciones civiles, articulando el esquema de un sistema de gobierno conjunto de ambos pueblos ―visigodo e hispano-romano―, en el que participaban de modo armónico dignatarios laicos y obispos. Al prelado católico más insigne, san Leandro de Sevilla, correspondió el honor de clausurar el Concilio Toledano con una vibrante homilía de acción de gracias: la Iglesia desbordaba de gozo por la conversión de tantos pueblos, por el nacimiento de tantos nuevos hijos; porque aquellos mismos ―decía Leandro― cuya rudeza nos hacía antaño gemir, son ahora, por razón de su fe, motivo de gozo.

»El Concilio III de Toledo marcó una huella indeleble en la historia religiosa española. Pero su importancia desborda el estricto marco hispánico para alcanzar una dimensión más amplia: católica. La Crónica de Juan de Biclaro traza un sugestivo paralelo entre Recaredo en el Concilio III de Toledo y los grandes emperadores cristianos de Oriente, Constantino y Marciano, que habían reunido los Concilios ecuménicos de Nicea y Calcedonia; y la Crónica contempla el Sínodo toledano, proyectado sobre el horizonte de la Iglesia universal, como el acontecimiento que representaba la definitiva victoria de la Ortodoxia sobre el Arrianismo. Así, a los ojos del más ilustre cronista español contemporáneo, el Concilio aparecía a la vez como el origen de la unidad católica de España y el punto de agotamiento del ciclo vital de la gran herejía trinitaria de la Antigüedad cristiana. Al conmemorar ahora el XIV centenario de su celebración, vale la pena poner de relieve esta doble dimensión religiosa ―española y ecuménica― que tuvo en la historia de la Iglesia el Concilio III de Toledo.»

Del Códice Albeldense.

viernes, 7 de julio de 2017

Julián Ribera, La enseñanza entre los musulmanes españoles

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De Julián Ribera ya hemos comunicado en Clásicos de Historia su Bibliófilos y bibliotecas en la España musulmana, y sus ediciones de la Historia de los jueces de Córdoba de Al-Jušanī, y de la Historia de la conquista de Al-Ándalus de Ibn al-Qutiyya. En otro lugar, sus interesantes conferencias sobre La supresión de los exámenes.

Rafael Altamira, en su Historia de España y de la civilización española, § 182, resumía así la obra que comunicamos ahora, para así exponer las características de la enseñanza andalusí: «No se conoció entre los musulmanes lo que hoy llamamos instrucción pública, es decir, una organización oficial de la enseñanza, pagada por el Estado o por las ciudades, ni aun en la forma rudimentaria de los romanos. Hasta fines del siglo XI no se fundaron universidades o colegios generales en Oriente, empezando por el de Bagdad (1065); pero en España no tomó pie esta innovación, aunque más tarde (en el siglo XIII) la inició en Murcia un rey cristiano, Alfonso el Sabio, creando un colegio musulmán para que un sabio árabe enseñase las ciencias a moros, judíos y cristianos juntamente; ejemplo que copiaron, aunque efímeramente, los árabes de Granada.

»En todo el período que ahora nos ocupa no hubo más enseñanza que la privada, es decir, la que daban, ora gratuitamente, ora mediante paga, los particulares que se dedicaban a esta profesión. Alguna vez hubo califas que pagaron a sabios extranjeros venidos a España y les hicieron dar conferencias o lecciones públicas; pero esto fue temporal, y no respondió a organización reflexiva de la enseñanza. También Alhakam II fundó, como particular y en acto de penitencia, algunas escuelas para enseñar la doctrina a los hijos de los pobres y desvalidos de Córdoba. Tratábase, pues, en este caso, de una manda o legado pío del sultán, y el ejemplo fue seguido en la España árabe por muchos particulares, que fundaron otras para enseñanza de los pobres, con legados de esta clase y sin que interviniese para nada la Administración.

»Si el Estado no intervenía, pues, directamente en la enseñanza, el sacerdocio musulmán la impulsó mucho al principio, especialmente por lo que se refería a la instrucción religiosa, enseñando con gran fervor por todas partes las máximas del Alcorán y las tradiciones de Mahoma: pero más tarde, cuando se hubieron desarrollado las ciencias y se formaron sectas diferentes (aun entre los Ortodoxos), la dominante, que era la de Málik, como sabemos, se hizo muy intolerante, coartando la libertad de los maestros siempre que podía, y en especial de los filósofos que se apartaban de la ortodoxia. Más de una vez se quemaron los libros de éstos y fueron desterrados los profesores, como ya dijimos.

»Pueden distinguirse en la enseñanza musulmana dos grados: el primario y el superior. El primario comprendía, como base, la lectura y escritura del Alcorán, a título de preparación religiosa y gramatical al propio tiempo; uníanse a esto trozos de poesía, ejemplos de composición epistolar, y finalmente elementos de gramática árabe, aprendidos de memoria. La lectura y escritura se enseñaban juntamente, no haciendo que el alumno trazase cada letra en particular, sino imitando las palabras enteras que se les daban por modelo. Para escribir se usaban unas tablillas de madera pulimentada, sobre las que se trazaban los caracteres con un pedazo de caña afilada (cálamo), empapada en tinta. Acabado un ejercicio, se mojaba la tablilla, se borraba lo escrito y servía de nuevo. Muchas veces, la instrucción era gratuita, dándola por puro gusto los maestros. Otras veces eran pagados por los discípulos, costumbre que, andando el tiempo, fue la dominante; a pesar de lo cual, se difundió tanto la lectura, y la escritura en especial, que la mayor parte de los musulmanes españoles sabían leer y escribir, aventajando en esto a las demás naciones europeas.

