viernes, 4 de agosto de 2017

Juan Luis Vives, Diálogos o Linguæ Latinæ Exercitatio

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En ocasiones, los lectores de una obra descubren en ella propósitos y valores que manifiestamente escapan a la intencionalidad de su autor. Y esto puede ocurrir tanto a sus contemporáneos como a las generaciones posteriores. Un ejemplo claro lo tenemos en esta obra tardía del gran humanista valenciano Juan Luis Vives (1492-1540). En la dedicatoria al príncipe Felipe explicita su objetivo: «De utilidad suma es el conocimiento de la lengua latina para hablar y aun para pensar rectamente. Viene a ser esta lengua como un tesoro de erudición y como una disciplina, porque en latín escribieron sus enseñanzas grandes y óptimos ingenios. Y para la juventud este estudio no embaraza, sino que, al contrario, hace fáciles otros estudios y ocupaciones del entendimiento. Para el conocimiento de la lengua latina escribí estos primeros ejercicios, que espero sean provechosos a la niñez, y me pareció que debía dedicártelos a ti, Príncipe dócil y grande esperanza, y ello por ti y por la benevolencia que me mostró siempre tu padre, que educa tu ánimo excelentemente en las rectas costumbres de España, que es la patria mía, cuya conservación estará mañana fiada a tu probidad y sabiduría.»

El interés propedéutico de Vives es manifiesto, y este uso ha tenido la obra hasta bien entrado el siglo XIX, multiplicando sus ediciones. Muchos ejemplares sobreviven con las anotaciones manuscritas que testimonian su prolongado uso escolar. Ahora bien, el humanismo renacentista, del que ya hemos comunicado numerosos ejemplos en Clásicos de Historia, acude con frecuencia a la forma dialogada: la admiración por lo greco-romano, su uso continuado a lo largo de los siglos medievales, y el nuevo prestigio que le conceden las obras de Erasmo de Rotterdam o Tomás Moro, explican su uso en una obra que quiere enseñar a los jóvenes el uso del latín como nueva lengua viva, renacida y depurada de lo que se consideran barbarismo escolásticos. Los objetivos se alcanzaron plena y prolongadamente, como testimonian las más de cincuenta ediciones sólo durante el siglo XVII, y las numerosas traducciones a todas las lenguas modernas. Pero a estos logros suma uno más: nos describe con gran viveza la vida común de su tiempo. Carmen Bravo-Villasante, en su Los Diálogos escolares de Juan Luis Vives, lo exponía así:

«Los Ejercicios de lengua latina o Diálogos resumen y concentran estas dos intenciones : el uso del diálogo y la enseñanza. Pero hay algo nuevo e interesantísimo para nosotros en la actualidad. Del interés que pudieran tener los diálogos de Vives como libro didáctico se ha pasado a considerarlo como libro costumbrista, como vademecum de la vida diaria de la Europa de 1537 (…) En este sentido, el libro de Vives es un verdadero documento histórico, y el diálogo contribuye a acentuar el realismo de las escenas. En el Diálogo de la lengua, de Juan de Valdés, escrito en 1528, aunque no se publicó hasta mucho más tarde (aunque es seguro que correría en copias, como era costumbre), se insiste en que hay que escribir como se habla. Precisamente la función del diálogo en el Renacimiento (aparte de revivir los diálogos platónicos) y en nuestro Vives, es llevar a cabo este deseo de escribir como se habla. Los niños, los estudiantes, los príncipes, las mujeres, los maestros, los vendedores, todos, en sus conversaciones están reflejados en los Diálogos con absoluto realismo. El diálogo es un intento de reflejar la conversación coloquial, aunque también había diálogos escolásticos y pedantes. (…)

»Vives utilizó los diálogos como método de enseñanza y al mismo tiempo como género de esparcimiento... No era un dómine pedante, el libro correspondía a un maestro de nuevo estilo. El diálogo era la forma de comunicación humana más real y más próxima, lo contrario de la reflexión de un solitario. El diálogo presentaba los distintos puntos de vista de los coloquiantes, y procuraba sensación de libertad y soltura. En la simple conversación, con sencillez y claridad y gracia el diálogo era la representación de la vida en toda su complejidad. El diálogo estaba en el extremo opuesto del dogmatismo de los tratados, y sobre todo de la pesadez y el aburrimiento. Frente a la rigidez de la pedagogía escolástica, el diálogo era amenidad y soltura. Si como método de enseñanza era perfecto y muy nuevo el libro de los Diálogos de Juan Luis Vives, pasados los siglos la obra queda como dechado de costumbrismo y reflejo de la vida real. Es curioso, pues, que un libro que fue concebido como Ejercicios de la lengua latina se haya convertido en una obra literaria documental de una determinada época que revive a través de los animados diálogos.»


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