viernes, 2 de junio de 2017

Aurelio Prudencio Clemente, Peristephanon o Libro de las Coronas

Prudencio en un códice hacia 900
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«Tengo en la actualidad cincuenta y siete años. Se aproxima el fin, y Dios va mostrando a mi ancianidad el día vecino. ¿Qué cosa de provecho he llevado a término en el decurso de un tiempo tan largo? La edad primera la pasé bajo las férulas batientes de los maestros. La mocedad viciosa me enseñó luego a fingir y no pasó inocuamente por mi alma. La insolencia peligrosa y la ostentación provocativa, ¡ay, me avergüenzo y me pesa!, manchó mi juventud con sus inmundicias y su lodo. Luego, los pleitos predispusieron mi alma ya confusa, y la funesta obstinación del triunfo forense me guió en multitud de casos escabrosos. Dos veces goberné ciudades nobles con las riendas de las leyes, e hice justicia, siendo la égida de los buenos y el terror de los malos. Por fin, la liberalidad del príncipe me puso en el escalafón militar, destinándome cerca de sí en un orden próximo a su persona. Mientras la vida me conducía voluntaria por estas vicisitudes, cayó sobre mi cabeza de anciano la canicie, arguyéndome del olvido del viejo cónsul Salia, bajo cuyo consulado nací. Cuántos inviernos hayan pasado y cuántas veces hayan substituido las rosas al hielo de los prados, la nieve de mi cabeza te lo dice.»

Así se presenta a sí mismo, en el Praefatio a sus obras, Aurelio Prudencio Clemente (348-c. 413), natural de Calahorra o de Zaragoza. Martín de Riquer y José María Valverde se refieren así a su Peristephanon o Libro de las Coronas, «colección de himnos dedicados en su mayoría a españoles que habían recibido el martirio. Este libro constituye el monumento más importante de la primitiva poesía latina cristiana y se caracteriza no tan sólo por la belleza de los versos, a veces ampulosos y preciosistas, siempre fervorosos y apasionados, sino también por el hecho de aceptar tradiciones populares que se habían formado en torno de los mártires. Es de suma importancia reparar en este aspecto, insólito en las letras latinas, donde es raro que un poeta culto, extraordinariamente cuidadoso de la forma y sabio en la versificación, deje entrar elementos tradicionales.»

Para valorar el Peristephanon se debe tener en cuenta este múltiple carácter ―literario, religioso, ritual, didáctico...―, y que proporciona más bien información sobre los valores, actitudes y formas de comportamiento en la compleja sociedad tardorromana, en pleno proceso de cambio, que información fidedigna sobre los procesos a los mártires que nos narra. Así, por ejemplo, en una obra reciente (Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente), Peter Brown ejemplifica con un conocido pasaje de la obra que nos ocupa los cambios de valoración de la riqueza y de la pobreza que se afirman en esta época. Y es lógica su utilidad en este sentido, dado el propósito tácito de Prudencio, que hace tiempo resumió así el profesor John Matthews: sus himnos presentan «no otra cosa que una alternativa cristiana al patriotismo cívico del Imperio pagano.» (cit. Por Javier Arce en su Bárbaros y romanos en Hispania).

De otro códice del siglo X con las obras de Prudencio.

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