»La enseñanza superior, como libre que era, no guardaba plan uniforme. Cada maestro enseñaba más o menos cosas, según su cultura o preferencias. Generalmente se empezaba por enseñar las tradiciones religiosas, leyendo párrafos de libros, que explicaba el profesor, y preguntando los alumnos, con toda libertad, cuando no entendían bien una palabra o un razonamiento. La base del estudio era siempre la memoria. Además de las tradiciones, se estudiaban los comentarios del Alcorán, la gramática, el diccionario, la medicina, la filosofía y, sobre todo, la jurisprudencia y la literatura. En punto a jurisprudencia, derivada de la exposición y comentario de las leyes jurídicas del Alcorán, llegó a haber gran número de autores que escribieron tratados, comentarios, compendios, diccionarios, etc. La escuela de Córdoba se hizo famosa.»

Aristóteles enseña astronomía a sus discípulos.

jueves, 29 de junio de 2017

Cristóbal Colón, La Carta de 1493

Sebastiano del Piombo, Cristóbal Colón (1519), Metropolitan Museum de Nueva York

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Ramón Ezquerra Abadía, en la obra colectiva El descubrimiento y la fundación de los reinos ultramarinos hasta fines del siglo XVI (Historia General de España y América, VII, Madrid 1982, pág. 99), describe así la llegada de Colón a España en 1493 tras recalar en Portugal: «Rehusando prudentemente ir a Castilla por tierra, se embarcó Colón el 9 de marzo (de 1493) y el 15 entró en Palos, a las 32 semanas de su partida. Pocas horas después llegó Martín Alonso Pinzón, que había recalado en Bayona de Galicia, desde donde escribió a los reyes, pero se atuvieron a la llegada de Colón. A los pocos días falleció Pinzón, suponéndose por sífilis contraída en las islas descubiertas. La primera noticia del regreso fue la de Pinzón, y la recibieron los reyes en Barcelona. Colón les escribió desde Lisboa o de Palos, o de ambos sitios, y el 30 le contestaron ordenándole ir a Barcelona. Inmediatamente dispusieron que nadie fuera a lo descubierto sin su permiso. La noticia cundió rápidamente (...)

»El descubrimiento se divulgó por la famosa carta de Colón a Santángel ―en otra versión, a Gabriel Sánchez―, fechada el 15 de febrero, cerca de Canarias ―pero por el Diario estaba cerca de las Azores―, y que acompañaba a otra a los reyes, perdida; añadió en Lisboa una postdata a 14 de marzo, día en que ya no estaba allí. En Barcelona se imprimió una edición castellana de la carta ―dirigida al escribano de ración (Santángel)― con muchas erratas, y otra catalana, perdida, y en Roma, Leandro Cosco la tradujo al latín ―dirigida a Sánchez y sólo fecha de 14 de marzo―, imprimiéndose allí y multiplicándose las ediciones latinas por Europa el mismo año y después; en los primeros meses hubo hasta once ediciones; ayudó a tal difusión un poema italiano basado en la carta, por un tal Dati, y una traducción alemana. En esa carta Colón refiere, en tono triunfal, sus descubrimientos, sin revelar su situación, salvo que había llegado a las Indias y supuesto que la isla Juana era el Catay, pero no halló grandes ciudades; exalta las buenas condiciones geográficas de aquellos países, su belleza, la existencia de ricos productos y de oro, el primitivismo y desnudez de los indígenas, su cordial acogida, la facilidad con que se convertirían y la fundación de la villa de la Navidad.

»D(emetrio) Ramos, ante los problemas que suscitan estas cartas y sus contradicciones, como las fechas que Colón escribiera a tales personajes y se dieran a la imprenta, las explica como maniobra publicitaria frente a Portugal, para demostrar que las islas descubiertas estaban en la latitud de Canarias y no muy lejos de éstas, y la facilidad de conversión de sus habitantes; a ello respondería la rarísima edición de Barcelona, pero al recibir la pretensión de Juan II de dividir lo descubierto por el paralelo de Canarias, se haría imprimir en Italia la segunda carta, evitando aquellas aproximaciones a Canarias e insistiendo en la posibilidad de conversión, mientras se tramitaban las bulas (alejandrinas). Ambas cartas serían, en realidad, fragmentos de la enviada a los reyes. (La carta de Colón dando cuenta del descubrimiento en relación con las Islas Canarias y la gestión de la bula de donación, en I Coloquio de Historia Canario-Americana, 1976.)»

Edición latina de Basilea, 1494

martes, 20 de junio de 2017

Enrique Cock, Jornada de Tarazona hecha por Felipe II en 1592

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Hace un tiempo disfrutamos con los Anales del año ochenta y cinco, de Henricum Coquum, excelente ejemplo de humanista sin excesiva fortuna, que a una edad ya madura se vio obligado a compaginar su vocación intelectual con el desempeño de la protección de las reales personas en el cuerpo de Archeros de Borgoña, conocida como la guardia de la cuchilla, por su característica arma. Y apenas ingresado, se vio en la obligación de acompañar a la familia real en su viaje político a las tres capitales de los viejos estados de la Corona de Aragón, con la finalidad de asistir a cortes y de solemnizar matrimonios. El culto holandés llevó a cabo su cometido, pero recogió todo tipo de informaciones sobre las localidades que recorrió, proporcionándonos un cúmulo de informaciones geográficas, históricas, legendarias, y meramente anecdóticas. La obra en que recogió este prolongado viaje corrió manuscrita y copiada hasta ser impresa en 1879.

Otras circunstancias muy distintas motivaron un nuevo viaje de Felipe II a las cortes aragonesas de Tarazona en 1592: las llamados alteraciones del reino de Aragón motivados por la huida de Antonio Pérez y la protección que éste obtiene del joven Justicia Juan de Lanuza, con los alborotos zaragozanos y el desastrado final de su resistencia al rey en Épila. Todos estos sucesos fueron espléndidamente narrados por Lupercio Leonardo de Argensola en su Información de los sucesos del reino de Aragón en los años 1590 y 1591, mostrando una clara lealtad al rey, pero al mismo tiempo una patente independencia de criterio. El rey apenas permaneció una semana residiendo en el palacio episcopal de la ciudad del Moncayo, y Enrique Cock no alude para nada al trasfondo político del viaje. Pero no debemos lamentar esta carencia, ya que a cambio, nos dicen Alfredo Morel-Fatio y Antonio Rodríguez Villa en la introducción a su edición de la obra:

«La Jornada, como los Anales, abunda en cuadros de costumbres, pintados al vivo, y en noticias históricas, etnográficas y estadísticas, tanto más preciosas cuanto que han sido registradas por un testigo ocular. Merecen, entre otras, particular mención las observaciones humorísticas sobre Valladolid y sus habitantes; sobre la avaricia de los regidores y jurados de Palencia; sobre el antiguo comercio de lanas en Burgos y las causas de su decadencia; las repetidas alusiones a los Jesuitas, que por sus industrias buscan lo mejor y más gordo de la tierra; la pintura de la extraordinaria prosperidad y bienestar de los Navarros, que tanto contraste forma con la miseria relativa de los habitantes de las dos Castillas, y finalmente, el dato desconocido referente a la habilidad y exclusiva industria de los vecinos de Torrellas en construir objetos de mobiliario con adornos de taracea, hoy tan estimados como raros. Si alguna vez las descripciones de Cock parecen un poco secas y su narración demasiado rápida, no debe olvidarse lo que el autor nos dice en su prólogo. Habiendo perdido la redacción original de su viaje unos amigos a quienes se la había prestado, escribió de nuevo Cock la que ahora se publica, algunos años después de verificado el viaje, valiéndose de sus primitivos apuntes. Por esta razón no puede pedirse a este relato ni la frescura de las primeras impresiones ni ese género de detalles de que el viajero toma lacónica nota en su cartera, y cuya explicación exacta olvida después de pasado algún tiempo.»

Croquis del itinerario seguido en la Jornada, de mano del propio Cock.

viernes, 9 de junio de 2017

José Echegaray, Recuerdos

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José Echegaray (1832-1916) fue un polifacético personaje que presenta y resume en sí el complejo siglo XIX español, con sus luces y sus sombras; sus éxitos y sus tremendas contradicciones; sus generosos proyectos y sus patentes mezquindades… Nuestro autor fue ingeniero, matemático y físico, académico de la Real de Ciencias y catedrático; economista defensor del librecambismo; político demócrata y radical, y ministro durante el sexenio revolucionario, y más tarde senador; dramaturgo de considerable éxito en su época, miembro de la Real Academia Española y premio Nobel de Literatura… La profesora Josefina Gómez Mendoza lo analizaba recientemente aquí, de donde extraemos algunos significativos párrafos:

«Tenemos la suerte de que el premio Nobel dictara (ya no escribía por su falta de vista) sus Recuerdos a solicitud de Lázaro Galdiano, que se los había pedido para su revista España Moderna en 1894. Parece que empezó desganado y fue ilusionándose hasta confesar que era con lo que más disfrutaba, ya que consistía casi en una conversación consigo mismo. A su muerte, los artículos se recopilaron en tres tomos publicados por Ruiz Hermanos (1917), que es la edición ahora recuperada: el relato llega hasta el desembarco de Amadeo de Saboya en el puerto de Cartagena, acontecimiento del que Echegaray fue singular (y divertido) protagonista, porque estaba en la comitiva de tres ministros que habían ido a buscarlo después del atentado contra Prim. Para la continuación hay que acudir a los artículos que siguió publicando, en este caso en Madrid científico. Algunos de ellos se encuentran también en la Revista de Obras Públicas (...)

»De todos cuantos hemos leído (o releído) en los últimos meses los Recuerdos de Echegaray no conozco a nadie a quien no le hayan entretenido, divertido e ilustrado. Por las circunstancias del personaje, desde luego, pero también porque, de forma hábil, los utiliza para ir contando la historia de la segunda mitad del siglo XIX, llena de acontecimientos, revoluciones y personajes. Como bien ha visto Martín Pereda, es, efectivamente, la historia de una época. Lo interpreta incluso en términos de dramatización buscada: cuando se levanta el telón, la acción alcanza su clímax, para acabar cayendo el telón. Llama, en efecto, la atención hasta qué punto Echegaray juega con el tiempo y con el espacio; él, tan individualista, tendría, dice, una memoria socialista, de modo que todo lo recuerda en su cuadro correspondiente, con sus figuras y su acción formando un todo. Las escenas con sus compañeros de Caminos en la Escuela, como espectador de teatro, o las de las Cortes constituyentes de la revolución, son estampas inolvidables.

»Es más, logra en muchas ocasiones vincular recuerdos particulares a los grandes acontecimientos del siglo, de forma que su biografía queda jalonada por ellos, algunas veces con bastante ironía. Cito algunos de los mejores ejemplos: justo el día de la abdicación de María Cristina y del inicio de la regencia de Espartero, pudo desechar un odiado traje verde de una pieza, con el calzón unido a la chaqueta, en el que era un suplicio saber si se metían antes las manos o las piernas, de modo que para él la libertad siempre estuvo vinculada al progresismo; en otra ocasión volvía de Almería, donde había tenido su primer (y único) destino de ingeniero, cuando quedó paralizado en Aranjuez por la Vicalvarada, y fue él quien, por sus relaciones con un general sublevado, consiguió hacer llegar a todos los viajeros hasta Madrid, lo que le hizo sentirse muy importante; o el momento en que se encontraba en San Juan de Luz con muchas personalidades exiliadas esperando que se decidiera Prim a dar el golpe, y llegó la batalla de Alcolea, se inició la revolución de septiembre y él se encontró como uno de los protagonistas; mejor aún, cuando era un diputado algo apocado en las Cortes Constituyentes y tuvo que intervenir en la sesión en que se discutía la cuestión religiosa, en contra del canónigo integrista Vicente Manterola, que había defendido la unidad religiosa, y justo después del célebre discurso de Castelar [el de Grande es Dios en el Sinaí]: fue entonces cuando pronunció su discurso más famoso, el conocido como el de la trenza y el quemadero (...)

»Más ejemplos: cuando se buscaba rey y los liberales promovían al duque de Montpensier, mal visto por los progresistas por sus connivencias con la dinastía derrocada, a Prim y a Ruiz Zorrilla se les ocurrió para desactivar esa candidatura hacer rey al duque de Génova y casarlo con la hija mayor de Montpensier. Fue a Echegaray al que recurrieron para hacer esas gestiones ya que un antiguo alumno pertenecía a la casa de Montpensier, gestiones que, como era de esperar, fracasaron estrepitosamente. Finalmente, fue Echegaray, cuando era ministro de Fomento, quien, junto con Juan Bautista Topete y José María Beránger, tuvo, tras el atentado contra Prim, que ir a buscar a Amadeo de Saboya a Cartagena, en un viaje en el que le tocó hablar en todas las paradas del tren en su nombre y en el de los otros dos, incluso en Cartagena en nombre del futuro rey, porque este no sabía castellano, lo que el ingeniero disimuló diciendo que estaba afónico. Es uno de los episodios más divertidos de unas memorias que abundan en ellos.

»No creo que hagan falta más ejemplos para permitir otorgar a estos recuerdos de Echegaray un estatuto de episodios nacionales. Muestran, además, una fina ironía y el autor da prueba de la suficiente distancia crítica y sentido del humor como para reírse de sí mismo. Es esa narración de una historia personal al hilo de la de su tiempo lo que hace que los Recuerdos resulten tan amenos. Y lo que justifica que todos los que hablamos de Echegaray quedemos enredados en sus historias y los utilicemos como fuente.»

viernes, 2 de junio de 2017

Aurelio Prudencio Clemente, Peristephanon o Libro de las Coronas

Prudencio en un códice hacia 900
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«Tengo en la actualidad cincuenta y siete años. Se aproxima el fin, y Dios va mostrando a mi ancianidad el día vecino. ¿Qué cosa de provecho he llevado a término en el decurso de un tiempo tan largo? La edad primera la pasé bajo las férulas batientes de los maestros. La mocedad viciosa me enseñó luego a fingir y no pasó inocuamente por mi alma. La insolencia peligrosa y la ostentación provocativa, ¡ay, me avergüenzo y me pesa!, manchó mi juventud con sus inmundicias y su lodo. Luego, los pleitos predispusieron mi alma ya confusa, y la funesta obstinación del triunfo forense me guió en multitud de casos escabrosos. Dos veces goberné ciudades nobles con las riendas de las leyes, e hice justicia, siendo la égida de los buenos y el terror de los malos. Por fin, la liberalidad del príncipe me puso en el escalafón militar, destinándome cerca de sí en un orden próximo a su persona. Mientras la vida me conducía voluntaria por estas vicisitudes, cayó sobre mi cabeza de anciano la canicie, arguyéndome del olvido del viejo cónsul Salia, bajo cuyo consulado nací. Cuántos inviernos hayan pasado y cuántas veces hayan substituido las rosas al hielo de los prados, la nieve de mi cabeza te lo dice.»

Así se presenta a sí mismo, en el Praefatio a sus obras, Aurelio Prudencio Clemente (348-c. 413), natural de Calahorra o de Zaragoza. Martín de Riquer y José María Valverde se refieren así a su Peristephanon o Libro de las Coronas, «colección de himnos dedicados en su mayoría a españoles que habían recibido el martirio. Este libro constituye el monumento más importante de la primitiva poesía latina cristiana y se caracteriza no tan sólo por la belleza de los versos, a veces ampulosos y preciosistas, siempre fervorosos y apasionados, sino también por el hecho de aceptar tradiciones populares que se habían formado en torno de los mártires. Es de suma importancia reparar en este aspecto, insólito en las letras latinas, donde es raro que un poeta culto, extraordinariamente cuidadoso de la forma y sabio en la versificación, deje entrar elementos tradicionales.»

Para valorar el Peristephanon se debe tener en cuenta este múltiple carácter ―literario, religioso, ritual, didáctico...―, y que proporciona más bien información sobre los valores, actitudes y formas de comportamiento en la compleja sociedad tardorromana, en pleno proceso de cambio, que información fidedigna sobre los procesos a los mártires que nos narra. Así, por ejemplo, en una obra reciente (Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente), Peter Brown ejemplifica con un conocido pasaje de la obra que nos ocupa los cambios de valoración de la riqueza y de la pobreza que se afirman en esta época. Y es lógica su utilidad en este sentido, dado el propósito tácito de Prudencio, que hace tiempo resumió así el profesor John Matthews: sus himnos presentan «no otra cosa que una alternativa cristiana al patriotismo cívico del Imperio pagano.» (cit. Por Javier Arce en su Bárbaros y romanos en Hispania).

De otro códice del siglo X con las obras de Prudencio.

viernes, 26 de mayo de 2017

Hernando del Pulgar, Claros varones de Castilla

Antonello da Mesina, Retrato de desconocido
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Escribe Antonio Domínguez Ortiz: «Hernando del Pulgar (1436-1493) fue… un hombre a caballo entre dos épocas, entre dos reinados, pero más volcado hacia el de Isabel y Fernando. Su condición, casi segura de descendiente de judíos conversos no le perjudicó en el concepto de aquellos monarcas, que utilizaron sus servicios como embajador, secretario y cronista. Aunque no dejó obra latina, estuvo familiarizado con los clásicos; es sobre todo, notoria la huella de Tito Livio en su Crónica de los señores reyes D. Fernando y Doña Isabel, tanto en la distribución del relato como en la inserción de fingidas arengas en las que se mezcla el arte oratorio con la historia propiamente dicha. La Crónica se detiene en 1490, dos años antes de la caída de Granada. Otra obra de Pulgar que gozó de merecido renombre es la colección de biografías titulada Claros varones de Castilla, retrato directo y agudo de 24 personajes del reinado de Enrique IV, para el que constituye una fuente de gran valor.»

El mismo Pulgar explicita sus objetivos en su dedicatoria a Isabel: «Yo, muy excelente reina y señora, criado desde mi menor edad en la corte del rey vuestro padre, y del rey don Enrique vuestro hermano, movido con aquel amor de mi tierra que los otros ovieron de la suya, me dispuse a escrebir de algunos claros varones perlados y caballeros naturales de vuestros reinos, que yo conoscí e comuniqué, cuyas hazañas e notables fechos, si particularmente se oviesen de contar, requería facerse de cada uno una grand Historia. Por ende brevemente con el ayuda de Dios escrebiré los linajes e condiciones de cada uno, e algunos notables fechos que ficieron: de los cuales se puede bien creer que en autoridad de personas, y en ornamento de virtudes, y en las habilidades que tuvieron, así en ciencia, como en armas, no fueron menos excelentes que aquellos griegos e romanos e franceses que tanto son loados en sus escripturas.»

Y es que nos adentramos en una época en la que el héroe, el político, el que emprende empresas aventuradas, no se ocupa sólo en hacer, sino en dejar memoria de lo que ha hecho: «otra vida más larga / de la fama gloriosa / acá dejáis, (aunque esta vida de honor /tampoco no es eternal / ni verdadera); / mas, con todo, es muy mejor / que la otra temporal / perecedera.» Ambición explicable que en ocasiones llevó a muchos personajes y personajillos a pre-ocuparse de su memoria, a construirse su fama futura; lo que siempre parece más inocuo que la moda actual de construir un falso pasado ―benigno o maligno, tanto da― que desemboque necesariamente en el falso presente que me interesa imponer a los demás. Pero falta mucha razón de estado, muchas luces, muchas grandilocuentes invocaciones para llegar a mil novecientos ochenta y cuatro.

Ahora, postrimerías de una época y umbral de otra nueva que la continúa, fines del siglo XV, Hernando del Pulgar todavía nos transmite con admiración un puñado de vidas memorables, es decir, dignas de recordar, pero que no nos exige que las consideremos modélicas. Y, además, hace hincapié con naturalidad ―otro signo de tiempos nuevos (o de su continuidad)― en su diversa procedencia social: aristocracia, meros hidalgos, campesinos y judíos. Todos ellos merecen la fama, los de altos linajes y los de linajes bajos, porque «hay dos maneras de linajes en el mundo: unos que traen y derriban su descendencia de príncipes y monarcas, a quien poco a poco el tiempo ha deshecho, y han acabado en punta, como pirámide puesta al revés; otros tuvieron principio de gente baja, y van subiendo de grado en grado, hasta llegar a ser grandes señores. De manera que está la diferencia en que unos fueron, que ya no son, y otros son, que ya no fueron.»

viernes, 19 de mayo de 2017

Francisco Pi y Margall, La República de 1873. Apuntes para escribir su historia. Vindicación del autor

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El historiador Ogai el Viejo (según nos fabulaba Rafael Sánchez Ferlosio) tuvo la inmensa fortuna de hallar un antiguo y excelente ejemplo del género denominado testimonio: «Comenzaba con la forma ritual del testimonio: la autopresentación del autor, que lo caracteriza expresamente como relato personal, y, como era igualmente ritual, por la exposición del motivo. Esto último parece deberse a que los primeros testimonios, a partir de los cuales habría de configurarse y fijarse el género, eran confesiones o revelaciones de hechos —que, generalmente, por cualquier circunstancia, habían tenido que permanecer secretos— que se contaban, o dejaban contados, para cuando ya nadie pudiese dudar de ellos, ya sea por falta de beneficio alguno para su autor —debido, por ejemplo, a la muerte—, ya por cualquier otra razón, como el haber cesado el motivo para el secreto, y para que surtiesen algún efecto de justicia, como una reivindicación de inocencia o de buena fama o restauración del honor (…) A veces, sin embargo, el único efecto que buscaba el testimonio era el de producir como verdad ante los demás una versión de los hechos ignorada o, más a menudo, no creída en su día. El no creído escribía para después de su muerte, porque juzgaba que sólo desinterés o indiferencia de difunto podía garantizar y autorizar una verdad como verdad, supuesto que pasión, temor ni empeño alguno podían llevarle ya a preferir una versión mejor que otra.» (El testimonio de Yarfoz)

Políticos y gobernantes siempre han querido (y quieren) dejar constancia de su versión de los acontecimientos, y para ello dispusieron de abundantes y agradecidos propagandistas, artistas y escritores. Pero en la edad contemporánea, al tomar parte fracciones más numerosas de la población en el intrincado juego y teatro del poder, se hace mucho más urgente, necesario, pero también convencional y menos efectivo, el legar a la posteridad, y casi al hilo de los acontecimientos, la que se intenta sea la interpretación ortodoxa de la propia carrera política. Pero al deber competir dicha memoria con otras diferentes y opuestas, resultado de planteamientos diferentes, rivales, e incluso enemigos, ya no tienen sentidos las prevenciones que nos trasmitía Ogai el Viejo, correspondientes a la época de la dinastía de los Catránidas… Parece poco útil (criterio básico en la modernidad) aguardar hasta después de la propia muerte para dar a conocer nuestra verdad. Y resultaría excesiva (a no ser entre los plenamente adoctrinados) la presunción de considerar las memorias de políticos y gobernantes «la verdad sobre aquello».

Un excelente ejemplo es el que presentamos. Francisco Pi y Margall (1824-1901), de quien ya hemos comunicado La reacción y la revolución. Estudios políticos y sociales (1855) y Las nacionalidades (1876). En La República de 1873. Apuntes para escribir su historia, se propone vindicarse ante las acusaciones que se le hacen por la culminación de su carrera política: los breves meses en que concentra un considerable poder primero como ministro de la Gobernación, después como jefe de gobierno, en la confusa república del llamado sexenio democrático, todo él también conflictivo y confuso. Escribe estas memorias cuando todavía subsiste el régimen republicano, aunque ya en manos de una (también confusa) coalición de progresistas, antiguos unionistas y demócratas más o menos cimbrios. Eso sí, sin parlamento y sin convocatoria de elecciones, y con una también confusa variedad de oposiciones: radicales, carlistas, alfonsinos, además de los propios republicanos. Jorge Vilches, en su Progreso y libertad (2001) caracteriza así a nuestro autor:

«Otra tendencia (del republicanismo) fue la que inspiró Pi y Margall, fundada sobre la idea de la emancipación política y social del cuarto estado, las clases trabajadoras, mediante la democracia, la división federal del poder público y las asociaciones obreras, como conjunto garante de la libertad. Este proyecto, federal y socialista, no transigía con ningún partido liberal, y su materialización, en palabras de Pi hasta 1873, no saldría más que de las bayonetas, esto es, del derecho de insurrección. Aunque luego en la República varió tal conclusión y hasta confesó su error, el discurso pimargalliano tuvo como principal resultado los pactos federales de 1869, que llevarían al levantamiento de ese año, al surgimiento de la facción ―que no fracción en este caso― intransigente que contaría sus actividades por insurrecciones durante el reinado de Amadeo I, y finalmente al cantonalismo de 1873. La organización del partido llevada a cabo por Pi y Margall durante ese período dio lugar a que el republicanismo fuera exclusivamente federal pactista o pimargalliano en sus principios teóricos y prácticos. El pactismo, esa construcción de abajo arriba de un sistema federal basado en la autonomía y voluntad individual y local, se convirtió en el proyecto regenerador de la masa federal y de los que se llamaron republicanos intransigentes o de provincias.»

Con La República de 1873, Pi y Margall quiso vindicar su labor de gobierno, justificar su fracaso (y el entonces ya previsible del régimen), a consecuencia no de posibles errores suyos, sino de la conjunción de circunstancias, apresuramientos y traiciones. Y al mismo tiempo, reconfortar a sus seguidores y mantener su fe en un futuro que, necesariamente, ha de ser pactista, sinalagmático, conmutativo y federal. La realidad quedó así justificada, y «el universo usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza», con palabras de Borges referidas a aquellos codiciosos bibliotecarios de Babel que «abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación(…) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero».

viernes, 12 de mayo de 2017

El Corán

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«No es fácil presentar de un modo sistemático la doctrina del Islam, ni tampoco es posible señalar con precisión hasta qué punto estaba ésta definida en los días del Profeta. Mahoma, que no era un espíritu lógico ni tenía una firme base teológica, elaboró su doctrina influido por el cristianismo, el judaísmo y en parte por el parsismo o zoroastrismo, más por aquel que por éstos, adaptando a estas doctrinas algunas tradiciones locales con un cierto oportunismo. Por otra parte, muchas de sus prescripciones religiosas se fueron concretando después de muerto Mahoma.

»La doctrina del Islam y las reglas por las que deben conducirse sus creyentes están en el Corán y en la Sunna. Las predicaciones y revelaciones de Mahoma habían quedado en su mayor parte en la memoria de sus oyentes, y sólo años más tarde fueron recogidas por el cuidado de Omar, bajo el califato de Abu Bakr o durante su propio gobierno. De ello fue encargado Zaid ben Tabit, que había sido secretario de Mahoma. Tras diversas recenciones, el califa Otmán ordenó al mismo secretario que llevara a cabo una edición definitiva (653), y mandó destruir las demás versiones. El Corán así redactado, comprende 114 capítulos o suras, presentadas sin orden alguno metódico ni cronológico. Por otra parte, muchas de sus revelaciones resultan contradictorias, y corresponde a los especialistas el señalar los capítulos vigentes y los abrogados.

»La Sunna es una reunión de tradiciones (hadizes) sobre la conducta de Mahoma en casos concretos, no incluidas entre las revelaciones del Corán. Se formó con noticias recogidas de sus familiares, especialmente de Aixa, la viuda del Profeta. Es una fuente más tardía e impura, y hay toda una ciencia crítica juridicoteológica para precisar los hadizes que deben reputarse como auténticos.» (José María Lacarra, Historia de la Edad Media, tomo I, primera edición 1960).

Por su parte, Daniel Pipes pone de relieve una de las características básicas del libro sagrado del Islam: «El Corán, como la Biblia hebrea y contrariamente a las escrituras cristianas, contiene muchas reglas; aproximadamente la décima parte de los versículos del Corán dan instrucciones a los musulmanes sobre cómo deben actuar, aunque sólo ochenta aproximadamente dan preceptos específicos. Algunos definen asuntos estrictamente religiosos, como el ayuno y la peregrinación; lo que concierne a las mujeres (el matrimonio,el adulterio, el divorcio y su separación de los hombres) tiene gran importancia, como otros aspectos de la vida de familia: la orfandad, la adopción, la herencia, etc. Existen prohibiciones sobre la usura y el juego, así como también restricciones alimenticias y suntuarias. El Corán da instrucciones a los musulmanes sobre los esclavos, los no musulmanes, la guerra, los contratos, el procedimiento judicial, las limosnas y las penas criminales.» (Daniel Pipes, El Islam de ayer a hoy; título original: In the Path of God, 1983.

Final de la sura Maryam, en un manuscrito de la Universidad de Birmingham

viernes, 5 de mayo de 2017

José de Espronceda, El ministerio Mendizábal y otros escritos políticos

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Acabada la segunda guerra mundial se publica en París Cultura y democracia, revista de prestigio y propaganda del Partido Comunista de España en el exilio; naturalmente por entonces es Jorge Semprún Maura uno de sus principales controladores. En abril de 1950 se publica su cuarto número, que contiene un breve artículo titulado Espronceda, su tiempo, su vida y su obra, firmado por F. Ganivet, que interpreta y recicla al viejo revolucionario romántico y liberal según los intereses y objetivos del estalinismo patrio:

«Nacido al comienzo de la Guerra de la Independencia, le vemos a los 15 años fundando con otros compañeros una sociedad secreta: Los Numantinos; condenado a cinco años de reclusión en un convento al descubrirse las actas de la reunión que celebraron a raíz de la cruel tortura y ejecución de Riego, que vieron con sus propios y espantados ojos. En las actas se constata que, después de escuchar a Espronceda, “todos juraron no omitir medio alguno para vengar la muerte de aquel héroe en todos sus autores, comenzando por el más alto”. Le encontramos en libertad mucho antes de cumplir su condena, con un certificado, expedido por el guardián, diciendo haber cumplido ya una parte de aquélla “a su satisfacción, y considerarla tiempo suficiente”... suficiente para haber revuelto de tal modo a los frailes jóvenes con su propaganda revolucionaria que al fraile guardián le faltó tiempo para librarse de su presencia. A los 17 años emigrado en Lisboa; después en Londres y París; aquí le encontramos, a los 23, batiéndose en las barricadas; presto a marchar en una brigada internacional que se intentó formar para liberar a Polonia del yugo del zar de Rusia. Más tarde ayudante del que fuera famoso guerrillero y coronel del ejército en la Guerra de la Independencia, Joaquín de Pablo (Chapalangarra), con la tropa de emigrados que pasaron los Pirineos para luchar en los campos de Vera de Navarra, mientras Torrijos atacaría por el sur, y otra fuerza por Cataluña, acaudillada por Espoz y Mina. Fue una acción heroica, pero infructuosa, contra la reacción fernandina, bajo los pliegues de la bandera tricolor de la República (roja, verde y morada; la actual fue adoptada después de la revolución de 1868). Le hallamos, a la muerte de Fernando VII y acogido a la amnistía, de vuelta en España, con 27 años, capitán de milicianos, fundador y colaborador de los periódicos más avanzados: El Siglo, El Labriego, El Huracán, El Español, que se mantienen en un duelo constante con los gobiernos moderados, sosteniendo en alto la bandera contra la reacción, y planteando los problemas, sobre una plataforma republicana. Le encontramos por los caminos y sierras de España, a caballo, a pie, pasando ríos a nado, para organizar sociedades clandestinas, enlazándolas, orientándolas; después, cerca ya del fin de sus días, secretario de la legación en La Haya; diputado a Cortes, donde da pruebas de sus grandes dotes como político, de su consecuencia como revolucionario demócrata y de su gran capacidad sobre problemas militares, de economía, industria y hacienda e internacionales.

»La vida de Espronceda fue tan tumultuosa como su época, y si se encontró enzarzado en ella y en su avanzada no fue por mero instinto, o por un ímpetu más o menos ciego, nacido de un ardor indefinido por la justicia y la libertad. Las aventuras de Espronceda son las hazañas de un revolucionario demócrata en acción que se ha marcado un objetivo que alcanzar y hacia él orienta su esfuerzo cualesquiera que sean las variadas circunstancias en que se encuentre. Éste es el valor de la vida y la obra de Espronceda. Espronceda veía al pueblo, y no sólo cuando mozo sino después y siempre, no como la plebe, como otros literatos de su tiempo, sino de otra manera. A los 27 años, en un opúsculo dirigido contra el gobierno Mendizábal por sus errores y debilidades, acusaba a éste de “haber marchado a la deriva y de no mirar por la elevación y emancipación de los proletarios”... plantea la necesidad de “acabar con tanto paniaguado, inepto y holgazán”... y “poner coto a las arbitrariedades de los generales”; después de denunciar “la persecución de muchos ciudadanos por sus ideas”... continúa: “A los pueblos no basta decirles que callen; es necesario no darles motivo de hablar; y no es posible que callen los que todo lo han sacrificado por la libertad y ni aun libertad tienen”. Trata a continuación de la devastadora prolongación de la guerra carlista y dice: “En vano se afanará el soldado y prodigará su sangre si el gobierno no hace sentir a los pueblos sublevados los beneficios que ha de reportarles el abandonar a don Carlos, y a todos los de España las ventajas de la libertad con decretos que interesen a las masas populares y las hagan identificarse con la causa que defendemos. Uno de los errores más perjudiciales cometidos el año 1820 fue que nuestros gobernantes no hiciesen aprecio del pueblo que llaman bajo, y que, si no es alto, es porque se le niegan los medios de subir. Precisa interesar las masas populares para terminar la guerra y afirmar la libertad mostrándoles la diferencia que existe entre un pueblo esclavo y miserable y una nación libre y feliz”...

»Espronceda no lucha por la justicia y la libertad en un sentido abstracto; ni se abate pesimistamente ante la carroña y sordidez de la sociedad caduca que le rodea. Combate en todo momento contra las arbitrariedades y el despotismo. Un ejemplo de ello fue su famosa defensa ante los tribunales del periódico El Huracán, suspendido por su campaña contra la monarquía, y del cual era Espronceda asiduo colaborador. Con el apoyo de las masas, entre las que Espronceda gozaba de gran popularidad, consiguió que el periódico continuara su publicación y alcanzar la libertad de su director, contra quien se había incoado proceso. Fue, pues, Espronceda un revolucionario demócrata, partidario de una revolución burguesa que abriese cauce a la industrialización de España, y al desarrollo agrícola y comercial simultánea y complementariamente, y que esta revolución burguesa rematase las medidas ya iniciadas para la extirpación del feudalismo merced a la transformación del régimen de propiedad de la tierra.»